Trilogía Las chicas de campo

Edna O'Brien

Fragmento

cap-2

1

Desperté sobresaltada y me incorporé de inmediato. Únicamente me despierto de esa forma cuando algo me angustia; aun así, en un primer momento no entendía por qué tenía el corazón tan acelerado. Entonces recordé. La razón de siempre: él no había vuelto a casa todavía.

Me demoré un momento en el borde de la cama antes de levantarme, alisando con una mano la colcha de satén verde. A mamá y a mí se nos había olvidado doblarla antes de acostarnos. Me deslicé despacio hasta tocar el suelo y sentí el contacto del linóleo frío en las plantas de los pies. Encogí los dedos de forma instintiva. Tenía unas zapatillas, pero mamá me obligaba a reservarlas para cuando iba a casa de mis tías y primos; y teníamos alfombras, pero las guardábamos bien enrolladas en los cajones hasta que llegaban las visitas de Dublín, en verano.

Me puse los calcetines.

Ni siquiera el olor del beicon frito que subía de la cocina conseguía animarme.

Fui a subir la persiana. Tiré con tanta fuerza que la cuerda se enredó. Menos mal que mamá ya estaba abajo, porque siempre andaba sermoneándome acerca de cómo subir las persianas, despacio y con cuidado.

Aún no había salido el sol, y el césped estaba moteado de margaritas dormidas. El rocío lo cubría todo. Una bruma leve y vacilante velaba la hierba bajo mi ventana, el seto, la herrumbrosa alambrada de más allá, el vasto campo. La neblina impregnaba las hojas y los troncos, y los árboles parecían irreales, como salidos de un sueño. Alrededor de los nomeolvides que brotaban a los lados del seto se advertía un halo de humedad. Una humedad que relucía igual que la plata. Reinaba una calma perfecta. De la montaña azulada, a lo lejos, subía una columna de vapor. El día se presentaba caluroso.

Al verme asomada, Bull’s-Eye salió del seto, se sacudió el agua y me dedicó una mirada perezosa, melancólica. Bull’s-Eye era nuestro perro pastor. Le había puesto ese nombre porque en los ojos tenía unas manchitas blancas y negras que me recordaban los caramelos mentolados.[1] Solía dormir en la carbonera, pero la noche anterior había preferido instalarse en la madriguera que había bajo el seto. Siempre que papá no estaba, dormía allí para mantenerse alerta. No hacía falta preguntar: mi padre no había vuelto a casa.

En ese momento Hickey me llamó desde abajo. Me estaba pasando el camisón por la cabeza para quitármelo, así que no lo oí bien.

—¿Qué? ¿Cómo dices? —pregunté, saliendo al descansillo envuelta en la colcha de satén.

—Por el amor de Dios, me duele ya la boca de decírtelo. —Me dedicó una amplia sonrisa y preguntó—: ¿Prefieres un huevo blanco o uno moreno?

—¿Por qué no me lo preguntas con un poco más de delicadeza, Hickey? Y llámame «reina».

—Reina, cariño, amapola, dulce mía, ¿prefieres un huevo blanco o uno moreno para desayunar?

—Moreno, Hickey.

—Te he guardado un huevito recién puesto.

Y, dicho esto, volvió a la cocina dando un portazo. Mamá no conseguía enseñarle a cerrar las puertas con delicadeza. Hickey era nuestro mozo, y yo lo quería mucho. Para demostrarlo, se lo dije en voz alta a la imagen de la Virgen María, que desde su marco dorado me lanzaba una mirada glacial.

—Quiero a Hickey —declaré.

Ella no respondió. Me sorprendía que no hablase más a menudo. En una ocasión se había dirigido a mí para decirme una cosa muy íntima. Sucedió una noche cuando me levanté para rezar una oración. Me levantaba seis o siete veces cada noche para mortificarme. Me daba miedo ir al infierno.

Sí, quiero a Hickey, me dije; aunque, en realidad, me refería a que le tenía mucho aprecio. A los siete u ocho años solía decir que me casaría con él. Le contaba a todo el mundo, incluida mi catequista, que viviríamos en el gallinero y mamá nos daría todos los huevos, la leche y la verdura que quisiéramos —aunque lo único que se plantaba en casa eran repollos—. Sin embargo, ahora ya no hablaba tanto de matrimonio. Para empezar, porque Hickey nunca se aseaba, salvo cuando se salpicaba la cara con agua de lluvia del tonel, por las noches. Tenía los dientes verdes, y justo antes de acostarse hacía sus aguas menores en una lata de melocotones que escondía debajo de la cama. Mamá le reñía. Se quedaba despierta hasta que él volvía a casa, y esperaba a que alzara la ventana y vaciase el contenido de la lata en el exterior.

«Acabará cargándose las plantas que hay debajo de su ventana», se quejaba; y algunas noches se enfurecía, bajaba en camisón y llamaba a su puerta para preguntarle por qué no hacía sus cosas afuera. Pero Hickey nunca respondía; era muy ladino.

Me vestí rápidamente, y cuando me agaché para coger los zapatos descubrí pelusas, polvo y plumas debajo de la cama. No me sentía con fuerzas para ponerme a barrer, así que hice la cama y bajé deprisa.

El descansillo estaba a oscuras, como de costumbre. El cristal empañado y sucio de la ventana le daba un aspecto lúgubre, como si algún habitante de la casa acabara de morir.

—¡El huevo se va a poner como una piedra! —gritó Hickey.

—¡Ya voy! —respondí.

Tenía que lavarme. El cuarto de baño estaba helado; nadie lo usaba nunca. Era un cuarto de baño abandonado: manchas de óxido bajo la llave de agua fría del lavabo, una pastilla de jabón rosa intacta y una manopla blanca para la cara, tan tiesa que parecía como si hubiese estado expuesta a una helada nocturna.

Decidí que no merecía la pena, y me limité a llenar un cubo de agua para el retrete. La cadena no funcionaba; llevábamos meses esperando a que vinieran a arreglarla. Me daba vergüenza cada vez que Baba, mi amiga de la escuela, entraba en el baño y preguntaba con malicia: «¿Sigue averiada?». En nuestra casa las cosas o estaban rotas o sin estrenar. Mamá guardaba un cortaúñas nuevo y varias bobinas de bramante sin usar en un ropero del piso de arriba. Aseguraba que si dejaba esas cosas abajo se romperían o las robarían.

El cuarto de mi padre se hallaba justo enfrente del baño. Su ropa raída estaba tirada encima de una silla. Aunque él no estaba, casi podía oír el crujido de sus rodillas. Siempre le crujían cuando se levantaba o se metía en la cama. Hickey me llamó otra vez.

Mamá estaba junto al fogón, comiendo un mendrugo de pan seco. Sus ojos azules se veían irritados y empequeñecidos. No había pegado ojo. Tenía la mirada fija en algo que solo ella veía: el destino, el futuro. Hickey me guiñó el ojo. Estaba zampándose tres huevos fritos y varias lonchas de beicon curado en casa. Mojaba el pan en la líquida yema y luego se lo llevaba a la boca.

—¿Has dormido bien? —le pregunté a mamá.

—No. Tenías un caramelo en la boca y me dio miedo que te lo tragaras y te ahogases, así que me quedé despierta por si acaso.

Teníamos el hábito de esconder caramelos y barritas de chocolate debajo de la almohada, y yo me había tomado una gragea de frutas antes de quedarme dormida. Pobre mamá, siempre con sus preocupaciones. Supongo que habría pasado la noche en vela, pensando en él, esperando oír el ruido de un motor que se apaga al final del camino, esperando oír sus pasos sobre la hierba mojada y

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