Pasaje de ida

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A mil pies de altura
Ariana Harwicz

Mi vida me vuelve al galope como si fuera a morir. Cómo voy a hacer. No sé luchar contra el sufrimiento amoroso. Cómo voy a hacer. No sé estar lejos. Tengo los antebrazos estirados como si me hubiera metido algo pero no me inyecté, es sólo la forma de una mujer con sobredosis, rayada con navaja, una mujer que van a crucificar arrojada desde lo alto. Me despierto comatosa, lo digo en francés, es más estilizado, comateuse. J’ai dû trop boire al final de la noche pero no hay gusto a alcohol en la chambre, no tomé ni una botellita de agua del frigobar, y cuando me dio un último beso y me desnudó, me desmayé. Deseo crever sur le champ d’une crise cardiaque ou d’un ACV. J’en meurs du lever au coucher. Nada en esta habitación cuatro estrellas se ve normal. Como salir del hospital de visitar a un moribundo y decir nunca más voy a poder tomar un café. Y hacés una arcada, otra también, delante de él, y vas y venís por la avenida y decís, invento, exagero, no me voy, ça va, no habrá once mil kilómetros entre nosotros, aunque todavía no hablo francés pero es imposible no haber dicho en ese momento, ça va aller, ça ira. El desayuno termina en quince minutos, bajo en piyama al lobby haciendo arcadas y digo mi número de habitación. Aún no madame sino señora, con mucha suerte, señorita. Estar en un hotel céntrico la última noche como una falsa turista en su ciudad, ya ser entre dos, que te crean colombiana, polaca, que te tiren ¿australiana? hasta que abrís la boca, ah, sos de acá, che, de acá nomás, de acá a la vuelta, no parecías. Me sirvo conitos de dulce de leche, me sirvo bizcochitos, no me gusta nada de eso pero quiero el cliché, galicismo, del desayuno argentino, igual no puedo comer nada, ni las tostadas quemadas esas de Fargo que hacía mamá antes de ir al colegio. Alrededor los empleados hablan en porteño. Ya yego yamame ya, no me rompas, escuchame una cosa. ¿A dónde viajás, nena? A Francia. ¿Cuánto tiempo? Me voy a vivir, digo, como si no fuera siempre uno a vivir o como si no fuera que uno en verdad no vive nunca. Ah, oh là là, tenés suerte, te vas para Francia pero no se bañan mucho los franceses, dicen que huelen mal por eso inventaron el perfume, y ríen, de qué ríen. Vas a comer quesos por nosotros, mirala a ella que se va para arriba, mirala a la Amélie Poulain, quién se cree que es, decime y no te da un poco de miedo ahora con los atentados, con las decapitaciones esas, habrá que tener cuidado en lugares públicos, aprovechá y no vuelvas. ¿Tenés toda la familia acá? Bueno, igual no sirve para gran cosa la familia, o Europa el basural del mundo, la pocilga, estamos mejor acá, allá te vas con los sirios y los paquistaníes. Todos se entienden al hablar, nadie fuerza el oído, nadie patina en lengua ajena, nada de acentos, interferencias, expresiones forzadas o falsas rimas, nada de ubicar mal un término para hacer de cuenta que manejas el argot, galicismo, qué gran quilombo, pendejo, nadie oculto en el lenguaje. Subo y miro la avenida por la ventana, ruido ruido, una avenida copada por insectos, francotiradores cuerpo a tierra en las terrazas y balas perdidas. Una avenida de marchas y gases lacrimógenos. Una avenida larga y arbolada como Madrid pero Buenos Aires, de rateadas del colegio, vueltas a la pirámide y milicianos de civil en la Plaza de Mayo haciendo de cuenta que leen con el diario al revés. La Catedral Metropolitana donde una vez me arrodillé, y el cura me dijo que los desaparecidos estaban paseando lo más felices por Moscú. Vuelven a llamar para que deje la habitación, tenés que hacer el check-out, me tutea, me cachondea. Él no me pasó a buscar, y no hice la valija. Nunca hago la valija, lanzo cosas adentro segundos antes de ir. Ya me estoy yendo a embarcar. Ya dejo el hotel que da a la plazoleta donde pasé una Navidad con los nenes aspirando poxirán frente a los departamentos de clase media de Barrio Norte, los balcones enrejados iluminados con pinos rojos, azules, verdes, el olor a basura caliente. Ya la autopista Riccheri pero antes pasar y despedirme del Colón, ese día que fuimos al palco y oímos a Puccini y estaba toda la aristocracia argentina de la avenida Libertador, Barrio Parque y alrededores coqueteando en los entreactos con el nuevo ministro de Cultura de derecha. Argentina como destino turístico para que se diviertan los que salen del ejército en Israel, para saciar a los aventureros que quedan, para los que tienen desidi

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