La otra orilla

Elena Moya

Fragmento

Capítulo 1

1

La lucha milenaria entre el río y el mar era solo una de las muchas tensiones que se escondían detrás de la aparente tranquilidad de la isla. Pero no a ojos de Asun, quien desde bien pequeña entendió que el conflicto siempre está presente y que a menudo este se convierte en oportunidad: cuando el frío apretaba y la nieve cubría las montañas cercanas, el río llegaba fuerte hasta el mar y las cosechas eran abundantes; pero cuando ganaba el mar, empujando el delta hacia la costa y el río al interior, la regresión siempre venía acompañada de grandes bancos de angulas, lubinas o doradas. Ganara el río o ganara el mar, las casi doscientas personas que habitaban la isla de Buda, en la misma desembocadura del Ebro, vivían tranquilas, o al menos eso decían.

La de Asun era una de las treinta familias trabajadoras que vivía en este paraje natural, solo habitado desde que empezara el cultivo del arroz a orillas del Ebro a finales del siglo XIX. Estos colonos, como así se les llamaba, compartían casas, barracas y barracones en la fabulosa finca de los señores Pons. La propiedad, de unas mil hectáreas, estaba protegida por barreras naturales; a la izquierda colindaba con el mismo Ebro, amplio y soberbio antes de adentrarse en el mar; y a la derecha, con el canal del Mitjorn, que desde el río también se abría paso hacia el Mediterráneo, el cual quedaba al frente de la finca.

Los Pons habían sido propietarios del lugar desde principios del siglo XX, atraídos por la llegada del ferrocarril a Tortosa y por la apertura de un canal de riego que permitió impulsar el negocio del arroz. Al haber acumulado fortuna en la industria textil, los Pons tenían una red social incomparable y recibían visitas incluso del mismo Alfonso XIII o de la infanta doña Isabel en la colonia de trabajadores que habían levantado en Manresa, junto a sus fábricas. Esta influencia les permitía tender redes allí donde se dirigieran y las tierras del Ebro no fueron una excepción.

El patrón de la familia, Nicolau Pons, no tardó en encontrar socios para fundar el Banco de Tortosa, que luego financiaría obras muy de su conveniencia. Primero se construyó otro canal a la derecha del Ebro que trajo agua a los campos de arroz previamente adquiridos por la familia. Más tarde, el banco contribuyó a la construcción de un emblemático faro en la misma punta del delta, que se mantendría en pie más de cien años. Finalmente, las autoridades y los medios que estas controlaban darían toda la propaganda posible al proyecto más ruinoso pero también más personal de don Nicolau: el barco de vapor que llevaría el nombre de su esposa.

Delicada de salud y triste de ánimo, la señora Anita no compartía la admiración de su marido por el delta, impregnado como estaba el industrial por los campos cubiertos de agua en mayo, el verde juvenil del arroz en junio o la capa de espigas doradas que cubría la finca antes de la siega. Anita prefería los domingos en el Liceo de Barcelona o las soirées culturales que organizaba en su amplio piso modernista del Paseo de Gracia. Lejos de la sofisticación de esos ambientes, a Anita le molestaba el incómodo viento de poniente del delta, los mosquitos del verano y ya no digamos el carácter poco refinado de los habitantes del sur. El delta no llevaba poblado más de cien años y antes solo contaba con algunos pescadores de temporada o pastores de las montañas cercanas, que en invierno buscaban zonas más cálidas para sus rebaños. Cuando Anita conoció el delta justo antes de entrar el siglo XX, no había más que arrozales, juncos y barro.

Eso fue hasta que don Nicolau descubrió Buda, un paraje maravilloso y fértil que recibía agua dulce por dos de sus tres costados. Un consejero del Banco de Tortosa se lo enseñó por primera vez durante una jornada de caza, y don Nicolau se quedó enamorado de la virginidad de una tierra absolutamente llana, embellecida por álamos y chopos, y tan solo poblada por flamencos, garcillas y decenas de tipos de aves más. Ese primer día, en las lagunas naturales frente al mar, el industrial y su amigo cazaron cuantas fochas y garzas quisieron, en silencio, solo interrumpidos por el soplar del viento y el vaivén de las olas del mar.

A don Nicolau no le costó convencer a su esposa de que aquella tierra la ayudaría a recobrar la salud, y hasta el ánimo, ya que allí se respiraba aire puro y sobre todo libertad. Lejos de las estrictas normas sociales de la alta burguesía y del ruido de la efervescente Barcelona finisecular, Anita también se dio cuenta de que allí, en ese lugar inhóspito y recóndito, podría dedicarse a leer, pasear y cuidar de sus plantas, a las que tanta afición tenía. Y así, al cabo de un año de comprar la propiedad, la señora Anita ya se había hecho construir un porche con amplios sillones para leer y conversar, cubierto por una parra y una buganvilla tan densas que la protegían del sol y hasta de la lluvia. El espacio estaba flanqueado por geranios y tulipanes de múltiples colores, que florecían con un vigor que la señora nunca había visto. Esa vida repleta de luz y color le devolvió el ánimo, con lo que empezó a acudir a la isla incluso con más frecuencia que su marido, siempre pendiente de los negocios en la ciudad. Mientras, Anita dedicaba los veranos a plantar por toda la finca palmeras, eucaliptus y aguacates que hacía traer de Cuba pagando grandes cantidades, pero que con los años crecieron para dar una sombra muy necesaria en verano. Primavera tras primavera, la señora Anita convirtió una isla virgen en un lugar exótico y bien cuidado que cautivó a los muchos amigos que la visitaban. En ese ambiente original y libre, Anita y sus invitados dejaron de hablar de ópera y beber champán, como hacían en las soirées de Barcelona, para pasarse al vino de la tierra y adoptar las ideas más progresistas venidas de Europa. Desde ese recóndito oasis, y tras leer a Pankhurst, Fawcett, Arenal y Pardo Bazán, Anita se convirtió en una de las abanderadas del feminismo local.

De todos modos, llegar a Buda era un problema ya que apenas había caminos, tan solo el de sirga, de uso casi exclusivo de trabajadores y mulas, las cuales tiraban desde la orilla de unos laúdes cargados de arroz que avanzaban por el río. El camino, además, siempre estaba encharcado y cubierto de juncos, algo poco apropiado para los Pons y su séquito.

Don Nicolau concibió la idea de comprar un vapor de unas cincuenta plazas y de esta manera llevar a su isla a cuantos familiares e invitados quisiera. Pero el barco también permitió comercializar mejor el arroz que Buda había empezado a producir, lo que originó el asentamiento de varias familias de trabajadores en la finca.

Ese era el caso de Mariano Nomen y su esposa Remedios, padres de Asun, y del padre de este, también llamado Mariano. Los Nomen compartían con otra familia una casa blanca y alargada, además de las letrinas que juntos habían construido en el exterior. Se trataba de una planta con cuatro habitaciones donde apenas cabían las camas, una pequeña cocina y una sala con una chimenea para el invi

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