Remolino de sueños

Karina Miñano

Fragmento

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Remolino de sueños

Primera edición: 2021

ISBN: 9788418073311
ISBN eBook: 9788418073809

© del texto:

R. Karina Miñano Peña

© de la portada:

J. Manuel Miñano Peña

© del diseño de esta edición:

Penguin Random House Grupo Editorial
(Caligrama, 2021

www.caligramaeditorial.com

info@caligramaeditorial.com)

Impreso en España – Printed in Spain

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Para Andras

La historia de este libro y sus personajes son de ficción, producto de la imaginación de la autora, quien se ha inspirado en algunos acontecimientos y lugares reales.

La coincidencia con la realidad es pura casualidad.

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Capítulo 1

Perdida y sofocada, Latifah deambulaba sin rumbo hacia las afueras del campamento, a ese lugar al que solo se llegaba a través de casas abandonadas, habitadas por ratas y basura, donde sus calles olían a mierda y a olvido. Buscaba, con desesperación, un respiro de la miseria y orfandad en la que vivía desde hacía un par de días. A pocos metros y a pesar de la luz intensa del sol de la tarde, vio la silueta borrosa de una niña sentada en el suelo que sostenía a un niño más pequeño entre sus brazos. Mientras se acercaba, un llanto desconsolado le penetraba los oídos y una opresión le cerraba la garganta. Se sacó el burka para respirar mejor, aun cuando el polvo la envolvía. Despacio y con cuidado, se sentó al lado de la niña. Al darse cuenta de la mirada dolorosa de aquella pequeña, sucia y maloliente, las lágrimas se escaparon de sus ojos. Ansiosa, miró alrededor, pero no había nadie. Luego, rodeado por esos brazos infantiles, se fijó en el otro niño. Era casi un bebé que parecía dormir sin sobresaltos. Latifah se apuró en meter la mano en uno de sus bolsillos y apretó con fuerza al muñeco de trapo que siempre llevaba consigo. No se dio cuenta de que a poca distancia eran observadas desde las grietas de casas hechas de cartón y latón destartalado, en las que se escondía una manada de olvidados. Miró a la pequeña y un nudo doloroso se formó en su garganta al percibir el desamparo, el mismo que la envolvió cuando supo que sus padres habían muerto. La niña estaba sentada sobre el suelo irregular y polvoriento, donde ya no había más barracas ni callejuelas. Era el límite del campamento, la frontera que separaba a los afganos de los pakistaníes. Los blandos rayos de sol iluminaban su rostro y el del pequeño, que parecía dormir. Había escombros y piedras alrededor, a lo lejos una carretera y un grupo de hombres jugaba al fútbol sin percatarse de la niña con un niño más pequeño en brazos ni de la mujer sentada a su lado. Latifah no quería asustarla ni hacer que huyera. Buscaba palabras en su cabeza, y cada vez que quería decirle algo abría y cerraba los labios al saborear la sequedad de su boca. En ese momento, tenía una inmensa necesidad de abrazarla, llenarla de besos y de protegerla. Sin embargo, sentada a su lado no podía moverse.

El nudo en la garganta, la respiración agitada, la presión en el pecho y el sudor de sus manos no la dejaban pensar bien. Buscó la mirada de la niña, pero ella lloraba con los ojos en el horizonte hacia esos hombres que corrían detrás de una pelota. Latifah también lloraba sin poder tocarla todavía. En tanto, el viento se arremolinaba y las enfundaba en polvo. En un nuevo intento, Latifah extendió su mano para acariciarle el cabello áspero, y con mucho esfuerzo logró suavizar la dureza de su garganta y le susurró:

—Aquí estoy, no estás sola.

Acarició su rostro, curtido y seco, e intentó secarle las lágrimas. Después tocó la cabeza del niño y una terrible sensación de frío le recorrió el cuerpo. No dormía, estaba muerto. La manada dejó su escondite y apareció detrás de ellas. Eran niñas y niños huérfanos, zarrapastrosos, hambrientos y malolientes. En un silencio que les unía y consolaba a la vez, se acercaron a la pequeña sin importarles la presencia de Latifah. Solo el viento del atardecer era capaz de romper aquella calma, arropándolos en remolinos de tierra; entretanto, a lo lejos se escuchaban gritos de gol.

La presencia de ese grupo la perturbó tanto que no sabía qué hacer. «De dónde salieron tantos niños, sucios, malnutridos», pensó. Y no pudo evitar romper en un llanto ahogado ante lo que veía, la cruda realidad de los refugiados afganos ya era de por sí una verdad dolorosa, pero el abandono y el olvido de esos pequeños, por su propia gente, la golpeó con tósigo. La incertidumbre, mezclada con el calor y el desasosiego de no saber qué hacer con ellos, iba en aumento. Sudaba debajo de su nueva vestimenta y su visión era cada vez más borrosa. Abrazó a la niña con miedo, miedo de que escapara o de que no la aceptara, mas se dejó abrazar y por fin Latifah soltó con fuerza el llanto reprimido en su pecho. Un remolino de arena se levantó frente a ellas casi de inmediato, a lo lejos la cancha de fútbol estaba ya vacía. De pronto, Latifah vio a un hombre que parecía salir del remolino y se acercaba despacio. Asustada, apretó a la niña contra su cuerpo. En vano, parpadeó varias veces para quitar el velo que opacaba su visión. Sin comprenderlo, ese hombre, que se acercaba cada vez más, le producía una sensación de calma. Ya no era miedo, sino alivio y curiosidad. Era consciente de que solo ella veía a ese hombre, pues los niños no se inmutaron. En eso, escuchó una voz familiar, abrigadora: «Latifah, Latifah, compasión y amor son nada sin salud y sin educación». Era la voz de su padre en la figura de un hombre que no recordaba. Habían pasado muchos años desde la última vez que lo vio con vida, tantos que no reconocía su porte ni su rostro. Pero su voz no la olvidaría jamás. Fue entonces que Latifah encontró la respuesta que buscaba. Se giró a mirar a los niños, supo que ninguno de ellos había escogido su suerte y que ella podía cambiarla. Sí, era Alá, que por fin respondía a su pregunta. No tendría otra misión que llevar educación a los niños y niñas del campamento. Comprendió que la enseñanza le dio mucho, le cambió la vida, le dio confianza, estatus y capacidad de decisión.

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