Cocido y violonchelo

Mercedes Cebrián

Fragmento

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Celina me hacía poner las manos abiertas sobre las teclas y con los dedos de ella levantaba los míos como si enseñara a una araña a mover las patas. Ella se entendía con mis manos mejor que yo mismo. Cuando las hacía andar con lentitud de cangrejos entre pedruscos blancos y negros, de pronto las manos encontraban sonidos que encantaban todo lo que había alrededor de la lámpara y los objetos quedaban cubiertos por una nueva simpatía.

FELISBERTO HERNÁNDEZ, «El caballo perdido»

Mientras preparaban la cicuta, Sócrates estaba aprendiendo una melodía de flauta. «¿Para qué te servirá?», le preguntan. «Para saber esta melodía antes de morir.»

E. M. CIORAN, Desgarradura

De vez en cuando, en momentos de embriaguez expansiva o en la vibrante introspección con que se busca el tiempo perdido, una persona topa con la cima de su emoción gastronómica. La recuerda conmovida, casi, y con una claridad nostálgica que le nubla de llanto la mirada vuelta hacia dentro.

M. F. K. FISHER, El arte de comer

En el mundo real Rosario no está viva, pero su pregunta sí.

¿Qué tengo pensado hacer con mi tiempo en la Tierra?

ANA FLECHA MARCO, Piso compartido

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PRIMERA PARTE

(CON DERIVA RUSO-POLACA)

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HOY ESTRENO HUELLA

Me toca renovarme el DNI. El proceso es más ágil y eficiente que hace diez años, así que lo emprendo sin dramatizar. Algo que no ha cambiado en todo este tiempo es la fealdad congénita propia de las comisarías donde se lleva a cabo el trámite, pero aun así es tolerable, probablemente gracias a la luz natural que entra por las ventanas. Las combinaciones alfanuméricas de los turnos son tan enrevesadas —D32, FS008, X65A— que es imposible saber si llevan alguna lógica aparejada o si son fruto del azar. Cuando la pantalla refleja mi código, me dirijo hacia la mesa correspondiente. Me atiende una mujer agradable, más joven que yo. ¿Será funcionaria? Tiendo a pensar que toda persona sentada tras un mostrador como ese lo es, pero su simpatía destruye al instante el arquetipo de burócrata del sector público que tengo en mente. La mujer me pide que coloque el dedo índice sobre un minúsculo escáner —echo de menos que me entinten la yema, esa práctica tan del siglo pasado— y lo balancee delicadamente para que se grabe mi huella dactilar. Enseguida le hago ver, muy orgullosa, que tengo un callito en el índice de la mano izquierda. Confío en que esto no modifique mi huella de ahora en adelante, le digo, fingiendo una gran preocupación que en absoluto tengo. Me asegura que no, y eso nos lleva a hablar un ratito de aquellos profesionales que se dedican a las bellas artes o a otros trabajos que les dejan los dedos hechos polvo por los productos químicos que utilizan. Algunos incluso han llegado a perder temporalmente su huella.

Todo esto no era más que una excusa para contarle a la funcionaria que tengo un callo en el índice de la mano izquierda porque toco el violonchelo.

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EL ORIGEN DE TODO

El 28 de junio de 2018 llamé a una tienda de instrumentos de arco de Madrid para preguntarles si alquilaban violonchelos y a qué precio. Me sentí un poco Gila: «¿Es ahí donde alquilan violonchelos? ¿Tendrían uno grandecito para mí?». Y tenían uno, con su arco y una funda acolchada negra parecida a un anorak de esquí, por 43 euros al mes. Que cuándo me lo podrían entregar. La voz de varón simpático venezolano que se escuchaba al otro lado del teléfono me dijo que al día siguiente. Fui a pagar esa misma tarde para reservar mi instrumento y acto seguido me puse a llamar a academias de música, una vez más sintiéndome Gila: «Oiga, ¿es ahí la academia de música? Que si dan clases de chelo en julio y agosto». En dos de ellas me dijeron que volviese a llamar en septiembre. En otra, que preguntarían a la profesora de chelo y me llamarían (pero nunca lo hicieron), y en la cuarta, junto al Teatro Real, me confirmaron que la profesora trabajaba durante el mes de julio, que si les daba mi teléfono ella me llamaría. Y eso hizo esa misma noche, así que el 3 de julio tuve mi primera clase con Calia, que también es intérprete y profesora de viola da gamba, esa especie de violonchelo aguitarrado de seis cuerdas concebido para tocar música renacentista y barroca.

Ahora que llevo quince meses con el chelo —en este mismo periodo de tiempo hay gente que gesta un pequeño humano, lo amamanta y lo desteta— me resulta muy lejana la rareza que experimenté los primeros días al viajar en metro con el instrumento a la espalda. Me parecía llevar escrita en la frente la frase «Aunque tenga esta edad, soy principiante». Enseguida aprendí que existe un idioma de las fundas de violonchelo y que los profesionales no transportan sus instrumentos en una blanda y acolchada como la mía, sino en estuches rígidos de fibra de carbono de colores chillones o de un negro acharolado. Esos estuches valen aproximadamente como el chelo de alquiler que yo llevaba a la espalda, unos novecientos euros. Al principio, mi miedo a que el instrumento sufriese un golpe provocaba conductas agresivas y antisociales en mí: empujaba a los demás ocupantes del vagón para que me hicieran sitio y, una vez dentro, trataba de generar un espacio vacío a mi alrededor, libre de posibles incidentes. En la línea más concurrida del metro de Madrid, y entre las paradas de Tirso de Molina y Sol a media tarde de un día laborable, esto no era nada fácil. La primera vez que pasé el torniquete del metro con el chelo colgado de la espalda sonó un golpe seco. Cloc. «Ay, me lo he cargado». Por suerte, no hubo daños que lamentar, pero desde ese momento aprendí a inclinarme como si estuviese haciendo una reverencia cada vez que franqueaba la barrera de acceso con el chelo a cuestas.

La academia donde estudio tiene gotelé. Es muy fea. A nivel visual no me enorgullece formar parte de su alumnado. Acústicamente, quizá un poco más: ahora se oye a un cantante varón haciendo lo que muchos llamarían gorgoritos, que son, en realidad, ejercicios —«O-eé, O-eé, O-eé»—, sonidos que ascienden y descienden por su garganta. A veces escucho instrumentos de viento-metal repitiendo estándares de jazz durante horas. Pero, sobre todo, de sus aulas entran y salen niños que estudian piano y lenguaje musical. Aunque, al terminar mi clase, alguna vez también he coincidido con una mujer de mi edad que e

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