Soy un bicho raro

Ann Bannon

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

Las Crónicas de Beebo Brinker

De todas las chicas que a la edad de veintidós años se pusieron a escribir una novela, yo debí de ser la más ingenua. Estábamos a mediados de la década de 1950. Yo no solo venía de una infancia y una juventud de lo más protegidas en una ciudad pequeña, además elegí un tema para escribir sobre el que carecía por completo de experiencia práctica. Era un ama de casa joven que vivía en un barrio residencial de Filadelfia, recién licenciada en la universidad y lo ignoraba todo del mundo real. Había millones que vivían una vida como la mía y durante muchos años yo fui una más, excepto por el hecho, que conocían muy pocos fuera de mi círculo familiar más cercano, de que yo escribía una colección de novelas populares lesbianas bajo el seudónimo de Ann Bannon. Aquellas novelas pasaron a conocerse con el título de las Crónicas de Beebo Brinker.

Para mi continuo asombro, estos libros han demostrado tener vida propia. Nacieron en los años hostiles del macartismo, con rígidos roles hombre/mujer, y sin embargo conservan su vigencia para los lectores del siglo XXI y les proporcionan una instantánea de aquella época. Han sido recuperados por cinco editoriales distintas y en una ocasión incluso se publicaron en tapa dura. Han brindado consuelo y ánimos a jóvenes homosexuales en la exploración de su a menudo compleja identidad. E incluso han escandalizado a miembros de la comunidad gay por lo que consideran descripciones estereotipadas de los años cincuenta.

Cuando lo pienso, me cuesta salir de mi asombro. ¿Quién era aquella cándida joven de veintidós años que se atrevía a hacer declaraciones semejantes? ¿Era de verdad yo? ¿La reconozco a estas alturas de mi vida? Sí, era yo y todavía la reconozco. También recuerdo los personajes que creé. Están en las páginas que escribí hace tantos años y son las chicas que tan fascinantes me parecían en la universidad, aquellas jóvenes que conocí cuando íbamos a la gran ciudad a vivir nuestras primeras aventuras adultas. En ellas todavía reconozco las dudas de identidad, tan apremiantes en la juventud, enterradas justo debajo del impulso sexual común a todos. Veo también a las mujeres mayores, algunas hartas, otras temerosas, muchas de ellas salidas no hacía mucho tiempo de una experiencia que había trastocado por completo sus vidas, la Segunda Guerra Mundial.

El mundo en la década de 1950 estaba experimentando cambios que conducirían al movimiento por los derechos civiles, al movimiento feminista y, sí, también al movimiento por los derechos de los homosexuales.

Pero todos aquellos temblores sísmicos sociales estaban todavía en el futuro cuando yo visité por primera vez un tranquilo, casi rústico, barrio de Greenwich Village, con sus parques, sus calles serpenteantes, sus tiendas de artesanía y sus llamativos bares para gays y lesbianas. Aquello fue amor a primera vista. Cada pareja de mujeres que se paseaba entrelazadas por la cintura o de la mano era para mí una fuente de inspiración. Como a menudo he señalado, me sentí igual que Dorothy cuando abre la puerta de la granja vieja y gris y ve el país de Oz por primera vez.

En aquel tiempo yo tenía la cabeza llena de historias sobre el despertar sexual en la juventud, pero me faltaba lo que podría llamarse «experiencia de campo». Empecé a contar la historia —muy disfrazada por supuesto—de una amiga de mi colegio mayor cuya verdadera identidad sexual yo sospechaba y que había despertado en mí sentimientos que me asustaban y me proporcionaban placer al mismo tiempo. Quería contar su historia, y así explorar la mía propia. No tenía ni la más remota idea de que estaba haciendo algo rompedor, que estaba a punto de subirme al carro de la oportunidad, de que otras personas aparte de mí estaban embarcadas en proyectos similares. Yo solo había leído dos novelas lesbianas en toda mi vida, El pozo de la soledad, de Radclyffe Hall y Spring Fire [«Fuego de primavera»], de Vin Packer.

A esta última, que por entonces vivía y trabajaba en Nueva York, le escribí solicitándole que me ayudara a empezar. Por razones que desconozco, fue tan amable de invitarme a Nueva York para que le enseñara el primer y burdo borrador de Soy un bicho raro. También me presentó a su editor en Gold Medal Books, entonces y durante las décadas de 1950 y 1960 la editorial más importante de literatura popular. Este editor, Dick Carroll, aceptó ocuparse de mi libro. Al cabo de tres días ya se había leído el manuscrito. Yo esperé en su despacho a oír el veredicto.

—Es muy malo —me dijo con suavidad—, pero creo que tiene arreglo. Vete a casa, pon este manuscrito a régimen y cuenta solo la historia de las dos chicas. Después vuelve a mandármelo.

—¿Las dos chicas?

Beth y Laura. Yo no salía de mi asombro. No eran más que un añadido menor a la historia principal, inspiradas en muchachas que había conocido y admirado en mis días de universitaria. Me avergonzaba el hecho de que mi pequeña y apenas insinuada trama secundaria tuviera el potencial de convertirse en novela mientras que toda la verborrea restante —lo que yo había pensado constituía el argumento principal— no hacía más que entorpecerla.

Pero me fui a casa y reduje la historia a la mitad. Escribí sobre Beth y Laura, asombrada por la facilidad con que me salían las palabras. Y meses más tarde, cuando Dick Carroll volvió a leerla, la publicó sin cambiar una sola letra, sin ni siquiera añadir, de hecho, el término «lesbiana», que yo acababa de incorporar a mi vocabulario. Hasta treinta años después no supe que Soy un bicho raro había sido el segundo libro en rústica más vendido en 1957. Mi carrera de escritora había despegado.

Pero ¿cómo seguir desde allí? Bueno, la gente escribe sobre aquello que conoce. Cuando escribí Soy un bicho raro yo conocía la vida universitaria. Ahora estaba decidida a aprender sobre la vida de los homosexuales. Por entonces Nueva York era el centro de la cultura gay y lesbiana y estar allí resultaba de lo más estimulante, aunque mis visitas eran por fuerza breves, momentos robados a una existencia de lo más monótona como ama de casa en Filadelfia. Una vez más, fue Vin Packer quien me ayudó y me enseñó el Village; siempre le estaré agradecida por su ayuda. Recorrí sus calles durante horas, visité todos los bares que pude y conocí a gente maravillosa. En una ocasión, incluso, me fui sola a casa caminando a las dos de la madrugada después de salir de un club. Tan gruesa es la coraza psicológica a los veintidós años que ni siquiera fui consciente del peligro. Me enamoré y me rendí por completo a los encantos del Village.

Pero a pesar de la emoción de todos aquellos momentos robados, daba miedo escribir sobre lesbianismo en la década de 1950, la época de la represión gubernamental, los prejuicios y los roles sociales rígidos. Hasta me preocupaba que el FBI pudiera tener un expediente sobre mí. ¿Cómo logramos escapar a todo eso qu

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