El caso tequila y la conexión del Caribe

Carlos Retamal

Fragmento

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El caso tequila y la conexión del Caribe

Primera edición: 2021

ISBN: 9788418500008
ISBN eBook: 9788418921971

© del texto:

Carlos Retamal

© del diseño de esta edición:

Penguin Random House Grupo Editorial
(Caligrama, 2021

www.caligramaeditorial.com

info@caligramaeditorial.com)

Impreso en España – Printed in Spain

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Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana.

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La fiscal

Como todos los días, la joven secretaria revisaba y ordenaba la correspondencia.

No bien había comenzado a abrir un sobre, cuando inesperadamente se produce la explosión.

Dada la fuerza de la onda expansiva, que hizo caer los cuadros de las paredes, la mujer con el rostro ensangrentado fue lanzada al suelo.

Cual reguero de pólvora, la noticia se propagó vertiginosamente.

Los titulares informativos dieron cuenta del infausto suceso:

«Fiscal antidrogas Aguilera salva milagrosamente de atentado con carta bomba en su oficina».

«Intentan matar a la fiscal Yolanda Aguilera por pedir la extradición del jefe narco Jacinto Fajardo».

«Fiscal Aguilera resultó ilesa, pero su secretaria quedó gravemente herida».

Al ser informado el ministro del Interior, se comunica con el general Ramírez, máximo jefe policial.

Terminada la conversación, el general hace otra llamada.

Al abrirse la puerta, ingresan a la sala los magistrados.

Poco después de leer la acusación, interviene la fiscal solicitando al tribunal aceptar el pedido de extradición de Jacinto Fajardo, el jefe narco.

El tribunal dictará sentencia dentro de una semana sobre la petición estadounidense apoyada por la Fiscalía.

Luego de abandonar el edificio del Máximo Tribunal y doblar la esquina, la caravana de vehículos se desplaza raudamente.

Al llegar a su destino, se bajan del primer carro y, con sus armas en la mano, observan en todas direcciones. Luego de una señal, sale del segundo coche una mujer de gafas oscuras y un pañuelo rodeándole la cabeza junto con su acompañante.

En silencio, ingresan a la vivienda. Dio unos pocos pasos y, abriendo una puerta, ella le dice:

—Aquí podrá dormir estos días. —Y abandona la habitación.

Luego de cerrar la puerta del dormitorio se dirige a la cocina. Su atenta mirada pasó revista al lugar.

En el living contempló pensativo la calle a través de los amplios ventanales.

Dejando el fusil AKA sobre la mesa, se sentó y, pasándose la mano por el pelo, puso los codos sobre la superficie de caoba barnizada, apoyando la cabeza entre sus manos.

Durante la comida la conversación se redujo a lo mínimo. Por largos momentos, reinaba la quietud.

Entonces pudo observarla con más detenimiento. Su cabello castaño ordenadamente peinado hasta los hombros, su pálido semblante por momentos inexpresivo, sus inquisitivos ojos pardos tratando de ocultarse detrás de sus gafas negras, igual que su negro vestido hacían relucir de singular manera su atractiva figura.

Acababan de comer y se habían levantado.

De un segundo a otro los acontecimientos se desencadenaron vertiginosamente.

Las ruedas chirreando de un coche acercándose a gran velocidad y un breve intercambio de disparos rompieron abruptamente la apacible tranquilidad.

Instintivamente, la toma y se arroja con ella al suelo mientras una ráfaga de metralla que parecía interminable destrozaba los cristales, llenando de agujeros las paredes de la habitación.

Sobre ella y con sus caras casi pegadas, permanecieron inmóviles. Solo se percibía la respiración entrecortada en medio del silencio espectral.

Nuevamente, escucharon un breve intercambio de disparos y luego un auto estrellarse.

Retornada la tensa y crispada quietud, levantando su cabeza y casi rozándose la cara:

—¿Se encuentra bien, señorita Aguilera? Creo que esto ya pasó —le dice parándose al tanto le ofrecía su mano para ayudarla a levantarse.

Con el susto marcado en su rostro palidecido y aún temblorosa:

—Nada me ha pasado, gracias a Dios. Pero al sentir las ráfagas pensé que moriríamos. Su rápida reacción nos ha salvado la vida.

Se abre la puerta y dos policías fusil en mano ingresan a la habitación.

—Comisario, ¿están bien?

—Sí, sí. No nos ha pasado nada, solo que ella está muy impresionada. ¿Qué pasó con la patrulla en la calle?

—Fueron atacados por sorpresa. Heridos no pudieron reaccionar. Salimos a tiempo y alcanzamos al coche, que terminó estrellándose.

—Eso supuse al escuchar el impacto.

—Bien, tenemos que cambiarnos a una casa de seguridad. —Y mirándola—: Recoja solo lo necesario para los próximos días. Aquí ya no estamos seguros.

Poco después la comitiva abandonaba el lugar con rumbo desconocido.

Luego de la cena fueron al living. Ella se paseaba impaciente.

—Relájese, que ya mañana tendremos el veredicto del tribunal.

Sin responder, ella prendió la radio. La melodía invadió la habitación.

—El reloj, de José Feliciano. Uno de mis boleros favoritos.

—¿Baila, comisario?

Se levantó y rodeándole la cintura comenzaron a moverse cadenciosamente.

Las caras se fueron acercando paulatinamente hasta juntarse.

Mientras la canción transcurría y cada vez más unidos, la atracción afloró intempestivamente.

Las bocas sedientas se fueron buscando hasta encontrarse.

Los tímidos besos iniciales dieron paso a otros fogosos e interminables.

El aluvión de la pasión y la respiración entrecortada cedieron inexorablemente al clamor sempiterno de los sexos.

Abrazados, se fueron al lecho.

Temprano, la caravana abandona la residencia. Transitaron por caminos, carreteras, avenidas, calles anchas y otras angostas, hasta llegar finalmente al vetusto edificio.

Se bajaro

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