Fiesta, 1980 (Flash Relatos)

Junot Díaz

Fragmento

FIESTA, 1980

Aquel año la hermana menor de mami —la tía Yrma— por fin pudo venir a los Estados Unidos. Ella y el tío Miguel consiguieron un apartamento en el Bronx, frente al Grand Concourse, y todo el mundo decidió que había que dar una fiesta. Bueno, en realidad lo decidieron mis padres, pero a todo el mundo, es decir a mami, a la tía Yrma, al tío Miguel y a los vecinos, les pareció una idea chévere. La tarde de la fiesta papi volvió del trabajo a eso de las seis. A la hora justa. Ya estábamos todos vestidos, cosa inteligente por nuestra parte. Si papi entra y nos agarra a todos dando vueltas en ropa interior seguro que nos habría reventado el culo a patadas.

No le dirigió la palabra a nadie, ni siquiera a mi mamá. Simplemente la apartó de un empujón para poder pasar, alzó la mano cuando ella le intentó hablar y se fue directamente hacia la ducha. Rafa me lanzó una mirada y yo se la devolví; los dos sabíamos que papi había estado con la puertorriqueña con la que se veía y quería borrar las pruebas con una ducha rápida.

Aquel día mami estaba bonita de verdad. En los Estados Unidos por fin había logrado ganar un poco de peso; ya no era la flaca que había llegado hacía tres años. Llevaba el pelo corto y una tonelada de prendas baratas que a ella no le quedaban demasiado mal. Desprendía una fragancia muy característica de ella, como de brisa que pasa entre los árboles. Siempre esperaba hasta el último minuto para perfumarse porque decía que era un desperdicio rociarse demasiado pronto y luego tener que volver a hacerlo al llegar a la fiesta.

Nosotros —o sea yo, mi hermano, mi hermanita y mami— esperamos a que papi terminara de ducharse. A mami se la veía inquieta a su manera, sin aspavientos. No apartaba las manos de la hebilla del cinturón, ajustándoselo una y otra vez. Por la mañana, cuando nos despertó para que fuéramos a la escuela, nos dijo que tenía ganas de gozar en la fiesta. Quiero bailar, decía, pero en aquel momento en que el sol descendía por el cielo como un escupitajo que resbala por una pared, simplemente parecía que estaba dispuesta a pasar aquel trago.

Rafa tampoco tenía muchas ganas de fiesta, y en cuanto a mí, no me gustaba ir a ninguna parte sin mi familia. Afuera, en el estacionamiento, había un partido de pelota y se oía gritar a nuestros amigos: Oye. Cabrón. Escuchamos el impacto de una pelota que pasó volando por encima de los carros y el estrépito de un bate de aluminio al chocar contra el asfalto. No es que a Rafa y a mí nos volviera locos el béisbol; simplemente nos gustaba jugar con los muchachos del barrio, y entrarles a golpes por cualquier motivo. A juzgar por los gritos, los dos sabíamos que el partido se estaba jugando cerca, y con nuestra participación, la cosa habría sido diferente. Rafa frunció el ceño y cuando yo hice otro tanto, me amenazó con el puño. No me imites, dijo.

No me imites tú a mí, dije yo.

Me dio. Iba a devolverle el golpe, pero papi hizo aparición en la sala con una toalla alrededor de la cintura. Parecía mucho menos corpulento que cuando estaba vestido. Tenía vello en derredor de las tetas y apretaba la boca con expresión hosca, como si se hubiera escaldado la lengua o algo por el estilo.

¿Comieron?, le preguntó a mami.

Ella asintió. Te he preparado algo.

No dejaste que este comiera, ¿verdad?

Ay, Dios mío, dijo ella, dejando caer los brazos.

Eso digo yo. Ay, Dios mío, dijo papi.

Nunca me dejaban comer cuando íbamos a viajar en carro, aunque antes, cuando mami sirvió el arroz, las habichuelas y los plátanos maduros, ¿quién fue el primero en dejar limpio el plato? La verdad es que la culpa no la tuvo mami; ella estaba demasiado ocupada cocinando, preparando las cosas, vistiendo a mi hermana Madai. Yo tenía la oblig

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