La dama del Prado

Alejandro Corral

Fragmento

Septiembre de 2018 - septiembre de 2020

Si les soy sincero, tengo la impresión de haber reescrito unas cincuenta veces el principio de esta novela. La razón que me llevó a escribirla, en fin, es tan compleja que no los aburriré con ella. Siempre he tenido clara la historia que les voy contar, no se crean, pero ¿cómo narrarla y por dónde empezar? Cielos, ese ha sido mi mayor dilema. Supongo que en primer lugar debería hablarles de David Sender, y bajo qué circunstancias conocerlo se convirtió en el golpe de fortuna de mi vida.

David fue mi profesor en la facultad de Historia del Arte. Era también un escritor consagrado que en 2016 recomendó mi primera novela, aunque esta se publicó sin la menor trascendencia. No obstante, cuando en 2018 escribí la segunda, David se quedó asombrado al leerla.

—Óliver, o mucho me equivoco, o vas a convertirte en una estrella literaria.

Al oír tales ditirambos me eché a reír y le respondí que exageraba, pero David me garantizó que el manuscrito era bueno, muy bueno. «Oh, buenísimo», fue su calificativo. Y lo incluyó entre los finalistas de un gran premio literario que, en resumen, me concedieron a la edad de veintitrés años. David formaba parte del jurado y creo que condicionó el resultado final en mi favor. Pero no estoy seguro; sinceramente, nunca se lo he preguntado.

En cualquier caso, a la mañana siguiente mi nombre andaba de boca en boca por todo el país, miles de lectores y libreros preguntaban por mí, Óliver Brun, el jovencísimo y desconocido escritor a quien la editorial Prades & Noguera definía como «la más brillante revelación de la narrativa nacional de la última década».

En la Navidad de 2018 mi segundo libro copaba los escaparates y estantes de librerías y centros comerciales, las ventas se disparaban y la prensa lo destacaba como uno de los best sellers de la temporada. Como consecuencia, asistí a diversos eventos y fiestas culturales y, meses más tarde, en el verano de 2019, empecé a salir con Julia Falcó, la afamada y popular cantante. En la música y la literatura éramos los dos jóvenes triunfadores del momento. Julia quería ser rica y ganarse la vida cantando. A mí nunca me ha interesado el dinero, solo quiero vivir escribiendo; aunque el dinero anima, por supuesto, estoy convencido de que solo los libros dibujan la palabra libertad en el pensamiento; tienen el poder de llenar la mente de grandes sueños y durante un rato te permiten olvidarlo todo, qué maravilla, hasta el dinero. Francamente, sin libros la vida se embrutece.

Lo que intento decir es que siempre me han desconcertado quienes afirman trabajar solo por dinero. Creo que si a estas personas les dieran la oportunidad de cambiar de vida, ni siquiera sabrían cuál elegir, lo que viene a ser una de las mayores tragedias individuales de nuestro tiempo. Por el contrario, otras personas, pocas y extremadamente raras, casi prodigiosas, buscan trabajar en aquello que les reporte felicidad. ¿Esto no debería incluirse en el programa educativo de los colegios? Ya puestos, todos entendemos la educación como un derecho universal, ¿cierto?, pero, si lo piensan bien, es el servicio más extraño y maltratado de este país: todos la hemos defendido, incluso en masivas manifestaciones cada vez que los gobiernos la han deformado, sin embargo, los avances educativos a largo plazo han sido mínimos; no existe la menor voluntad colectiva, el menor intento gubernamental de implantar un modelo pedagógico que desarrolle en el ciudadano aptitudes críticas, lúcidas y creativas, sino que cada generación ha recibido una ley educativa partidista en estado bruto y elemental. Quizá pronto alguien se atreva a realizar una reforma profunda e imparcial; lo dudo mucho, pero permítanme soñar.

Bueno, como Julia Falcó no deseaba que nuestra relación se filtrara a la prensa, ideó un sistema para citarse conmigo con la más absoluta prudencia. Me aseguró que mantener un romance en secreto le proporcionaba una gran sensación de libertad, no sé por qué, y que desde luego era una práctica que la excitaba.

El mundo que rodeaba a Julia Falcó era un éxtasis, un puro éxtasis, un mundo pleno que reunía todas las comodidades deseables. Julia llegó a confesarme que su vida era maravillosa. También me dijo que yo era demasiado tímido e inseguro para ella y, seguidamente, puso fin a nuestra relación en noviembre de 2019.

Mamá no se enteró de ello hasta bien avanzado diciembre, y en su perseverante y latosa entrega por querer estar al corriente de todas las novedades de mi vida, cómo no, me telefoneó:

—Oli, cariño, ¿te pillo en buen momento? —Parecía preocupada.

—¿Qué sucede, mamá? ¿Te encuentras bien?

—Sí, muy bien, pero acabo de ver en la televisión que esa actriz rompió contigo hace un mes.

—¿Qué? ¿Qué actriz?

—La actriz, hijo, la actriz.

—¿Cómo que la actriz?

—¡Esa chica tan guapa que actúa en una serie de televisión! Es monísima. ¿Cómo se llama? Será posible que ya no recuerde su nombre. Es actriz, cariño, ya sabes cuál digo.

—No sé a quién... Espera, ¿te refieres a Julia Falcó? Julia es cantante, mamá.

—¿Ah, sí? Bueno, qué función desempeña en la farándula madrileña es lo de menos. Lo importante, cariño, es que me has ocultado tu ruptura con esa chica.

—No te lo conté porque nuestro idilio era, por definición, perecedero.

—¿Y eso qué significa, cielo?

—Que estoy bien, mamá. De verdad. No quería preocuparte. Julia me dijo que no congeniábamos porque yo tengo un temperamento más bien timorato.

—O sea, que has acabado aburriendo a esa actriz.

—Mamá, que no es actriz.

—Por cierto, tesoro, ¿sabes qué he hecho cuando ha terminado el programa?

Me atraganté con una porción de chocolate.

—¿Qué has hecho, mamá?

—He esperado a que llegara tu padre a casa y lo he puesto al día de tu vida privada, ¿y sabes qué opina?

—Ni me lo imagino.

—Hijo, te vas a quedar helado: que esos programas que veo, dice, son repugnantes, y que tú ya eres mayor, y que no deberíamos tener la necesidad imperativa de conocer todos los detalles de tu vida privada. Eso me ha dicho, por el amor de Dios. ¡Ay, cariño, es que todas las chicas rompen contigo! Y esa actriz es tan guapa, Oli, y en la tele hacíais tan buena pareja...

—¡Que no es actriz! Mamá, escúchame, simplemente no supimos gestionar algunos temas, ¿vale? No pasa nada. Julia se dio cuenta de que yo no era el chico adecuado para ella.

—¡Oh, Señor, es que a ninguna le pareces el adecuado! ¿No crees que ya va siendo hora de sentar la cabeza, hijo? Yo quiero lo mejor para ti, o sea, una buena mujer. Pero, Oli, ¿sabes cuál es el problema de las mujeres buenas?

Me resigné arrastrando las mismas palabras:

—¿Cuál es el problema de las mujeres buenas, mamá?

—Que saben que so

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