Una pasión escrita (edición limitada a un precio especial)

María Montesinos

Fragmento

Capítulo 1

1

Madrid, 8 de marzo de 1879

«Vete acostumbrando, Victoria.» Ella apartó la vista de la página del libro un instante, distraída por el súbito recuerdo. Las palabras de su hermano retumbaban en su cabeza como un eco que, lejos de difuminarse, crecía en su interior hasta convertirse en un desafío al que debía responder, aún no sabía cómo. «Esto no es Viena, Victoria, vete acostumbrando», fue lo que le dijo Álvaro en el tren de camino a Madrid, con ese tono condescendiente de hermano mayor que empleaba en ausencia de su padre.

—¿A qué te refieres?

—A que aquí no puedes hacer lo que se te antoje. Aquí no tienes a la buena de frau Bromm para defenderte cuando te comportas como una niña caprichosa, hermanita —replicó Jorge, el menor de sus dos hermanos, que había decidido ponerse del lado de Álvaro en la discusión sobre lo ocurrido con Gayarre.

Qué tontería. No entendía a santo de qué tanto reproche cuando parte de la culpa fue suya, de Jorge, que se había empeñado en ir al casino la única noche que pasaron en San Sebastián. Si no hubiera sido tan egoísta, podrían haber disfrutado los tres juntos de una agradable velada en el salón de té del hotel después de la cena. Pero no. Jorge quería conocer el casino y Álvaro no tuvo más remedio que seguirle, por lo que pudiera pasar, no fuera a dejar alguna deuda de juego allí también, como sucedía a menudo en Viena. A ella ni siquiera la dejaron acompañarlos. El casino no era lugar para señoritas. «Tú te quedas aquí, en la habitación, que mañana nos espera otro largo viaje hasta Madrid, así que acuéstate y descansa», le ordenó Álvaro. Pero era muy temprano para acostarse, no tenía sueño y la habitación se le caía encima bajo el peso del silencio más absoluto. Necesitaba airearse un poco de la somnolencia provocada por el traqueteo del ferrocarril, el cansancio de las horas encerrada en el vagón, el aturdimiento por los cuatro días sucesivos de viaje a contar desde que partieron de Viena, con sus correspondientes pernoctaciones en Múnich, Estrasburgo y París —la última parada, en la que se separaron de padre—. Bajó con intención de cruzar la calle y asomarse a la playa de la Concha, pero al llegar a la recepción, oyó los acordes de un piano seguidos de una voz vibrante. Se asomó con curiosidad a la sala cercana y lo vio allí, de pie, llenando con su vozarrón el salón de té del hotel: el mismísimo Julián Gayarre, el gran tenor aclamado en todos los escenarios de Europa, cantando un trocito improvisado del «Spirito Gentile» de La Favorita para sorpresa y deleite de los presentes. Victoria lo escuchó extasiada y, al terminar, se acercó a él para expresarle su admiración, ni siquiera en la Ópera de Viena había escuchado una voz así de timbrada, acariciante, poderosa, ¡qué maravilla! Él le agradeció el cumplido, le dijo que había sido solo un entretenimiento, un pequeño detalle para los amigos que le acompañaban. ¿Está usted sola?, le preguntó, buscando con la mirada algún acompañante cercano. Ella se inventó una respuesta convincente, estaban hospedados en el hotel, pero su hermano había tenido que ausentarse un momento y le había dicho que lo esperase allí, aunque..., y entonces el gran Gayarre la invitó a sentarse con ellos, tres caballeros y dos damas de aspecto muy respetable que le aguardaban en la mesa. Aceptó sin pensárselo dos veces. Bebió una copita del champán que le sirvió, solo una, pero el caldo le burbujeó en las pupilas. Notó su mirada risueña, pendiente de ella, y le gustó la sensación de sentirse admirada por alguien como él, tan apuesto, tan varonil, tan encantador.

—¿Lleva mucho tiempo en San Sebastián? —le preguntó una de las señoras.

—No, hemos llegado esta tarde en el tren procedente de París y partimos hacia Madrid en el primero que sale mañana por la mañana.

—¡Qué prisas! Imagino que ya conocería San Sebastián.

—No, no hemos tenido ocasión. Y como al llegar diluviaba, ni siquiera hemos podido salir del hotel a pasear.

—¿Cómo? ¿Ni siquiera por el paseo marítimo?

Ella negó con la cabeza.

—¿Ni acercarse hasta la playa de la Concha? —insistió Gayarre, atónito—. Pero si es de lo más bonito de la ciudad. ¡No puede irse sin verlo! ¿Quiere que salgamos ahora? Yo la acompaño.

Le habría encantado, pero entonces apareció Álvaro y todo se estropeó. No la dejó ni hablar; murmuró una disculpa ante los caballeros —educación ante todo—, la agarró del brazo y la llevó casi en volandas de vuelta a la habitación, como si fuera una niña. Qué humillación, todavía se avergonzaba solo de recordarlo. ¿Qué tenía de malo que la hubiera invitado a su mesa un artista de la talla de Julián Gayarre? ¡Sabía cuidar de sí misma! En Viena entraba y salía, visitaba a amigas, iba sola a la modista o a los comercios de la calle Graben, frecuentaba los salones artísticos y literarios más animados de la ciudad, estaba acostumbrada a alternar con todo tipo de personas, desde artesanos y artistas de vida bohemia que pululaban por cafés y salones, hasta altos funcionarios y diplomáticos de las distintas naciones que asistían a las veladas organizadas por su padre en la embajada. ¿O no era cierto? Pero esto no es Viena, Victoria, vete acostumbrando.

Por supuesto que sabía que aquello no era Viena, al igual que sabía —en realidad, era una intuición más que una certeza— que su vida a partir de ahora sería muy distinta a la que disfrutaba en la capital austríaca. En cierto modo, ya había empezado a comprobarlo: llevaba dos semanas recluida con su tía, la condesa de Moaña, en ese pequeño palacete que se alzaba sobre una loma en las afueras de Madrid. Desde el balcón de su alcoba podía divisar el paisaje de campo y huertos que se extendía hasta los límites de la ciudad, allí donde comenzaban los primeros edificios de lo que su tía llamaba «el ensanche de Castro», los terrenos donde crecía un nuevo barrio para gente pudiente. Ni un solo día había podido salir a dar un paseo en coche ni tampoco habían recibido visita alguna, ni siquiera la que le prometieron sus hermanos. «Es por culpa del temporal de nieve —se justificaba su tía—, hace las calles impracticables para los carruajes. Además, nadie quiere arriesgarse a coger una neumonía con este frío endemoniado que se te mete hasta el tuétano. ¿Por qué te crees que me solía marchar de aquí a mediados de otoño a lugares de climas más cálidos?» Victoria pensó que los inviernos en Viena eran aún más gélidos que en Madrid y, sin embargo, allí nunca dejaban de asistir al teatro, organizar veladas musicales o visitar a sus amistades.

¡Y pensar que hacía poco más de un mes se hallaban todavía en el corazón de la cultura europea! Celebraron el día de Reyes con una fiesta inolvidable en la embajada —tres empleados aparecieron disfrazados de Melchor, Gaspar y Baltasar para la ocasión, y ella misma se encargó de organizar el reparto de un pequeño detalle entre los más de doscientos invitado

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