La promesa del alba

Romain Gary

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Romain Gary siempre quiso hacer un gran homenaje a su madre, con la que tuvo una estrechísima relación, ambigua, de dependencia y separación, en la que basó toda su experiencia familiar. Una experiencia limitada, referida tan sólo al vínculo filial, ya que no conoció a más parientes, y tampoco los necesitó, aunque probablemente los deseó en muchas ocasiones. Ese homenaje explícito a su madre y a la relación unifamiliar, de amor abnegado con ella y por ella, es La promesa del alba, un libro estrictamente de memorias que se lee como una novela. Gary, además, escenifica el hecho del recuerdo, abriéndolo y cerrándolo en plena madurez, cuando aún no ha cumplido los cincuenta años y parece decidido a crear compartimentos estancos en su vida. El libro comienza y acaba en la playa de Big Sur, en California, donde desempeña las funciones de cónsul de Francia, la carrera de diplomático por la que siempre había suspirado su madre, incluso por la que tan expresamente le había insistido que se decantara en el futuro, cuando le decía siendo un niño, sin que viniera a cuento, «Tú serás algún día embajador», como si fuese el máximo grado al que pudiera aspirar en Francia un exiliado ruso que adopta la patria francesa. En aquella playa americana, el niño hecho adulto, en la encrucijada de los años, evoca largamente la primera parte de su vida. El libro lo empezó en México, en un viaje que hizo con su mujer Lesley Blanch a finales de la década de los cincuenta, pero su redacción definitiva coincide con una época de su vida de transformación hacia lo desconocido. Se diría que con La promesa del alba cerraba una etapa en la que quedaban atrás muchas cosas, y sobre todo algunas personas claves: su madre, Nina; su mujer, Lesley. Ahora está enamorado, y fatalmente, de la actriz Jean Seberg, el gran amor del resto de su vida hasta su suicidio (el de ella primero, y unos años después el de él mismo).

En 1960, el libro ve la luz en Gallimard. Es un punto final, ha saldado cuentas con el pasado oscuro de donde procede. Y ha erigido un monumento privado a su madre pero ofrecido a la luz pública. Sin embargo, no lo ha hecho desde el rencor ni desde el psicoanálisis encubierto, sino que lo empaqueta y almacena todo desde y para la felicidad ceñida al determinismo de la acción, del dinamismo, pues Gary fue siempre, primero como Romain Kacew, su verdadero nombre, y luego como Romain Gary, su nombre literario, un hombre con una historia que contar, la de sus múltiples transformaciones en diversos yoes, todos ellos seres que deciden hacer, actuar. Como su madre, una actriz frustrada, una mujer que emprendió la transformación de su vida contra el destino.

El libro relata los años de infancia y de juventud de Gary hasta la Liberación, al final de la Segunda Guerra Mundial. Y no deja de ser simbólico que culminen ahí sus memorias de juventud, en la unión de la liberación de Francia y de su propia liberación frente a su pasado. Culminaba también, en ese momento, la metamorfosis en héroe francés por la que tanto había trabajado y sufrido su madre: el adolescente de catorce años, Romain Kacew, judío, de padre desconocido, que ha huido del Moscú natal, ha malvivido en Polonia y se ha instalado en Niza con su madre, Nina Kacew, modista, ambos con pasaporte de refugiados, será, años más tarde, condecorado como héroe de la Liberación por Charles De Gaulle, el gran mito de madurez de Gary, su única referencia moral, política e histórica; y su salvación del vacío existencial que siempre sabrá eludir Gary en vida, hasta su entrega absoluta a la muerte, un 2 de diciembre de 1980, invadido por un sentimiento de hastío.

Gary y su madre pasaron unos años en Wilno, en la Polonia oriental. Allí Nina quería que el pequeño Romain fuese violinista. En esos tiempos, ella hacía sombreros, y tuvo un gran éxito con esa práctica, incluso fuera de la ciudad y hasta fuera del país, ya que se había hecho con una clientela por correspondencia. La pequeña tortura que Gary recuerda con respecto a las clases de violín, para el que el niño no tenía un talento especial, hizo aflorar el espíritu inquebrantable y sólido como una roca de su madre. Nina había dejado todo aquello por lo que había huido del shtetl para centrarse en su hijo, y por eso era posesiva; había elegido a su hijo como el eje de toda su vida. Todo lo sacrificó por él, y el símbolo de ese sacrificio está, precisamente, en los breves párrafos que le dedica a la muerte de su madre al final del libro, sorprendentes en extremo, como si fuesen el polo de atracción implícito al que va orientada la narración de las memorias.

«Los primeros recuerdos de mi infancia son un decorado teatral.» Su madre se dedicaba a la canción, al teatro, pero no logró estudiar canto. Tenía un nombre artístico: Nina Borisovskaia. De las penalidades y de su origen judío Nina no hablará nunca, porque dejará la aldea a los dieciséis años para ir con una troupe de teatro de Moscú que viaja por Rusia, y para ella ése será su nacimiento y su origen. Su dedicación al teatro, una auténtica obsesión, supuso la ruptura con su mundo y el total aislamiento en el que vivió, sin pasado ni raíces, siempre en un presente que iba hacia delante.

De Wilno se trasladaron a Varsovia. En el libro, curiosamente, no citará nunca la Revolución rusa, en medio de la que vivió sus primeros años y que Nina padeció en toda su esperanza y su crudeza, ni hará mención de las persecuciones antisemitas que los judíos sufrieron en Rusia y en Varsovia, ni se referirá a la Primera Guerra Mundial ni a la guerra civil rusa de los años veinte, los grandes acontecimientos bélicos coincidentes con su infancia y que afectan al orden subvertido del Imperio en que nace. Apenas hace referencia a la dura miseria por la que pasa su madre en Wilno y en Varsovia. Hay una voluntad de mantener una infancia feliz, inventada, semiaristocrática, gozosa. Era el germen de la idea de ser otro, que habrá de marcar toda la vida de Romain Gary y de sus personajes y heterónimos. En Niza, adonde llegaron en 1928, tuvieron unos comienzos muy pobres, con escasísimo dinero, malvendiendo las pocas joyas que Nina conservaba. La Niza de esos años está inmersa en la atmósfera del mundo cosmopolita de la Costa Azul. Un mundo extraño, que siempre es eludido por Gary, quien se centra, como primer plano permanente, en el amor y los cuidados de la madre por el hijo, haciendo que en realidad predomine una voluntad narrativa y melodramática, por encima de la verdad rigurosa de una autobiografía.

En Niza, Nina se dedicará nuevamente a los sombreros, montando su propio negocio. Pero ¿cómo es Nina? Es una mujer alta, bien parecida, delgada, de ojos verdes, muy maternal. Ha envejecido demasiado pronto y su ropa no es ostentosa, todo lo contrario. Fumadora empedernida de Gauloises (como su hijo hará luego con los puros), siempre viste como una viuda o una mujer que ha de guardar cierto luto. Es diabética y padece constantes ataques que la ponen al borde de la muerte. De su paso por Niza, una ciudad con una nu

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