El cielo sobre el tejado

Nathacha Appanah

Fragmento

libro-1

Me quedo en medio de lo que no quiero nombrar

Si digo el verdadero nombre de las cosas que viven aquí

La verdad la ternura y la imaginación salen volando por la ventana

Aun así, a veces se me olvida

Esto es una cama, esto es una silla, esto es un váter

Fuera suenan las botas y las llaves al girar

Anda, tengo algo en el rabillo del ojo

Es una cucaracha muy negra y totalmente inmóvil

Hay manchas oscuras en la pared a la que está sujeta la cama sé lo que son

Sé cómo nacen y si me quedo aquí lo suficiente acabaré por dejar una marca también yo

Y me pregunto qué forma adoptaría en la pared

Me pregunto si otros aparte de mí intentarían adivinarlo

Como cuando al aire libre te tumbas en la hierba y desenmascaras las nubes

Dirían… veo veo

Un perro un insecto una serpiente

Cuánto me gustaría que fuera otra cosa

Un cielo una estrella un sueño

Detrás de mí se alza una voz chillona

La madre que te parió cabrón de mierda

Cierro los ojos y despacio cada una de las cosas que hay aquí deja que se le caiga el nombre

También el mío se me olvida poco a poco

No soy más que un chico de la sombra

Cada sonido se encoge se marchita y se apaga

Pronto no queda más que el ruido blanco que hace mi corazón

Interno 16587, centro de detención de C.

libro-2

 

Érase una vez un país que construyó cárceles para niños porque no supo encontrar nada mejor que el impedimento, el alejamiento, la privación, la restricción, la prisión y un montón de cosas que solo existen entre unas paredes para intentar convertir a esos niños en adultos de pro, es decir, en personas que siguen el camino trazado.

Por suerte, ese país cerró aquellas cárceles, derribó las paredes, juró y perjuró que no volvería a construir esos lugares bárbaros donde los niños no podían ni reír ni sollozar. Porque ese país cree en la reconciliación del pasado y el presente, ha conservado un portalón para que se acuerden aquellos a quienes interesan esos restos, que creen en los fantasmas y en los cuentos que nunca mueren. Para los demás, es la entrada a una bonita glorieta, en plena capital, donde van a pasear, a descansar y a deleitarse con el cielo abierto, azul, tranquilo. Acuden en familia, con sus propios niños, y ese país también es eso, un jardín encima de antiguas lágrimas, flores encima de los muertos, risas encima de antiguos pesares.

Más tarde, porque siempre han existido niños recalcitrantes, niños infelices, niños raros, niños tremendos, niños que hacen cosas tremendas, niños tristes, niños estúpidos, niños que nunca han recibido amor, niños que no saben lo que hacen, niños que tan solo imitan lo que hacen los mayores, ese país encontró otros medios para curarlos, enderezarlos, enmendarlos y observarlos para que se convirtieran en adultos más o menos decentes, es decir, en personas que podrían ir a pasear por jardines, bajo un cielo despejado, azul y tranquilo.

Pero, ahora y siempre, sigue habiendo paredes que rodean, que separan, que alienan, que protegen y que no curan los corazones. Está la gente de fuera, la gente de dentro, historias ya trazadas, historias de determinismo, accidentes, casualidades, cosas de la mala suerte, culpables, inocentes, y aquí está de nuevo ese mundo que se dibuja como un cuadro abstracto en el que es difícil encontrar una cara amiga, un ser querido, aferrarse a un sentimiento conocido o a un color favorito.

Érase una vez, pues, en ese país, un niño al que su madre llamó Lobo. Pensaba que ese nombre le daría fuerza, suerte y una autoridad natural, pero cómo iba ella a saber que ese niño sería el hijo más dulce y extraño que darse pueda, que, al igual que a una fiera, acabarían atrapándolo y que ahora mismo está en el furgón policial, aquí mismo, en cuanto pasemos de página.

libro-3

Lunes por la mañana pero esto
no es el principio

De repente, una calma rara y acolchada, como si tuviera encima una tela que lo cubriese por completo. Observa a través de ese tejido imaginario el rostro de los dos hombres de uniforme que tiene enfrente y no ve en ellos ninguna amenaza. Son dos hombres que lo acompañan, nada más, no hay de qué preocuparse, están borrosos, y con esa forma que tiene de rimar las palabras mentalmente, piensa que lo que está borroso es sedoso y algo esponjoso. Como: las nubes, un dibujo difuminado con el dedo, el fondo del agua o la bruma que cubre la ciudad. Detrás de los dos hombres hay una ventanilla a través de la que desfila el cielo azul y tranquilo, a veces la copa de algunos árboles, y cuando el vehículo se detiene, el chico busca algo que pueda retenerle la mirada, un pájaro, una hoja al viento o un tendido eléctrico. Lo que oye parece llegar de lejos: el ronroneo del motor, su aliento reposado y su corazón latiendo despacito. Baja los ojos hacia las esposas que le traban las muñecas (pecas, rebecas) y espera a que pase algo, porque, desde que tiene memoria, nunca ha soportado estar encerrado o sujeto.

Espera a que pase aunque en realidad nunca «pasa», sino que aparece de golpe, arrasa y te estalla en las narices.

Vigila el desbocamiento del corazón, acecha la sensación de calor a la que siguen los sudores fríos, se prepara para la inquietud de las piernas y los espasmos en torno a la boca. Se previene contra su mente, que sin poder remediarlo no tardará en bullir de pensamientos desordenados, escandalosos e insensatos, como si en la cabeza tuviera una muchedumbre presa del pánico.

Entonces, ya sabe lo que va a pasar: empezará a retorcerse, a tratar de ponerse de pie, intentará explicar que no se encuentra bien, pero le saldrá un galimatías y tendrá cada vez más ganas de irse de allí, mirará desesperadamente fuera, girando la nuca en todas direcciones, hará ademán de abalanzarse contra la puerta o la reja que los separa del conductor, pues en esos momentos el miedo a hacerse daño ha dejado de existir y los dos hombres que tiene enfrente sacarán la porra para reducirlo, o puede que solo utilicen los brazos musculosos para mantenerlo sentado, sentirá su peso de adultos encima de él y será mucho peor. Se pondrá a gritar y ellos también se pondrán a darle órdenes, aunque añadan «muchacho» al final de esas órdenes, porque hay que verlo, al muchacho este que aparenta tener doce años, con los labios sangrando de tanto mordisqueárselos y los ojos grandes y tristes como los de un animal exótico. A todos los zarandeará el vehículo a toda velocidad, que para entonces ya habrá encendido la sirena (ballena, falena). En momentos así, la mente se le desconecta por completo de la sensa

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