Un día llegaré a Sagres

Nélida Piñon

Fragmento

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1

Nací el siglo XIX, en el norte de Portugal, e ignoro qué significa ser parte de este país. ¿Qué beneficios han concedido al pueblo los reyes de las diversas dinastías desde la comodidad de sus tronos, aparte de someterlo a sus caprichos? Esta gentuza de sangre real todavía no ha declarado la verdadera abolición de la esclavitud, que se promulgó en 1869. Pese a todo, yo decidí contar mi historia, soltarla a los cuatro vientos, un primero de noviembre, mes que coincide con el terremoto de Lisboa.

Era de madrugada, hacía frío y yo estaba tapado con una manta raída, la única que había en la casa. A la luz de la vela, los objetos sobre el aparador eran como fantasmas a los que, de vez en cuando, ahuyentaba con aspavientos. Son más perseverantes que mi propia voluntad, me dan guerra, forman siluetas en la pared, que no identifico con nitidez. Tengo una vida precaria, palpita en mi pecho, me brinda una frescura que mi memoria rehúye, pues se ahonda en el infierno. Gracias a estos recuerdos, visito la aldea en la que nací e inevitablemente la resucito.

A pesar de mi penosa rebeldía, imagino dibujos informes a partir de las migajas de pan esparcidas en la mesa. Si bien aprecio los productos de la tierra, que en esta casa no abundan, puede decirse que me sustento de sobras. Aunque, de no ser por estas, no estaría aquí, en esta colina de Lisboa, una de las siete de la ciudad, por la que deambulo apoyándome en las paredes de las casas para no caerme. Después de dejar el país de mi abuelo e instalarme en Lisboa, en Sagres y luego en el mundo, he regresado aquí. ¿Quién soy sin las ruinas de las urbes humanas y sin los pedazos de mi existencia? ¿Quién soy sin estas historias, mis escombros?

Vivo con rigurosa parsimonia. Las monedas que tengo en el bolsillo apenas si alimentan mis sueños. Es lo que me queda de un trabajo casi esclavo, de los viajes que hice a lugares donde los lusos otrora imperamos. Pero esas monedas no me aseguran el futuro. El miedo a la miseria me acecha a diario. ¿Qué haré cuando me gaste el último pataco?[1]

Las noches son amenazadoras, me inducen a ser prudente. La vivienda está situada en lo alto de la colina de San Jorge, esta misma, no muy lejos del castillo, que fue escenario de tantas batallas libradas. Ahí vivo. Es una casa modesta con las paredes desconchadas, pero carece de agua, que salgo a buscar y luego guardo en tinas. El conjunto de estas circunstancias pone de evidencia mi fracaso. Eso sí, el premio es el soberbio paisaje desde la ventana, que se difumina los días de neblina, y desde donde se divisa una franja del Tajo, cuyas aguas suntuosas soportan mis devaneos. Tardé mucho tiempo en surcar esta superficie plateada. Y, cuando me distancié de su visión, sufrí. Ahora, antes del último suspiro, me reconcilio con este río sagrado. Necesito morir tranquilo, hacer balance de mis adversarios y de mi existencia sin ambages. En este crepúsculo, todo y nada exige arrepentimiento por falsa solidaridad con lo que perdí y no conseguí.

He comido sardinas fritas empapadas en aceite, un exceso. He rebañado los restos con pan, como me gusta. Tengo poco, pero sigo adelante. Soy hijo de las adversidades infligidas a mi pueblo, un campesino sin nombre ni título. Y ahora, sumido en la pobreza, actúo como si esta fuera el único trofeo que merezco.

Las figuras del pasado son buitres que hace poco devoraron mi carne. No he sido feliz, bien lo sé. Mi propia madre me maldijo en la cama después de expulsarme de su vientre. Desafiando a su padre, allí presente, a coger en brazos a su nieto, fruto del pecado de una hija que lo avergonzaba. Me salvé gracias a él. Mi abuelo fue el único que me quiso. A partir de esta escena protagonizada por personas de la misma sangre, esta es la herencia que tuve que aceptar. No me haría falta ahuyentar amores malhadados, pues llamarían a mi puerta de manera natural.

Hablo para que me oiga Lisboa, o al menos algún vecino desconocido, quienquiera que sea. Hoy solo me queda un cuerpo extenuado que se descompone poco a poco en esta ciudad que, por lo que sé, acogió a musulmanes y cristianos, y que españoles y finalmente portugueses se disputaron. Un conflicto desesperado que me produce tristeza. Y eso que soy un hombre de virtudes que ni a mí me atraen. Aunque en el pasado despertaba el deseo ajeno, incluso entre varones.

Los años son ingratos, nos sentencian al declive y sus efectos nos igualan. Por este motivo sé que soy como el rey en toda su repugnante majestad, pues se baña más bien poco y se impregna de perfume en los rincones del palacio de Ajuda.

Yo, desde mi propio rincón, me rasco las encías con los dedos, palpo los cráteres que han dejado los dientes que han ido cayendo, como si así fuera a recuperarme. Qué tristeza, Dios mío, no poder morder ya la carne ajena como antes, con furia, sin compasión, empujado por la obsesión del miembro hinchado. Nunca tuve piedad en el instante de culminar el deseo. Lo demás me servía para purgar el mal de la pasión. ¿Qué iba a hacer si no, lamentar la falta de cariño que solo mi abuelo Vicente y Leocádia me inspiraron en la vida?

En realidad la vida nunca me ha pertenecido. No he sido digno de ella. Esta certeza tal vez indica que ha llegado el momento de revisar partes de mi historia. No puedo saber ni sé si lo que hoy ocurre, en estas horas tardías, anticipa mi fin. Y en esta vejez que nunca pensé que llegaría me falta el consuelo de no haberme sentado a la mesa de los poderosos y haber probado sus manjares. Mi partida, asimismo indigna, me mortifica. Lo que más valoro de la pobreza son estos tres relojes colgados en la pared, próximos entre sí, casi sin espacio para respirar. El tiempo que señalan con las agujas desgastadas anuncia mi finitud, el paso de cada día. Cuando me despierto, la levedad de los minutos me trae esperanza desde su lugar, a la vez que simboliza, qué ironía, la ligereza de la cuchilla del verdugo.

El reloj de en medio es como Jesucristo con un ladrón a cada lado. Forman un modesto conjunto que me recuerda al poderoso rey de España y del Sacro Imperio, Carlos V, que, harto de la fastuosidad del mundo, se desentendió de sus bienes tras repartirlos entre sus herederos. Recluido en el monasterio de San Jerónimo de Yuste, en la provincia de Cáceres, donde moriría de gota, examinaba su colección, celoso del avance de las agujas del reloj, que iban consumiendo el plazo de vida que se le había asignado. Y de nada le sirvió el poder para acrecentar los días que empezaban a faltarle. ¿Habrá mejor modo de aguardar la muerte que observar con fascinación el recorrido de las implacables manecillas?

Mientras las contemplo por la mañana, aspiro el aire del día con vigor. Espero a que empiece a soplar la brisa nocturna y, algo más tarde, llegue el frío. Entonces, mientras duermo, dejo agonizar a los relojes.

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2

Los recuerdos me invaden sin secuencia, sin orden, sin juicio. La memoria es halagüeña para la gente feliz. Para mí es ingrata. No vale la pena conservarla entre mis pertenencias.

Los

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