Hijos del dios binario

David B. Gil

Fragmento

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Prólogo
Un puente entre milenios

William Ellis cerró la puerta del taxi y el vehículo comenzó a rodar antes incluso de que él soltara la manilla. Lo contempló mientras se alejaba calle abajo, hasta que las ruedas chirriaron sobre el asfalto húmedo y el automóvil desapareció tras una esquina.

Nunca había estado más allá del East End, era una cara de Londres que no había necesitado conocer hasta aquella noche, y su primera impresión fue la de hallarse en un lugar hostil, como un reportero de guerra a la intemperie. Giró sobre sí mismo, contemplando los nichos de hormigón resquebrajado y los jardines donde solo crecía la suciedad, hasta que localizó un edificio de ladrillos cariados y torcidos. Estaba seguro de que ese era el lugar.

Caminó sobre charcos de agua negra en dirección a la entrada, apenas un soportal iluminado por una bombilla desnuda. Una vez frente a la puerta, buscó en vano algún timbre o llamador; finalmente optó por empujar y la hoja cedió con el gruñido de la madera abotargada. Se encontró cara a cara con el recepcionista, parapetado tras un mostrador que lo protegía hasta el cuello. El hombre levantó la vista de la pantalla, lo estudió con expresión indiferente y volvió a bajar los ojos al resplandor holográfico.

—¿Toda la noche? —se limitó a preguntar.

William titubeó antes de comprender a qué se refería.

—No... no, con un par de horas será suficiente.

—¿Conoce ya a las chicas? ¿Llamo a alguna en concreto?

—Sin chicas. Solo necesito la habitación.

El encargado levantó una ceja y volvió a mirarlo. Aunque tampoco era lo más raro que había escuchado aquel día.

—Le cobraré lo mismo —aclaró finalmente.

—No importa. ¿Las habitaciones tienen conexión a la Red?

—Hay dos que tienen webcam, si es lo que está buscando.

—Sí, quiero una de esas.

Por toda respuesta, el otro puso sobre el mostrador un lector de huellas.

—Necesito discreción —dijo William—, ¿podría pagar con una tarjeta Selfbank?

—No se preocupe, tenemos una carnicería en Covent Garden. Todos los cargos los hacemos a nombre de esa empresa.

Daniel apoyó el dedo sobre la superficie de cristal.

—¿Qué prefiere que indique en la factura, muslo o pechuga? —bromeó el recepcionista. Debía reservar el chiste para los nuevos clientes, pero el gesto serio de William le indicó que este no estaba de humor—. El cargo se ha efectuado —informó tras un carraspeo—. Suba a la segunda planta, es la 205.

La habitación, siniestra y opresiva, no desmerecía al resto del edificio, y los ladridos humanos al otro lado del tabique no hacían sino acentuar la sordidez del lugar. William se sentó en el escritorio, tapó la cámara y encendió el viejo terminal. La pantalla proyectó una interfaz obsoleta e inestable. «Navegador», dijo en voz alta. «Navegador», repitió vocalizando más despacio, pero el sistema operativo seguía sin reaccionar. Tuvo que hacer bailar el menú con los dedos hasta encontrar el icono que le daba acceso a la Red. Obvió la retahíla de sitios pornográficos y se conectó a un proveedor de correo donde creó la cuenta william110@netmail.com. La utilizó para comprar un billete de tren con destino a Gales. A continuación, a pesar de la premura que le roía el estómago, se tomó su tiempo para escribir un mensaje al que adjuntó un documento. Lo envió, dio de baja la cuenta y salió de allí.

El taxi lo dejó en el extremo norte del puente del Milenio, de regreso a su universo conocido. Eran casi las dos de la madrugada, tenía un par de horas para preparar el equipaje y salir hacia King’s Cross. Se metió las manos en los bolsillos y se internó en la estructura de cemento y acero que colgaba sobre el Támesis, con la catedral de St. Paul a su espalda y el viejo perfil del Bankside frente a él. El puente, cerrado al tráfico, era una de las pocas formas de cruzar a pie de una a otra orilla y solía recorrerlo a diario para ir hasta la redacción del London Standard, situada en pleno corazón de la City. Ahora, sin embargo, en la soledad de la noche, aquella travesía sobre las turbias aguas se le hizo demasiado larga.

No había alcanzado aún el extremo opuesto cuando las tinieblas lo engulleron. Las luces de ambas orillas se habían extinguido al unísono, como barridas por el viento. Solo el punto azul sobre la vieja torre del Bankside continuaba titilando. Guiado por aquella estrella polar, retomó el paso, tan rápido como le fue posible sin echar a correr.

Era el ratón que abandona la espesura para cruzar el claro, y hasta que pisó el otro lado no se le desanudó el estómago. Pero fue una reacción prematura: apenas había dado un par de pasos sobre los adoquines cuando un coche encendió los faros, deslumbrándolo. El vehículo se encontraba sobre el paseo peatonal, entre él y las calles que conducían a su apartamento. Sin dudarlo, giró en redondo y caminó en sentido opuesto, pero por más que se alejaba, el fogonazo de luz blanca seguía sobre él, quemándole la espalda. Sacó su teléfono móvil del bolsillo, solo para descubrir que no tenía cobertura en pleno centro de Londres.

Consciente de a qué se enfrentaba, miró atrás una vez más, hacia los faros cegadores, y comprobó que el coche había comenzado a rodar manteniendo la distancia. Apretó el paso hasta que este se convirtió en carrera desbocada y se encontró huyendo por su vida. Sabía que más adelante había un solar en obras, la enésima ampliación de la Tate Modern, y aunque apenas divisaba los contornos de las excavadoras, se dirigió hacia la entrada. El motor eléctrico también aceleró, y solo cuando el haz alumbró el terreno frente a él, William descubrió que, obviamente, a esa hora el acceso se hallaba cerrado por una verja metálica. Pero ya era demasiado tarde, no tenía dónde ocultarse y se dijo que, si lograba alcanzar la valla y saltar al otro lado, quizás pudiera escabullirse. Así que corrió más de lo que había corrido jamás, llevando el corazón al límite, hasta que notó el brutal impacto contra la espalda.

Salió despedido y se estrelló contra los adoquines. Rodó sobre el suelo, que le arrancó jirones de ropa y de piel a dentelladas, hasta quedar tendido. Aun así no llegó a perder el conocimiento: aturdido, a punto de desfallecer, logró ponerse de rodillas y mirar hacia el vehículo que había frenado en seco tras golpearle. Los faros seguían acuchillándole los ojos, pero ahora pudo distinguir que se trataba de un todoterreno gris. La puerta se abrió y de su interior escapó una melodía de piano que se evaporó en el silencio de la noche. El conductor, un hombre alto y delgado, de pelo canoso, avanzó hacia él mientras se enfundaba unos guantes de cuero. Vestía un traje negro que a William se le antojó impoluto. Pero fue el contacto con su mirada lo que le hizo reaccionar: comenzó a arrastrarse sobre el suelo, alejándose del depredador, hasta que el miedo le ayudó a ponerse en pie y correr de nuevo.

Chocó contra el alambre trenzado, pero eso no lo detuvo. Con manos ensangrentadas, descalzo tras el atropello, se aferró

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