La muerte del hipster

Daniel Gascón

Fragmento

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CUARENTENA EN LA CAÑADA

Del cuaderno del hipster

1

La pandemia de la Covid-19 ha llegado a La Cañada de Azcón. Si la luz eléctrica o el agua corriente tardaron décadas en venir, esto ha llegado a la vez que en todas partes. Podía interpretarse como un ejemplo de la velocidad de la enfermedad y de las medidas para combatirla, o como la confirmación de que el progreso a veces se hace esperar pero el atraso siempre llega puntualmente.

Por supuesto, no se podía saber. ¿Cómo íbamos a prever, cuando estábamos buscando pronombres válidos para los nuevos géneros (que aunque fueran comprensibles en castellano, tuvieran una clara derivación desde el aragonés y conservaran ecos del catalán, así como de otras lenguas que quizá se habían hablado en la zona), que una epidemia trastocaría todos nuestros planes? También es mala suerte. Teníamos grandes planes y llegó el microorganismo. Ahora mismo está todo en el aire, incluyendo el ciclo de homenaje a Agnès Varda que íbamos a hacer en el frontón antes de fiestas.

Pero en el pueblo nunca nos tomamos la amenaza a la ligera, desde que una tarde de enero, cuando estábamos echando la partida en el bar de Lourdes, Eusebio vino y dijo que su madre, Angelines, había levantado la vista del jersey que estaba cosiendo para su bisnieta Julia, la de Castellón, había visto las noticias de China en la tele y había dicho:

—Mal se le pone el ojo a la vaca.

Según Lourdes, la tía Angelines había dicho esa misma frase otras ocho veces: en septiembre de 1929 (fueron sus primeras palabras), poco antes del hundimiento de Wall Street; el 28 de febrero de 1938, la víspera del bombardeo de La Cañada en la guerra civil; el 10 de septiembre de 2001; la tarde antes de que saliera en el Boletín Oficial de Aragón que el centro de salud estaría finalmente en La Valredonda y no en La Cañada; la víspera del colapso de Lehman Brothers; dos días antes de la muerte de Prince; en la pretemporada de un año que terminó con el Zaragoza bajando a Segunda, y otra vez más, que no se sabe si fue por algún acontecimiento que no tenemos claro o si es que estaba jugando a las cartas y le iban a ahorcar el tres, y eso siempre le ha dado mucha rabia. Así que, aunque no sabíamos exactamente el alcance de la amenaza, no estábamos tranquilos. En el taller de nuevas mas­culi­nidades decidimos cambiar el orden del día y hacer masca­rillas con los cachirulos.

Las tres participantes del taller y yo estuvimos en la plaza el 8-M (al rato se asomó el tío Juan el Garroso para cotillear), pero fuimos con las mascarillas.

—Mira, pues el cerdal se nota menos —dijo Rosario.

—Y como que te sientes anónima, quieras que no entiendes a las moras —dijo Adoración, que con sus ciento veinte kilos de peso es difícil de confundir aunque lleve mascarilla.

Esa tarde volví a casa preocupado.

Saputo, el gallo de la tía Almerinda, no había cantado.

Gobernanza multinivel, complejidad, gestión en red de la nueva incertidumbre y asunción activa del principio de la ignorancia, pensaba.

2

Era necesario celebrar una reunión con los responsables sanitarios, así que fui a tomar café a casa de la médica. Coincidimos en que había que tener en cuenta las peculiaridades demográficas y económicas de La Cañada. Una era el porcentaje de población de riesgo, que por edad rondaba el 90 por ciento. Muchos hombres, mineros jubilados… Si contabas que era más grave en los bebedores, estaría en el 95 por ciento. Tenían algo menos de riesgo los niños y Mohamed, pero creo que bebe cuando no estoy delante. Había que ser muy riguroso con las medidas de protección. Por eso, una de las primeras cosas que hice fue escribir un pregón:

—Se hace saber, por orden del señor alcalde, que se aconseja a los ciudadanos acercarse hasta estar a dos metros de separación de otra persona, para cumplir con las medidas de distanciamiento social que recomiendan las autoridades sanitarias.

Cuando se anunció que se iba a declarar el estado de alarma pusimos un cartel en la calle del tío Ernesto el Flemas: «Prohibido escupir».

Cuando expliqué que había que cerrar la escuela y que no sabía si abriría en septiembre, me dijeron que eso pasaba todos los años.

La hostelería, qué disgusto. Lourdes. Y todas esas cervezas ahí abandonadas, se me parte el alma, decía Javier.

Salí a pasear, con Yanis. Había mucho que pensar y decidir, casi me dieron ganas de volver a fumar. Tantos poderes para el ejecutivo. Vi que había un podcast sobre Hobbes de David Runciman, pensé en bajármelo donde hubiera un sitio con cobertura. Se veían la luna y las primeras estrellas. Subí al palomar. Quizá no lo pensé de forma consciente, pero Tomás siempre me había dado buenos consejos, y tenía fama de ser un hombre cabal.

—Ahí va de ahí, cojona, que me pisas el sembrao —me dijo.

Eso en Teruel es la función fática que codificó Roman Jakobson: estableces un canal de comunicación. Nos quedamos un rato callados. El palomar era como un castillo. Entonces lo entendí: el pueblo era una ciudad sitiada, como en la Edad Media. Eso me dio ánimos para preguntar.

—¿Crees que esto va a reforzar o debilitar al populismo?

—Pues de todo habrá.

—Claro, es que piensas además que esto refuerza a los Estados y por tanto la idea de nación, pero a la vez también es algo global, entonces es un lío.

—Ya lo puedes decir.

—Y por otro lado, claro, dices, ¿y si es una llamada de atención de la naturaleza? ¿Una especie de advertencia? Como si la naturaleza se vengara de nuestras agresiones, de nuestra falta de sensibilidad, hemos trastocado de tal manera los ecosistemas…

—Te he dicho que no me pises el sembrao.

—Lo que está claro es que vivimos demasiado deprisa, estamos obsesionados por el dinero, el prestigio, el temor a quedarnos fuera, la visión del turismo se ha extendido a toda nuestra vida, la sensación de que hay que experimentar constantemente… Igual esto es una especie de voz que dice: Tranquilos, id más despacio.

—Chico, llevas media hora hablando y aún me dices que vamos con prisas.

Luego nos quedamos callados un rato más.

3

Los primeros días hubo pocos incidentes. Había algo de temor y tensión, pero estábamos bien de ánimo. Ahora todo el mundo vive como nosotros hemos vivido siempre, dijo mi tía, que sabe encontrar el lado bueno de las cosas.

Aun así, se notaba una tranquilidad infrecuente. No es que La Cañada fuera Nueva York antes de la pandemia (aunque la latitud es la misma, 40,7 norte, por eso seguía con especial atención la gestión de Cassio y Cuomo), pero ya no se oían las mulas mecánicas por las mañanas, ni los tractores, o los vendedores ambulantes. La contaminación había desaparecido, no había aglomeraciones en la calle Mayor. Ya antes de la alarma dejamos de ver a los turistas que venían a rellenar garrafas, con sus tuppers con tortilla, y luego se iban a buscar setas al monte. Es verdad que no se oía el ruido de los niños por las calles. En realidad no se oía nunca porque casi no hay niños, pero si te paras a pensarlo impresiona.

Para nosotros no era una novedad que la naturaleza reclamara, como se decía en las ciudades, terreno a los humanos: no hacía falta más que ver las masadas abandonadas. Au

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