Bum Bum Bum

Nicolás Giacobone

Fragmento

bum

JUAN

Alfombra color gris claro con mancha de lo que supongo es café a diez centímetros de la pata de la cama. ¿Dónde se metió? No sé qué le pasó, y por eso imaginarlo es torturarme en vano. Quiero pensar en otra cosa. Cualquiera. Alfombra gris con mancha de café a… Cuando venga la voy a obligar a cortarme los pelos de las orejas; penachos cada vez más duros, como los de mi abuelo. Eso: mis abuelos. Los extraño. No tanto. Cuando Agustina apareció dejé de extrañarlos. ¿Dónde se metió? Agustina, mi felicidad. Alfombra con mancha…

Mi vieja me dijo hace mucho que hay que desconfiar de la felicidad.

La felicidad puede ser una patada en los huevos. No hay que aferrarse a la felicidad, vivir colgado de ella como de un globo relleno de helio en un mundo de alfileres.

Mi vieja decía un montón de cosas que yo no terminaba de entender. Por ejemplo, que la felicidad es un grano infectado, cargado de pus, que duele pero al mismo tiempo nos gusta tocar, nos gusta que nos duela. Un grano que un día te explota en la cara y luego hay que quitarse el pus de los ojos y seguir adelante.

En mi caso la felicidad no es un globo, ni un grano infectado, ni una patada en los huevos. La felicidad es una mujer que nació hombre, hermosa, con un pene y testículos y dos tetas perfectas excepto por las cicatrices de cinco centímetros.

PAULA

Durante meses les había rogado a mis abuelos que me regalaran una laptop: la más barata, la más pesada, no importaba. La mañana de mi decimonoveno cumpleaños me dieron la sorpresa. Una Compaq Presario. Quise abrazarlos. Abrí la caja a las apuradas y, sin leer las instrucciones, enchufé la laptop y la prendí.

No venía con el Microsoft Word cargado. Les pregunté cómo era posible que la laptop no tuviese el Microsoft Word cargado. Me miraron con sus sonrisas de gente vieja, dos caras con una sola sonrisa, y me preguntaron si me gustaba.

Sí, les dije, gracias.

Besé a mi abuela en la mejilla, a mi abuelo le di un golpe cariñoso en el hombro, y les pedí que salieran. No salieron. Nos miramos. Les dije que quería encerrarme a trabajar.

¿Qué vas a hacer?, dijo mi abuela.

No les había contado mi decisión de escribir una novela. Tampoco que no pensaba salir de mi cuarto hasta terminarla. Había tomado la decisión meses atrás, pero estaba esperando que me regalaran la laptop.

Ahora ya estoy lista, pensé, aunque me falta el Word.

Mi abuela se metió en la cocina y volvió con una porción de rogel con una velita clavada en el merengue. Nos informó que Juan no se despertaba.

Ya le grité cinco veces, dijo.

Dejalo dormir, le dije.

Se me vinieron encima con la torta y se pusieron a cantar el feliz cumpleaños en voz baja.

AGUSTINA

Estoy convencida de que tengo talento, mucho más del que imaginé tener cuando se me ocurrió empezar a estudiar actuación. No quiero decir que sea una Meryl Streep, o una Isabelle Hup­pert, pero me defiendo. Como decía mi abuela: «Tengo con que».

Estoy convencida de que tengo talento y de que nunca nadie me va a dar la oportunidad de usarlo, de ponerlo a prueba, de mostrarlo.

Debería haber nacido dentro de quince años. El mundo aún no encontró la manera de normalizarnos, de considerar a los que son como yo gente normal. En algunas partes pretenden creer que sí, pero el más mínimo desbarajuste económico o social es suficiente para sacar a luz lo que en realidad piensan.

La mayoría de la gente preferiría que no existiéramos. Y de alguna manera los entiendo: con hombres y mujeres es más que suficiente. Pero ¿qué se le va a hacer? Acá estamos. Somos. Y queremos vivir, al igual que ustedes. No queremos vivir como ustedes (o quizá sí, como algunos de ustedes), pero queremos estar vivos, y disfrutar en lo posible de estar vivos, y sentir que el mundo nos acepta vivos al igual que acepta a la mayoría de ustedes.

En realidad lo que quiero es que Juan esté vivo. Lo extraño cada día más. Aunque cada día el recuerdo se parece menos a Juan. El Juan en mi cabeza va dejando de ser Juan para convertirse en un santo imperfecto y desganado.

JUAN

El color del acolchado no existe. Agustina lo llamaría «verde», pero nunca vi un verde tan parecido al violeta. Quizá sea daltónico, lo que justificaría mi rotundo fracaso como pintor.

Ya no pinto. Hace años que no pinto. Hace años que me dedico al arte conceptual, a las instalaciones. Y en las instalaciones los colores…

En las instalaciones los colores son tan esenciales como en la pintura. Lo más probable es que no sea daltónico y que el acolchado no sea verde. Lo más probable es que no le haya pasado nada y me esté haciendo la cabeza al pedo.

Extraño nuestro acolchado. Agustina lo compró en un negocio del Soho. Nos salió más caro que el colchón, pero me dijo que era el acolchado más lindo que había visto, el más suave, que quería dormir abrazada por ese acolchado lo que le quedara de vida. Entonces lo compramos y cargamos por las veredas siempre atestadas de Manhattan hasta nuestro departamento en Tribeca. Y la verdad es que tenía razón: era muy agradable dormir abrazado por aquel acolchado, que si no me equivoco, si mi mente no me engaña, era azul marino.

Agustina rompió en llanto cuando supo que nos lo habían robado. Tuve que consolarla como si hubiese sido la mujer de un soldado a la que le acababan de avisar que su marido no iba a volver del frente. Hace un mes entraron a nuestro departamento y se llevaron todo: los pasaportes, mi laptop, el iPad de Agustina, la televisión, la Playstation recién comprada, la Nespresso Vertuoline, gran parte de la ropa y, aunque sea difícil de creer, el acolchado.

Solíamos dejar la puerta del departamento abierta. Nos habían dicho una y otra vez que Manhattan era la ciudad más segura del mundo, y que en Tribeca nadie cerraba la puerta con llave, y nos animamos a no cerrar la puerta con llave, y durante meses no pasó nada, nos convencimos de que Manhattan era la ciudad más segura del mundo, y alardeábamos con los visitantes del hecho de vivir en la ciudad más segura del mundo, una ciudad donde no es necesario cerrar la puerta con llave, hasta que un día volvimos de cenar sándwiches de pastrami en Katz y nos dimos de cara con el vacío.

No debería llamarlo «vacío». En esta parte del mundo ya no existe el vacío.

Nos comunicamos con el consulado argentino y nos dijeron que podían ayudarnos a tramitar nuevos pasaportes. Pero cuando fuimos lo encontramos cerrado: un cartel decía que iba a estar cerrado hasta nuevo aviso, que por favor nos comunicáramos con la embajada en Washington.

PAULA

Mis abuelos lucharon durante años (desde que papá murió de cáncer de pulmón, la misma enfermedad que había matado a mamá) por mantener un aire de normalidad en casa, una apariencia de familia común y corriente. Y por un tiempo lo lograron. Juan y yo aceptamos esa artificialidad. Aunque él no tardó en romperla: primero mudándose a un monoambiente a cinco barrios de distancia, y luego trayéndonos a Agustina, su novia con pene.

Yo también rompí la artificialidad encerrándome. Tras recibir mi Compaq Presario, me fui encerrando en mi cuarto, en mis paredes de ladrillo y cemento y el drum

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