Ciudad de las nubes

Anthony Doerr

Fragmento

libro-5

Konstance

Una chica de catorce años está sentada con las piernas cruzadas en el suelo de una cámara circular. Una masa de rizos le enmarca la cara como un halo; tiene los calcetines llenos de tomates. Es Konstance.

Detrás de ella, dentro de un cilindro traslúcido que se eleva medio metro entre el suelo y el techo, hay suspendida una máquina compuesta de billones de filamentos dorados, ninguno más grueso que un cabello humano. Cada filamento se entrelaza con otros en una maraña de asombrosa complejidad. De tanto en tanto, un manojo de cables de la superficie de la máquina late y se ilumina: ahora este, ahora aquel. Es Sybil.

En la habitación hay también una cama hinchable, un váter seco ecológico, una impresora de alimentos, once sacos de comida en polvo Nutrir, una cinta de correr multidireccional del tamaño y la forma de un neumático de automóvil llamada Deambulador. La luz procede de un anillo de diodos en el techo; no se ve ninguna salida.

Dispuestos en retícula en el suelo hay casi cien retazos rectangulares que Konstance ha cortado de sacos de Nutrir vacíos y en los que ha escrito con tinta casera. Algunos están cubiertos de su escritura; en otros hay una única palabra. Uno, por ejemplo, contiene las veinticuatro letras del alfabeto griego antiguo. Otro dice:

En el milenio anterior a 1453, la ciudad de Constantinopla sufrió veintitrés asedios, pero ningún ejército traspasó jamás sus murallas.

Se inclina hacia delante y coge tres trozos del rompecabezas que tiene delante. A su espalda, la máquina parpadea.

«Es tarde, Konstance, y no has comido en todo el día».

—No tengo hambre.

«¿Qué tal un buen risotto? ¿O cordero asado con puré de patatas? Todavía hay muchas combinaciones que no has probado».

—No, gracias, Sybil.

Mira el primer retazo y lee:

El relato griego en prosa desaparecido La ciudad de los cucos y las nubes, del autor Antonio Diógenes, sobre el viaje de un pastor a una ciudad utópica en el cielo, fue probablemente escrito hacia finales del siglo I d. C.

El segundo:

Sabemos por un resumen bizantino del libro del siglo IX que empezaba con un breve prólogo en el que Diógenes se dirigía a una sobrina enferma y declaraba que el relato cómico que seguía no era invención suya, sino que lo había encontrado en una tumba de la antigua ciudad de Tiro.

El tercero:

La tumba, escribió Diógenes a su sobrina, llevaba la inscripción: «Etón: vivió 80 años como hombre, 1 año como asno, 1 año como lubina, 1 año como cuervo». Dentro, Diógenes afirmaba haber encontrado una arqueta de madera en la que estaba inscrito: «Desconocido, quienquiera que seas, abre esto y maravíllate». Cuando abrió la arqueta encontró veinticuatro tablillas de madera de ciprés en las que se narraba la historia de Etón.

Konstance cierra los ojos, ve al escritor descender a la oscuridad de las tumbas. Lo mira estudiar el extraño arcón a la luz de la antorcha. Los diodos del techo se atenúan, el tono de las paredes pasa del blanco al ámbar y Sybil dice: «Pronto llegará la NoLuz, Konstance».

Camina entre los recortes del suelo y saca el resto de un saco vacío de debajo de su cama. Usando los dientes y los dedos, arranca un nuevo rectángulo. Pone un cacillo de polvo Nutrir en la impresora de comida, pulsa botones y el dispositivo escupe treinta gramos de un líquido oscuro en el cuenco. A continuación Konstance coge un trozo de tubo de polietileno, cuya punta ha tallado en forma de plumín, moja la pluma casera en tinta casera, se inclina sobre la tela en blanco y dibuja una nube.

Vuelve a mojar la pluma.

Encima de las nubes dibuja las torres de una ciudad, a continuación puntitos que son pájaros revoloteando alrededor. La habitación se oscurece más. Sybil parpadea. «Konstance, tengo que insistir en que comas».

—No tengo hambre, gracias, Sybil.

Coge un rectángulo en el que hay escrita una fecha: «20 de febrero de 2020», y lo deja junto a otro que dice «folio A». Luego coloca su dibujo de la ciudad en las nubes a la izquierda. Por un instante, en la luz que agoniza, los tres recortes casi parecen levantarse y resplandecer.

Konstance se sienta sobre sus talones. Lleva casi un año sin salir de esta habitación.

libro-6

UNO

DESCONOCIDO, QUIENQUIERA QUE SEAS, ABRE ESTO Y MARAVÍLLATE

libro-7

 


La ciudad de los cucos y las nubes

por Antonio Diógenes, folio Α

El códice de Diógenes mide 30 × 22 cm. Agujereado por gusanos y significativamente borroso por el moho, solo se recuperaron de él veinticuatro folios, etiquetados aquí de A a Ω. Todos estaban dañados en distinta medida. La caligrafía es cuidada e inclinada hacia la izquierda. De la traducción de 2020 de Zeno Ninis.

… ¿durante cuánto tiempo habían enmohecido esas tablillas dentro de aquel arcón esperando a que unos ojos las leyeran? Aunque sé que dudarás de la veracidad de los estrambóticos sucesos que narran, mi querida sobrina, en mi transcripción no he omitido una sola palabra. Quizá en tiempos remotos los hombres habitaban la tierra como bestias y una ciudad de pájaros flotaba en los cielos, acaballo entre los reinos humano y divino. O tal vez, como todos los locos, el pastor creó su propia verdad y por tanto, para él, verdad era. Pero pasemos ahora a la historia y juzguemos su cordura por nosotros mismos.

libro-8

BIBLIOTECA PÚBLICA DE LAKEPORT

20 DE FEBRERO DE 2020

16.30

libro-9

Zeno

Acompaña a cinco alumnos de quinto curso de la escuela elemental a la biblioteca pública por entre cortinas de nieve. Es un octogenario con cazadora de lona; sus botas se cierran con velcro; pingüinos de dibujos animados patinan por su corbata. Durante todo el día y sin interrupción, la felicidad ha crecido dentro de su pecho y ahora, esta tarde, a las 16.30 de un jueves de febrero, mientras mira a los niños correr acera abajo —Alex Hess con su cabeza de asno de papel maché, Rachel Wilson llevando una linterna de plástico, Natalie Hernández tirando de un alt

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