En la palma de su mano

Carlos Aymí Romero

Fragmento

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Prólogo

Septiembre de 1989

Moisés tiene nueve años. Está en la feria. Sopla sobre los grumos de una taza de chocolate caliente. Entre soplido y soplido mira a Cándida, su madre. Espera su permiso para beber. Alrededor todo es algarabía, luces, gente. Están sentados en las mesas del puesto de churros. Cándida sostiene una porra que compartirá con su hijo. Moisés piensa que el sombrero verde que ella lleva es muy feo.

Poco después en otro puesto de feriantes, Moisés coge una escopeta de aire comprimido. Cándida introduce un corcho en el cañón y le ayuda a apuntar. Disparan tres corchos. Fallan el primero. Fallan el segundo. Aciertan el último. Han tirado una pequeña botella de licor. Cándida se la bebe de un trago. Luego ríe.

Caminan por la feria.

«La gente nos mira mucho», piensa Moisés. Cándida tropieza a veces.

—Malditos tacones —dice. El suelo es de grava.

En algunos tramos se levanta mucho polvo. La gente va y viene. Se grita aquí y allá. La luna es una rendija. La atracción favorita del niño se levanta a lo lejos: el Barco Vikingo. Moisés tira de la mano de su madre y pide ir hasta allí.

—Ni lo sueñes —dice ella.

Están al lado de la noria pequeña. Montan. Él refunfuña. En las vueltas se le pasa el enfado. A Cándida se le vuela el sombrero verde. Entonces ríe Moisés.

Vuelven a la zona de los puestos. Unos adolescentes pasados de alcohol le dicen algo a Cándida.

—Guarros —dice ella. Y añade al viento, como quitándole importancia—: Estos peñistas.

Moisés no entiende demasiado bien la idea de guarro; la de peñista sí, está rodeado de ellos. Quiere vestir sus ropas llamativas y desenfadadas, no la suya de domingo.

Llegan frente a una tómbola. Cándida compra unos boletos.

—Que elija el niño —dice la madre al tombolero—. Mi niño tiene buena mano.

Y Moisés lo demuestra. Ganan el primer premio. Pero él no quiere la bici. Elije un peluche gigante de Cristina Ricci en su papel de hija de La Familia Adams. La gente los mira mientras se alejan.

Cándida compra una botella de sidra. Llegan hasta el barco que acaba de comenzar un nuevo viaje. Se eleva a un lado, luego al otro. Cada vez más alto. En cada esquina hay una jaula de donde llegan las voces animadas de sus presos. Moisés quiere acercarse más, ponerse casi debajo. Su madre se planta. Van de la mano. No hay nada que hacer. Delante tienen a cuatro hombres.

«Muy raros», piensa el niño.

Tres visten de negro y parecen montañas. Rodean al cuarto, más bajo, más viejo, con bigote, que mira hacia una de las jaulas. La atracción de feria sube y baja. No está claro cuál es la proa y cuál la popa.

—Yo quiero, mamá —dice Moisés.

—He dicho que no y punto —dice Cándida.

Moisés patalea sin mucha convicción. El hombre con bigote se gira hacia ellos. Sostiene en la mano una manzana de caramelo. Mira al niño, mira a la madre. Las tres montañas de negro también se han girado.

El hombre sonríe a Moisés y mira su peluche. Luego mira la botella de sidra que lleva Cándida. Entonces le tiende al niño la manzana de caramelo. Este se retrae. Se pega a las piernas de su madre. Cándida mira al hombre, mira a los guardaespaldas, ríe sin complejo

—¿Qué hace un hombre como usted en un lugar como este? — pregunta. Y sin esperar respuesta añade—. Anda, cariño, coge la manzana si quieres. Sé amable con el señor, no pasa nada.

Moisés duda. Desde el Barco Vikingo llegan gritos de diversión. Desde abajo varias cámaras Polaroid inmortalizan el viaje. El barco primero se eleva hacia la izquierda, luego hacia la derecha, cada vez más alto. Moisés se decide y estira la mano hacia la manzana.

—Muy bien, chico —dice el hombre. Durante un momento los dedos del niño quedan a un lado, los del hombre al otro, la manzana en medio.

El contacto solo dura dos segundos. El niño sufre una descarga eléctrica que nace de su propio cuerpo. De muy adentro. Una nube negra atraviesa su cabeza. La nube pasa veloz y al momento se disipa. Moisés se ha asustado, ha soltado un chillido seco, corto y ha retirado la mano con violencia. De inmediato se abraza a su madre. La descarga ha llegado también al hombre. Instintivamente ha retirado la mano. No puede evitar una cara de sorpresa, no de miedo. La manzana ha caído al suelo. El peluche también.

Los guardaespaldas se tensan.

—Don Mateo, ¿se encuentra bien? —pregunta uno de ellos, el más alto.

La madre corresponde al abrazo de su hijo, que tiembla. Ella le aprieta fuerte.

—Tranquilo, amor —dice. Cándida deja caer la botella de sidra, que golpea contra la grava sin romperse. Queda tumbada, comienza a borbotear y moja la cara del peluche. Algunas personas que van y vienen miran la escena de reojo, pero no dicen nada. El hombre recupera la calma. Hace un gesto para tranquilizar a sus hombres. Entrecierra los ojos. Observa a la mujer. Observa al niño.

—¿Qué ha pasado? —pregunta a la madre. Cándida levanta la vista. Se piensa la respuesta. Sostiene la mirada. Pasa la mano por el pelo de su hijo, que sigue sin separarse de su pierna, de su cintura, de su abrazo protector.

—Mi niño es especial —dice finalmente—, pero nunca hasta ahora había reaccionado... de esta manera.

El Barco Vikingo no puede subir más en sus vaivenes. Parece que en cualquier momento va a salirse de su eje y echará a volar. Los alaridos de diversión y los de miedo se confunden. A los pies del barco, el hombre se mira la mano que ha sufrido la descarga

—¿Qué significa exactamente eso de especial? —Decide no preguntar por la manera. Don Mateo percibe las dudas de la madre—. Tranquila, puedo ser muy generoso —dice, cargado de seguridad.

Moisés aprieta todavía más su abrazo en torno a la cintura de su madre.

—Mi niño a veces ve cosas que todavía no han pasado —dice Cándida y al momento se anima a añadir—, pero es la primera vez que lo hace después de tocar a alguien. Si es que ha visto algo… A lo mejor no ha sido eso.

Los gritos de los vikingos comienzan a moderarse. El barco sube y baja ya con menos fuerza. La luna es la única que se mantiene tan alta. Un joven da un puñetazo a un saco de boxeo en una máquina cercana. La flecha apenas se mueve. Sus amigos le dicen que es marica. Se ríen de él. Van todos borrachos. Se alejan.

—¿Habéis cenado? —pregunta don Mateo a Cándida, e insiste—. ¿Por qué no vamos a una carpa que conozco y hablamos más tranquilos? Tengo ganas de oír la historia de tu pequeño. Podemos pedir champán.

No espera ni por un segundo que la respuesta de la mujer sea no. Mira la manzana que está en el suelo, cerca de sus pies. Luego mira a sus guardaespaldas.

—Quedaos aquí y decidle a mi hijo cuando baje del barco que me espere, que no me busque. Dejad que se monte donde le apetezca, que invite a quienquiera y que se compre otra manzana si le viene en gana.

Le responde el más alto:

—Como usted diga, don Mateo.

Cándida todavía no ha contestado. El niño quiere fundirse en la cintura de su madre. No lo logra. Don Mateo dicta una orden:

—Vamos, mujer, el puesto está cerca, se cena estu

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