Malas

Noemí Casquet

Fragmento

I. Dinero

I

Dinero

Próximo destino: Ibiza.

El mar. El calor. La magia de la isla. Las ganas de viajar. Hace tiempo que me escapé de la brisa y me vine a la aridez. Madrid. Los días que pasan. Tú que ya no estás, yo que me siento viva. Y Diana que no para de bailar.

Es curioso cómo podemos cambiar el destino, el rumbo, la historia. Cómo de pronto reaccionamos y nos convertimos en las narradoras de nuestro propio cuento; uno cuyo final ya está escrito, pero cuyo nudo depende de una. Por lo tanto, enredémonos, deshagámonos, equivoquémonos y volvamos a empezar. Vivamos lo que queramos. Y que se joda el mundo.

—No me lo puedo creer. ¡Nos vamos a Ibiza!

Es 18 de mayo, un lunes extraño. Ella está en casa. Falta un mes para el festival. Debo trabajar día y noche en los proyectos editoriales que se acumulan en la bandeja de mi e-mail para ganar algo de dinero y así poder sobrevivir en Ibiza.

Emily escribe un mensaje al grupo. Ha encontrado vuelos baratos. «Son 87 € ida y vuelta. ¿Los pillamos ya?» Por mí sí. La entrada al festival son 190 € y es muy probable que me compre también algún bikini o modelito para lucir esos días de verano que se aproximan. Voy a terminar con mis ahorros. Mierda.

«¿Compramos las entradas ya?», insiste Emily. «Se están agotando.» Cierto. A por ello. Entro en la página web, compro mi entrada. Emily, en la distancia, hace lo mismo. Diana está concentrada mirando su móvil. Suspira. ¿Va todo bien?

—¿Diana? ¿Estás pillando la entrada?

—No. No voy a poder ir.

—¿Por?

—No tengo dinero, tía.

—¿Cómo?

—No puedo acceder a mi cuenta de ahorros. «Permiso denegado», pone. Y en la tarjeta solo tengo doscientos euros.

Parece que los padres de Diana han madrugado para desautorizarla de sus cuentas bancarias. No me sorprende.

—Sabíamos que podía pasar.

—Ya, pero... ¿qué coño hago? ¿Cómo consigo el dinero?

—Encontraremos la fórmula.

—Tengo doscientos euros para sobrevivir, ¡joder!

Su grito me deja muda. No es una situación fácil, lo comprendo. Le escribo a Emily por privado. «¿Le compramos la entrada entre las dos? Cuando tenga dinero, ya haremos cuentas. No podemos ir sin ella.»

Ingreso de nuevo en la página del festival. Añado a la cesta otra entrada. Introduzco el número de mi tarjeta de crédito. Pago.

Escucho a Diana cagarse en su familia. Corto rápido su balbuceo y su energía.

—Ey, amiga. Emily y yo te hemos comprado la entrada.

—¿Que habéis hecho qué?

—Sí. Es un préstamo. Cuando puedas, más adelante, nos lo devuelves y listo. No podíamos ir sin ti.

—Pero, tía... No sé cómo voy a conseguir el dinero y menos si nos vamos a Ibiza. Encontrar curro teniendo ese compromiso será difícil.

—Tranquila, sin prisas. Son muchos cambios, Diana. Acéptalos poco a poco. Adáptate primero a la nueva rutina y luego ya buscarás un trabajo. Seguro que hay oportunidades en verano.

—Dios, tía.

Me abraza y llora. ¿Felicidad o desahogo? ¿En qué se diferencian?

—Gracias.

—Nada, amiga. Para eso estamos.

Se mete en la ducha. Yo vuelvo a coger el móvil. Tengo un mensaje de Ricardo: quiere que nos veamos por la tarde. Le cuento la situación con Diana y lo invito a casa. Unos vinos nos sentarán bien.

Recojo los restos del desayuno y me pongo a trabajar. Diana se pasea por su nuevo hogar, el nuestro, en plural. Coge mis llaves, va a hacerse una copia. «Ahora vuelvo.»

Me sumerjo en las palabras, en los capítulos y en los pseudoconsejos del actual proyecto editorial que me da de comer. Leo un e-mail de Carolina. Ya ha leído su manuscrito y está encantada. «Eres la mejor.»

Me ducho y sigo escribiendo. Voy a necesitar organizarme bien y dedicarle tiempo al trabajo. Se acabaron las fiestas este mes. Pienso en cuánto dinero queda en mi cuenta bancaria después de comprar las entradas. Agobio, ansiedad. Un cuento de terror millennial.

Confía. No queda otra.

Vuelve Diana.

—Hoy haré yo la comida.

Asiento sin mirarla. Lo siento, sigo ensimismada.

Huele rico. Un arroz con verduras y pollo. «Es un plato que cocina mi padre.» Comemos en la mesa de centro, arqueando la espalda. Me duelen los riñones. Vemos las noticias, nos reímos con las bobadas del programa de la tarde. Me pongo a escribir otra vez.

Suena el interfono. Mierda, Ricardo. No me acordaba.

—¿Quién es? —pregunta Diana.

—Es Ricardo.

—¡Ah! Qué bien. Me encanta ese chico.

A mí también. Qué tendrá Ricardo que lo hace tan adorable y tan sexy a la vez. El equilibrio.

Abro la puerta. Estoy en pijama.

—Perdona mis pintas. Estaba currando y se me ha pasado el tiempo —me disculpo.

—Estás guapísima, Alicia. Me encanta tu uniforme laboral.

Llevo un pijama de Hello Kitty. ¿Puedo estar más ridícula?

—¡Ricardo! Cuánto tiempo —saluda Diana.

Se abrazan.

—¿Cómo estás? —pregunta Ricardo.

—En pleno cambio. Me he ido de casa de mis padres. ¿Te acuerdas de aquellas fotos tan increíbles que nos hicieron en la fiesta BDSM? Las encontraron en mi habitación.

—Espera, cuéntame.

Ambos se acomodan en el sofá. Abro la nevera, cojo el vino y sirvo tres copas. Los dejo charlar y acabo el capítulo que me queda pendiente.

—Ey, Alicia, como sigas trabajando y no nos controles, vamos a acabar borrachas perdidas —dice Ricardo.

—¡Eso! Le estoy contando mi vida entera. ¡Ven a rescatarlo!

Sonrío. Cojo mi copa vacía y me siento en el sillón. Los observo. Hace un par de meses ni tan siquiera sabía que existían; no conocía sus nombres, sus historias. Y aquí están, en el sofá de mi casa de Madrid, compartiendo risas, vinos y penas. Un sentimiento de agradecimiento profundo me invade. La felicidad de ser, al fin, la narradora.

—Diana, no entiendo por qué estás tan triste. Por lo que me has contado de tus padres, tu repentina mudanza me parece algo muy positivo. ¿Qué pasa entonces? —pregunta Ricardo.

—El dinero, eso pasa. Mis padres me han desautorizado de mi cuenta de ahorros. Solo tengo doscientos euros en mi tarjeta y si quiero ir a Ibiza no puedo buscar un curro. Solo tengo un mes de margen. Es imposible.

—¿Quieres ganar dinero rápido? Vende tus bragas.

Me atraganto con el vino. Toso fuerte.

—¿Cómo? —balbuceo.

En serio, me ahogo.

—¿Y esas caras de sorpresa? Me habéis escuchado bien: vende tus bragas por internet.

—Pero, a ver, ¿cómo que venda mis bragas?

—Tus bragas usadas,

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