Cuerpos

Noemí Casquet

Fragmento

I. Sesenta y nueve

I

Sesenta y nueve

Mercedes me observa mientras acomodo mi culo huesudo en una silla plegable de Ikea. La mesa está un poco coja y se tambalea cada vez que ella apoya los antebrazos. Eso hace que el bajo del mantel lila ondule y se fusione con el terciopelo rojo lleno de ácaros que oculta con disimulo esta trastienda ecléctica de barrio. El sonido de los brazaletes parece el sonajero de las viudas, y en su carmín ajado y en la comisura de sus ojos ya naufragan arrugas. Mercedes vive sus últimos años antes de convertirse en la típica abuela que, si te has quedado con hambre, te fríe un huevo en un momento. Su escote redondeado deja entrever un canalillo preciso y detallado. Qué coño comerían nuestras abuelas para tener semejantes tetas. Qué es lo que no me dieron a mí.

Alguien intenta abrir la puerta acristalada de la entrada, pero el cerrojo le impide acceder. Mercedes suspira. El olor dulzón a palosanto se me pega a la garganta. En la esquina hay un altar con minerales, amuletos, muñecas de trapo y atrapasueños. Una fusión de misticismo que no entiende de fronteras. O quizá es que para Mercedes todo se resume en lo mismo:

—Ruth, para el universo la vida dura sesenta y nueve segundos.

Lo afirma con efusividad y lo repite varias veces: «Sesenta y nueve segundos, Ruth». A mí solo me hace falta que me lo diga una vez para darme cuenta de la rotunda descarga que provoca en mi existencialismo. Mercedes, la mujer que ronda esa edad en la que te ceden el asiento en el bus, la misma que baraja las setenta y ocho cartas del Tarot de Marsella, quien cierra su pequeño negocio de bolas de cristal y predicciones y se marcha a hacerse una ensalada de queso fresco y acelgas para cuidar la línea. Mercedes, cuya fuente empírica es el Feisbú y quien reenvía los Power Point que le llegan al e-mail personal para evitar cinco años de maldición. Sí, lo sé, quizá Mercedes no sea la nota a pie de página que conduce a una bibliografía imposible de un libro ininteligible sobre física cuántica. Pero a veces las frases que te cambian el rumbo no vienen dadas por la ciencia. Y digo «a veces» por ser generosa. Aun así, me parece una broma de mal gusto. Sesenta y nueve. No sesenta y ocho ni setenta. No. Sesenta y nueve. Por un momento me imaginé a Dios comiéndose el enorme coño del universo y viceversa. Nuestro cataclismo resumido en un puto sesenta y nueve entre la luz y la oscuridad. Ya lo decían los chinos: el yin y el yang. Milenios de filosofía ancestral para que la tarotista me diga en una sola frase que mi lamentable existencia, para la que busco lamentables respuestas, es un simple orgasmo de sesenta y nueve segundos. «Oh, sí, no pares». Y obviamente para, y ya está: te vas a tomar por culo.

—¿A qué quieres dedicarle estos sesenta y nueve segundos, Ruth? ¿Qué quieres hacer?

Me sorprende la facilidad con la que Mercedes te empuja al precipicio mientras baraja las cartas con destreza y rapidez. No sabes dónde empiezan sus manos y dónde acaba el cartón que predice mi futuro de mierda. O dónde termina la cordura y empieza la decisión de haber querido adentrarme en esta pequeña tienda de esoterismo que veía cada vez que cruzaba la esquina de mi calle. Por qué ahora. Supongo que estas cosas te llaman, ¿no? O así sucede en las películas. La gitana que lee la mano al protagonista y le avisa de su inminente muerte. La bruja que le da un consejo a esa pobre chica que finalmente conquista al buenorro. Aunque mi vida nunca —y reitero, nunca— ha sido para hacer un filme. Y si lo fuera, sin duda estaría dirigido por Pedro Almodóvar, con esas mujeres tristes que lloran a otras mujeres tristes y se sumergen en un melodrama que hace que te cuestiones si ha llegado el momento de averiguar a qué sabe la lejía. Creo que, siendo totalmente sincera, me he adentrado en el mundo de la clarividencia a los treinta por pura desesperación. Algunos dirán que es por la crisis. Sí, esa de la que todos los millennials hablan cuando les llega la edad de cambiar el número de la izquierda por un tres. Esa que surge cuando te das cuenta de que los nacidos en los 2000 ya rondan la veintena. Y tú te quedas pensando en qué instante la vida pisó el acelerador. En qué momento esas personas han crecido tanto. Sigues obviando que tú ya te tiñes las canas. A menudo se me olvida que tengo treinta años, supongo que es cuestión de acostumbrarse. De repente, voy andando por la calle y me sobresalto porque me acuerdo de que ya he entrado en la treintena. Sin un contexto, sin un porqué. Sin más. ¡Pum! Tres, cero. La hostia es tan precisa como la chancla que me lanzaba mi madre desde la otra punta del comedor cuando me peleaba con mi hermana. El fusil educativo que pretendía encauzarnos en el modelo establecido. Pues bien, debo añadir que salió mal. Todavía recuerdo los botellones de 43 con lima o de Malibú con piña como si fuera ayer. Era capaz de beber JB con Redbull y no morir de un paro cardíaco. Perreaba hasta abajo las canciones de reguetón sin que ninguna parte de mi cuerpo crujiera. «Dónde están las gatas que no andan y tiran p’alante». «E’ un llamado de emergencia, baby». «Quítate tú que llegó la caballota». «Pobre diabla, se dice que se te ha visto por la calle vagando...», y el consiguiente impacto que se creaba cuando te enterabas de que el «pobre diablo» ¡era él! He crecido con la poesía de la calle, con los mensajes de autoayuda que ahogabas en la garganta al son de «Ey, chipirón, todos los días sale el sol, chipirón», cuando acababa borracha en la playa mientras veía el amanecer y me aseguraba a mí misma que la juventud sería eterna, que el presente nunca alcanzaría el futuro. Y fíjate, dice Mercedes que son sesenta y nueve segundos. Y yo, a estas alturas, me lo creo.

—A ver, Ruth, corazón... Me ha salido el Loco.

—¿Y eso qué significa? ¿Es bueno o malo?

—Ni bueno ni malo.

Odio a la gente que no polariza las cosas, que te dice que hay una escala de grises entre el negro y el blanco, como si el mundo se moviera entre el azabache, el pizarra o el ceniza.

—¿Entonces?

—Lo que me dice el tarot es que estás atravesando un momento inestable. —¿Es una novedad? No—. Hay algo que te preocupa, has pasado por una situación muy traumática... Has sido varias personas, como si hubieras estado en otros cuerpos, ¿me entiendes?

Pero ¿y esta señora?

—Debes ser tú, Ruth, debes volver a ti y enfrentarte a todo esto. La energía del Loco es muy juvenil, inmadura, adolescente y, en este caso, te está diciendo que debe morir, que debes deshacerte de esa carga y evolucionar. Déjame que pregunte... —Vuelve a barajar las cartas, flush, flash, y saca otras tres más—. Sí, aham... Bueno, esto..., corazón...

—Dime.

—Has estado castigando tu cuerpo. Drogas, alcohol, fiestas, sexo. Te estás haciendo daño, Ruth, y la muerte te está mirando a los ojos.

No, querida, ahí te equivocas. La muerte me ha atravesado y me ha abierto en canal.

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