La inmensa minoría

Miguel Ángel Ortiz

Fragmento

En la primera evaluación, el Pista sacó su primer sobresaliente desde que pisara el colegio. Fue en Filosofía, el único sobresaliente que puso el Domenech en todo el curso. El Pista se convirtió en el héroe de los pasillos. Todos le preguntaban que cómo lo había hecho. Nadie entendía cómo había sacado un diez, él, el Pista, en un examen que solo habían aprobado siete alumnos entre las tres clases.

El Pista siempre había pasado de curso de milagro. No estudiaba y, en muchos exámenes, los profesores le daban un punto por poner el nombre y los apellidos. Él decía que pasaba de curso porque los profesores querían que se largara del colegio cuanto antes. Decía: Soy como un cáncer. Pero la mañana del sobresaliente, las tías revoloteaban alrededor del banco de madera donde quemábamos los recreos.

¿Qué has puesto?, le preguntaban y se tocaban el pelo, la coleta, el flequillo. Venga, dínoslo.

El Pista fumaba. Les decía:

Soy un filósofo, noies.

Y se reía de ellas.

En serio, ¿qué has puesto?

Solo he escrito tres palabras. A ver si las adivináis.
¿Tres?

Con tres palabras, dijo mientras lanzaba el humo a la mañana, he respondido a una pregunta de cuatro. Soy un filósofo.

Como el Guardiola, les decía el Chusmari, un filosofer. Ahí la has dado, le chocó la mano, los dos partiéndose la caja.

Las tías seguían con lo mismo:

Un diez con el Domenech, un diez, un diez, y lo repetían como si no se les ocurriese nada más que decir.

Las clases del Domenech eran de las pocas en las que el silencio aguantaba toda la hora. El primer día, lo dejó clarito: El que no quisiera asistir no tenía que hacerlo. Nos quedamos la mitad ese día, pero clase a clase se fueron sumando más hasta que solo quedaron dos o tres pupitres vacíos. El Domenech era un cabronazo en los exámenes. Pregunta única. Zas, en toda la cara. Aunque nos dejaba sacar los apuntes de clase, traer libros de casa o de la biblioteca, diccionarios o enciclopedias enteras, lo que quisiéramos, igual daba. Ni con los bolis que usaba mi hermana de chuletas hubiera servido. Sus exámenes eran una putada. En aquel, preguntó: «¿Qué es el riesgo?».

¿No quieres saber qué he puesto?, me dijo el Pista cuando volvíamos al barrio.

Me da igual.

Estás picado porque has suspendido.

Qué va.

Eres un envidias. Venga, nen, para uno en que saco mejor nota que tú.

A ver, ¿qué has puesto? Suéltalo.

Adivina.

No jodas.

Di algo.

Tu nombre y apellidos.

Con esas he escrito seis en total. Venga, te doy otro intento. No seas brasas.

Prueba, me dijo. Di algo.

Yo qué sé.

El Pista se agarró las asas de la mochila.

Esto-es-riesgo, dijo con una mueca de chulería. Por toda la escuadra que la he clavado, nen.

Unos días después del sobresaliente, lo expulsaron una semana del colegio. Fue una fría mañana de noviembre, de niebla, en el primer recreo. El Pista rellenó con pegamento los agujeros del enchufe de su clase y fundió la instalación eléctrica del Mare de Déu del Port. Dejó el colegio sin luz ni calefacción, a oscuras y muerto de frío. Todos le respetamos más desde aquella mañana.

Los profesores sacaron al rebaño descontrolado de cazadoras y guantes y gorros al medio de la cancha de fútbol. No sabían qué había pasado. Se juntaban en corrillos y hablaban bajito para que nosotros no nos enterásemos de nada. El conserje iba y venía, entraba y salía con el manojo de llaves tintineándole en el cinturón. Alguien pidió un balón para la espera y una profesora le dijo que no estábamos en la hora del recreo, pero nosotros estábamos en el patio y allí nos costaba obedecer.

