En tus zapatos

Beth O'Leary

Fragmento

1. Leena

1

Leena

Creo que sería mejor intercambiarnos —le propongo a Bee, levantándome y poniéndome en posición de media sentadilla para poder hablar con ella por encima de la pantalla del ordenador—. Estoy cagada de miedo. Tú deberías hacer el principio y yo el final, así cuando me toque a mí ya se me habrá pasado un poco… esto. —Sacudo las manos para transmitir mi estado mental.

—¿Se te habrá pasado un poco el baile de san Vito? —dice Bee, inclinando la cabeza hacia un lado.

—Venga ya. Por favor.

—Leena. Mi queridísima amiga. Mi gurú. Mi grano en el culo preferido. A ti se te da muchísimo mejor que a mí abrir las presentaciones y no vamos a cambiar el orden de las cosas ahora, diez minutos antes de que empiece la reunión para poner al día a nuestro accionista principal, como tampoco lo hicimos en la última junta directiva, ni en la anterior ni en la anterior a esa, porque eso sería una locura, y, además, no tengo ni puñetera idea de lo que pone en las primeras diapositivas.

Vuelvo a hundirme en la silla.

—Ya. Claro. —Me levanto de nuevo—. Pero es que te juro que esta vez estoy…

—Ajá —dice Bee, sin apartar la vista de la pantalla—. Ya me lo sé. Peor que nunca. Temblando, con las manos sudorosas y todo eso. Pero en cuanto entres ahí harás un despliegue de tu encanto e inteligencia habituales y nadie se dará cuenta de nada.

—Pero ¿y si…?

—Eso no va a pasar.

—Bee, en serio, creo que…

—Ya sé que lo crees.

—Pero esta vez…

—Solo faltan ocho minutos, Leena. Prueba con ese rollo de las respiraciones.

—¿Con qué rollo de las respiraciones?

Bee se queda callada.

—Ya sabes. Con el de respirar.

—¿Respirar normal? Creía que te referías a alguna técnica de meditación.

Ella se burla con un resoplido. Se hace el silencio.

—Te has enfrentado a cosas mucho peores que esta cientos de veces, Leena —asegura.

Hago una mueca mientras sostengo la taza de café entre las manos. Noto el miedo en el hueco que hay en la base de mis costillas; es tan real que casi parece algo físico, como una piedra, un nudo o algo así, imposible de cortar con un cuchillo.

—Ya lo sé —respondo—. Sé que lo he hecho.

—Solo tienes que volver a cogerle el punto —asegura Bee—. Y la única forma de hacerlo es quedándote en el cuadrilátero. ¿Entendido? Vamos. Eres Leena Cotton, la consultora más joven de la empresa, la mayor promesa de Consultores Selmount del año 2020. Y muy pronto, un día de estos, serás la codirectora de nuestra propia consultoría. ¿Cierto? —añade Bee, bajando la voz.

Cierto. Solo que yo no me siento como esa Leena Cotton.

Bee se me queda mirando, juntando con preocupación sus cejas perfiladas. Cierro los ojos e intento espantar el miedo, y por un momento funciona; vuelvo a sentirme instantáneamente como la persona que era hace un año y medio, la persona que despacharía una presentación como esta sin despeinarse.

—Bee, Leena, ¿estáis preparadas? —grita el asistente del director general mientras cruza las oficinas de Upgo.

En cuanto me pongo de pie, noto que la cabeza me da vueltas y siento náuseas. Inmediatamente, me agarro al borde de la mesa. Joder, eso es nuevo.

—¿Estás bien? —susurra Bee.

Trago saliva y me aferro con las manos a la mesa hasta que las muñecas empiezan a dolerme. Por un momento tengo la certeza de que no podré hacerlo (simplemente ya no soy capaz; Dios, estoy agotada), pero entonces, por fin, el valor empieza a aflorar.

—Perfectamente —aseguro—. Vamos allá.

Solo ha pasado media hora. No es mucho tiempo, la verdad. Ni siquiera es suficiente para ver un capítulo entero de Buffy ni…, ni para asar una patata grande. Pero basta para mandar a la mierda tu vida profesional.

Me daba pánico que esto pudiera suceder. Llevo ya más de un año trabajando a trancas y barrancas, cometiendo errores y descuidos por puro despiste, algo que no es nada propio de mí. Es como si desde la muerte de Carla hubiera cambiado la mano con la que escribo y de pronto lo hiciera todo con la mano izquierda, en vez de con la derecha. Pero me estaba esforzando mucho y estaba peleando tanto que estaba convencida de que lo estaba logrando.

Evidentemente, no.

Tuve la certeza de que iba a morir en esa reunión. Ya había sufrido un ataque de pánico una vez, en la universidad, pero no había sido tan fuerte como ese. Nunca me había sentido tan fuera de control. Era como si el miedo se desatara; ya no era un nudo apretado, ahora tenía tentáculos que me oprimían las muñecas y los tobillos y me estrangulaban. El corazón me latía rapidísimo, cada vez más, hasta que dejé de sentirlo como parte de mí y se convirtió en un pajarillo perverso que me molía a palos la caja torácica.

Equivocarse en una de las cifras de ingresos habría sido perdonable. Pero después llegaron las náuseas y me equivoqué en otra y en otra más, y entonces empecé a respirar demasiado rápido y la mente se me llenó de…, no de niebla, sino más bien de luz, de una luz intensa y demasiado brillante como para poder ver nada más.

Así que cuando Bee intervino y dijo: «Deja que yo…».

Y otra persona comentó: «Por favor, esto es ridículo…».

Y el director general de Finanzas Upgo añadió: «Creo que ya hemos visto suficiente, ¿no le…?».

Yo ya me había ido. Estaba doblada sobre mí misma, jadeando, convencida de que iba a morir.

—No pasa nada —me está diciendo ahora Bee mientras me estrecha con fuerza las manos entre las suyas. Nos hemos refugiado en una de las cabinas telefónicas que hay en la esquina de las oficinas de Upgo; Bee me ha llevado hasta allí y sigo hiperventilando y con la camisa toda sudada—. Estoy aquí. No pasa nada.

Cada respiración es como un jadeo entrecortado.

—Acabo de hacer que Selmount pierda el contrato con Upgo, ¿no? —logro preguntar.

—Rebecca está hablando por teléfono con el director general. Seguro que todo irá bien. Venga, tú respira.

—¡Leena! —grita alguien—. Leena, ¿estás bien?

Sigo con los ojos cerrados. Quizá, si me quedo así, la voz de la asistente de mi jefa dejará de ser su voz.

—¿Leena? Soy Ceci, la asistente de Rebecca.

Uf. ¿Cómo ha podido llegar tan rápido? Las oficinas de Upgo están al menos a veinte minutos en metro de la central de Selmount.

—¡Leena, qué desastre! —dice Ceci. Luego se mete con nosotras en la cabina y empieza a frotarme el hombro en movimientos circulares e irritantes—. Pobrecita mía. Eso es, llora, suéltalo todo.

No estoy llorando, en realidad. Exhalo lentamente y observo a Ceci, que luce un

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