Ay, William

Elizabeth Strout

Fragmento

libro-2

 

Me gustaría decir unas cuantas cosas sobre mi primer marido, William.

William ha vivido últimamente experiencias muy tristes —como muchos de nosotros—, y me gustaría contarlas; es casi una obsesión. William tiene setenta y un años.

David, mi segundo marido, murió el año pasado, y al llorar por él he llorado también por William. La pena es…, ¡ay!, es una cosa muy solitaria; creo que en eso reside el terror que inspira. Es como resbalar por la fachada de un edificio de cristal muy alto cuando nadie te ve.

Pero es de William de quien quiero hablar aquí.

Se llama William Gerhardt, y cuando nos casamos yo adopté su apellido, a pesar de que entonces no estaba de moda. Mi compañera de habitación en la facultad me dijo: «Lucy, ¿vas a adoptar su apellido? ¡Pero si tú eras feminista!». Y le contesté que me traía sin cuidado ser feminista; le dije que ya no quería serlo. En esa época estaba harta de mí misma, llevaba toda la vida sin querer ser quien era —eso pensaba entonces—, y por eso adopté su apellido y durante once años fui Lucy Gerhardt, pero nunca llegué a sentirme cómoda y en cuanto murió la madre de William fui a la oficina de tráfico para que pusieran otra vez mi nombre de soltera en el carnet de conducir, un trámite que resultó más difícil de lo que imaginaba. Tenía que volver y presentar varios documentos del juzgado. Y eso hice.

Volví a ser Lucy Barton.

Llevábamos más de veinte años casados cuando lo dejé, y tenemos dos hijas, y nuestra relación ahora es muy cordial: no sé exactamente cómo. Hay muchas historias de divorcio horrorosas. La nuestra, al margen de la separación en sí, no lo es. Yo a veces pensaba que me moriría de pena si nos separábamos, y en el daño que les haría a mis hijas, pero no me he muerto: estoy aquí, y William también.

Como soy novelista, tengo que escribir esto casi como si fuera una novela, aunque todo es cierto; tan cierto como me sea posible. Y quiero decir que… ¡Ay, qué difícil es saber qué decir! Pero si cuento algo de William es porque él me lo dijo o porque lo vi con mis propios ojos.

Voy a empezar esta historia cuando William tenía sesenta y nueve años, es decir, hace menos de dos.

Una imagen:

De un tiempo a esta parte, a la ayudante de laboratorio de William le ha dado por llamar a William «Einstein», y a William por lo visto le hace mucha gracia. Yo no creo que William se parezca en nada a Einstein, pero entiendo la intención de la chica. William tiene un buen bigote, blanco y con algo de gris, pero es un bigote más bien recortado. Tiene un buen pelo blanco. Se le pone de punta a pesar de que lo lleva corto. Es alto y viste muy bien. No tiene esa pinta de chiflado que en mi opinión transmitía Einstein. La expresión de William suele ser de amabilidad inquebrantable, menos cuando echa la cabeza hacia atrás y se ríe con ganas, muy de vez en cuando; hace mucho que no lo veo hacer eso. Tiene los ojos castaños y todavía grandes. No todo el mundo conserva los ojos grandes cuando se hace mayor, pero William sí.

Bueno…

William se despertaba todas las mañanas en su espacioso apartamento de Riverside Drive. Imagínenselo: retira el edredón esponjoso con su funda de algodón azul marino y va al baño mientras su mujer sigue durmiendo en la cama extragrande. Y todas las mañanas se levantaba entumecido, pero hacía su tabla de ejercicios en el salón; tumbado de espaldas en la alfombra roja y negra, debajo de la antigua araña, pedaleaba en el aire como si fuera en bicicleta y luego se estiraba así y asá. Después pasaba a la butaca de color berenjena, al lado de la ventana que miraba al río Hudson, y leía la prensa en el ordenador. En algún momento, Estelle salía del dormitorio, lo saludaba con la mano adormilada y se iba a despertar a su hija Bridget, que tenía diez años, y cuando William ya se había duchado desayunaban los tres en la mesa redonda de la cocina. A William le gustaba esa rutina y también que su hija fuese una niña charlatana. Era como escuchar a un pájaro, dijo una vez. Y su madre también era charlatana.

William salía de casa, cruzaba Central Park, cogía el metro hasta la calle Catorce y desde allí iba andando a la Universidad de Nueva York. Le gustaba este paseo diario, aunque notaba que no iba tan deprisa como la gente joven, que pasaba a empujones con bolsas de comida, carritos para dos niños, mallas de licra, auriculares y alfombrillas de yoga colgadas en bandolera de un elástico. Se animaba pensando que era capaz de adelantar a mucha gente: a un anciano con andador o a una mujer con bastón, incluso a una persona de su edad que al parecer caminaba más despacio que él, y aquello le hacía sentirse sano y vivo, casi invulnerable, en un mundo de tráfico incesante. Se jactaba de andar más de diez mil pasos al día.

Lo que quiero decir es que William se sentía (casi) invulnerable.

A veces, durante esos paseos matinales, pensaba: ¡Ay, Dios! Yo podría ser ese hombre, el de la silla de ruedas que sale a tomar el sol por la mañana a Central Park, con la cabeza caída sobre el pecho, mientras la mujer que lo acompaña teclea en el móvil sentada en un banco; o ese de ahí, el del brazo torcido por un infarto que avanza con paso torpe… Pero luego pensaba: No, yo no soy como ellos.

Y no era como ellos. Era, como ya he dicho, un hombre alto que no había engordado con los años (tenía solamente algo de tripa, pero con la ropa no se le notaba), conservaba el pelo, blanco pero abundante, y era… William. Y tenía una mujer, la tercera, veintidós años más joven que él. Y esto no era poca cosa.

Pero de noche, con frecuencia, sufría terrores nocturnos.

William me lo contó una mañana, no hará ni dos años, tomando un café en el Upper East Side. Quedamos en una cafetería de la esquina de la calle Noventa y uno con Lexington Avenue. William tiene mucho dinero y dona buena parte de él, y una de las instituciones a las que dona es un hospital para adolescentes que hay cerca de donde vivo, y antes, cuando tenía una reunión allí a primera hora, me llamaba y nos tomábamos un café rápido en esa esquina. Aquel día —era marzo, unos meses antes de que William cumpliera los setenta— nos sentamos en un rincón de la cafetería. Habían pintado tréboles en las ventanas, por el Día de San Patricio, y pensé —sí, eso pensé— que William parecía más cansado que de costumbre. He pensado muchas veces que William gana atractivo con la edad. El pelo blanco le da un aire distinguido; ahora lo lleva un poquito más largo que antes, algo despegado de la cabeza, y lo compensa con el bigote grande y caído. Tiene los pómulos más marcados y los ojos todavía oscuros; y esto es un pelín raro porque te mira de lleno —de un modo agradable—, pero de vez en cuando la mirada se vuelve inquisitiva. ¿Qué indaga con esa mirada? Nunca lo he sabido.

Ese día, en la cafetería, cuando le pregunté: «¿Cómo estás, William?», esperaba que contestara como hace siempre, con ironía: «Pues estupendamente, Lucy, gracias». Pero esa mañana se limitó a decir: «Bien». Llevaba un abrigo largo y negro, que se quitó y dejó doblado en la silla de al lado antes de sentarse. Lucía un traje hecho a medida —desde que conoció a Estelle le hacía los trajes un sastre—, perfectamente ajustado a los hombros, de color gr

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