Algunos se fueron a la zona de atrás a fumar y otros se sentaron en las escaleras o se colgaron de los largueros de las porterías, mientras esperábamos a ver si nos mandaban para casa. No vi al Pista por ningún lado. Los tres le buscamos, pero ni rastro. A la media hora, no había vuelto la luz, así que nos mandaron a por las mochilas y nos dijeron que, al día siguiente, estaría todo arreglado, que por aquella mañana se daban por suspendidas las clases.

Después de la estampida de mochilas, fui a buscar al Pista al aula del B. Solo estaba su mochila, colgada del anclaje del pupitre. Su chaqueta no estaba en los percheros. Cogí la mochila, cerré la cremallera y me la colgué al hombro. Fui a la parte de atrás del patio a echar un último vistazo, pero nada. El Peludo, el Chusmari y yo nos fuimos al badulaque del Sahid a que nos fiase unas palmeras de chocolate para almorzar.

Nos sentamos en el banco.
¿Qué hago?, dije mirando la mochila. Si tuviera el móvil le llamaba ahora.

Sube a por él, me dijo el Chusmari.

Paso, que hoy está mi madre y me obliga a quedarme fijo. Llévatela y le llamas luego desde casa, dijo el Peludo. No hay más.

Estuvimos allí hasta la hora de comer. El Pista seguía sin aparecer, así que quedamos en llamarnos si alguno se enteraba de algo. Al llegar a casa, antes de que me diera tiempo a pillar el móvil, su madre llamó a la mía para ver si estaba conmigo. Se había enterado de lo del colegio y no sé quién le había dicho que le había visto por ahí sin mochila ni nada, solo. Mi madre, al verme con las dos mochilas, me preguntó por él. Le dije que no le había visto. Mi madre se lo dijo a la del Pista y, después, dijo: De nada, de nada, tranquila, cualquier cosa me dices… Sí, claro, sí, yo te aviso si hay algo nuevo.

Colgó.

Estaba muy nerviosa, me dijo mientras enchufaba el móvil a cargar.

Voy a mirar el mío, dije, por si me ha llamado.

Espera.

Qué.

Mi madre me preguntó qué había pasado en el colegio. Le dije que se había quedado sin luz.

Me preguntó si yo sabía algo.

Le dije que no.
¿Seguro?

Seguro.

Entonces me dijo que el director del colegio había llamado a la madre del Pista para decirle que su hijo había puesto pegamento en los enchufes.

Yo no le he visto.

Qué raro, siempre andáis juntos.

Te he dicho que no sé nada.

Tranquilo.

Me senté en el sofá.

No sé para qué me preguntas, le dije.

Se escuchó la cerradura de la puerta de la calle. Mi hermana vio el percal y se fue directa para su habitación.

Esto es serio, me dijo mi madre.

No vamos a la misma clase. No le he visto.

El director dice que otro chico le ha visto. Pues pregúntale a él.

Mi hermana entró en el salón, nos miró. ¿Dónde has estado?, le dijo mi madre.

En clase.

Se sentó en el sofá y cogió el mando de la tele. ¿Y luego?

En el barrio.

Podrías haber venido a ayudarme con la casa.

Mi hermana encendió tranquilamente la tele, como si lo que le había dicho mi madre no fuera con ella.

Tú tampoco has visto al Pista, ¿no?

No, ¿por?

Me levanté y me fui para mi habitación. Tiré las mochilas encima de la cama. Miré el móvil, pero no había mensaje del Pista. Desde el teléfono de mi hermana, le pregunté a la Laia si sabía algo y me contestó que no, que también le había escrito, pero que no le había contestado. Mientras mi madre terminaba de preparar la comida, me quedé mirando la foto de fondo de pantalla. Cuando estuvo la comida, me metí el móvil en el bolsillo y fui a la cocina.

Me voy.
¿Adónde? Está la comida.

No tengo hambre.
¿Adónde vas?<

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