Tres cuentos rusos (Flash Relatos)

Francesc Serés

Fragmento

En el año 1957, el funcionario del censo le preguntó al anciano: «Iván Ivánovich, ¿dónde naciste?». Y él respondió: «En San Petersburgo, señoría». «¿Dónde creciste, Iván Ivánovich?», volvió a preguntar el censor. «En Petrograd, señoría.» El censor siguió con su encuesta: «Y, ¿dónde vives ahora?». «Ahora en Leningrado, señoría», respondió. El censor le dirigió su última pregunta: «Y, ¿dónde te gustaría vivir, Iván Ivánovich?». Entonces Iván Ivánovich agachó la cabeza. «En el San Petersburgo que me contaba mi madre, señoría, si pudiese ser.»

PIOTR IÓSIF OHRENMANN,

Diario de un estonio

sorprendido por el mundo y los hombres

Me llamó la noche anterior. Desde el día que la conocí sé que el teléfono puede sonar a cualquier hora del día o de la noche.

–Yuri, Yuri, tengo que hablar contigo.

–Maya, que…

–Yuri, tengo que hablar contigo, tenemos que hablar.

–Por el amor de Dios, no te pregunto si sabes qué hora es porque es imposible que no lo sepas, Maya –le dije desperezándome mientras el despertador caía al suelo, se le abría la tapa y las pilas rodaban debajo de la cama.

–Vamos, Yuri, no tienes nada importante entre manos y no estás acompañado; en caso contrario habrías desconectado el teléfono. Di en el trabajo que te han llamado a casa, yo ya se lo diré a papá.

–Maya, estaba durmiendo…

–Vamos, Yuri, mañana, a las once, tomaremos café, daremos una vuelta por ahí y después comeremos juntos. Vamos, di que sí, le diré a papá que dé el aviso en el trabajo, vamos, Yuri, cuento contigo, ¿verdad? Cuento contigo.

Siempre me ha desarmado en un abrir y cerrar de ojos. Hacía quince años que nos conocíamos y, ay, hacía quince años que yo no sabía decir no. Es la mujer más guapa de todo San Petersburgo, una cara de muñeca que te maneja como si fueras un títere.

El títere, claro, telefoneó al trabajo para decir que aquella mañana no iría, recorrió la Perspectiva Nevski hasta el Neva y, desde allí, cruzó cuatro calles hasta llegar a la casa de Maya.

La casa –ella todavía vive allí–, está en la isla Vasilievski, cerca del palacio. Maya es como su casa, a las dos parece que los años las embellezcan y las hagan más valiosas, como si el tiempo que pasa, en vez de arrugarles la cara y agrietarles la fachada, les fuese dando una pátina suave y agradable. Desde la casa desciende una escalera hasta la calle, lenta, soberbia y elegante, como una alfombra roja que se desenrollara de arriba abajo. Siempre que iba a su casa pensaba cómo era posible que aquellos peldaños hubiesen sobrevivido a revoluciones y guerras, a ocupaciones y bombas. Era como si la hubieran conservado dentro de una campana de cristal. La primera vez que me invitaron, subí y bajé la escalera siete u ocho veces, hasta que oí carraspear al mayordomo. La casa, la casa… os perderíais en ella, la entrada, el recibidor y, después de traspasar unas puertas blancas y doradas, un vestíbulo con dos escaleras de mármol que suben hasta la antesala del primer piso. Ay, Dios, tenéis la sensación de que estáis en un museo construido para exponer el buen gusto que la familia ha tenido con la decoración, nada recargado y todo en su sitio, cuadros, estanterías y estatuas.

Maya me esperaba. Había mandado servir el café en el invernadero. Ah, hay mujeres que gastan fortunas en ropa carísima –y Maya es una de ellas– pero que nunca estarán tan elegantes como ella cuando baja con el albornoz y la toalla. La aristocracia de San Petersburgo, cien por cien genética pura de no sé cuántas generaciones que han sobrevivido a los zares, a los comunistas y a las mafias. Como la casa: tiempo y normas.

Cuando vi que ella se adelantaba al servicio en el momento de abrir la puerta, empecé a pensar que sucedía algo importante.

–Oye, Maya, ¿cómo sabes lo del teléfono?, ¿cómo sabes que lo desconecto? –le pregunté.

–No preguntes y no te mentiré.

–¡Vamos, dímelo, Maya! ¿Cómo sabes que desconecto el teléfono? –Con ella siempre tienes que insistir.

–Cuando te liaste con Irina siempre comunicaba. No podía ser que hablases tanto rato.

–Y tú qué sabes del rato que hablaba con Irina… ¿Me pinchaste el teléfono? ¿Ahora te dedicas a eso, guapa?

–¡Hi-ce-cuen-tas! Sé cuánto ganas y sé cuánto cuesta llamar. Fácil, ¿verdad?

–Vale, tocado, pero no te hagas la sargento y cuéntame qué está pasando aquí. ¿Le has dicho a tu padre que llame a Fetisovo?

Fetisovo era mi jefe, mi jefe que recibía órdenes de su padre. Siempre que la niña quiere verme, tienen que llamarle para decir que necesito el día libre. Fetisovo me odia, pero a mí la situación me divierte, como cuando provocas a esos perros que ladran al otro lado de la valla y que chocan contra la reja mientras tú te ríes.

Su padre me enchufó en la empresa. Bueno, de hecho, me enchufó ella. Se trata de una empresa de importación y exportación que controla una parte del puerto y del aeropuerto.

Por aquel entonces hacía quince años que nos conocíamos, desde un día que fingí que me había atropellado con el coche. Hice como que me caía de la bici y que me quedaba inconsc

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