La última cabaña

Yolanda Regidor

Fragmento

cap

Primer cuaderno

 

Estoy muy solo aquí. Oscurece pronto en medio del bosque y nada puede hacerse fuera. Si tuviese una esposa conversaría con ella tomando una cerveza o un vaso de whisky; poco habría que decir, pero observaría sus manos mientras pela unas patatas para la cena. Imagino unos dedos largos y elegantes, que nacieran de un dorso satinado, suave, las manos de una joven; aunque no sería tan joven ya, mi esposa. Así que me invento otras: esta vez son duras, de nudillos prominentes, mustias y sin embargo ágiles en ese bregar, casi reflejo, resulta de millones de cenas preparadas. Hay muchas manos así por el mundo. No, tampoco; estoy, de manera absurda, representando las de mi abuela: aquella mujer de tierra árida y salvaje, prematuramente envejecida, con el rostro ajado y las manos secas descansando sobre su mortaja con tan solo sesenta años. Ni siquiera yo he llegado a esa edad. No serían las de mi mujer.

Ahora se levanta de la mesa y se lleva con ella el plato de patatas y peladuras. Se dirige al fregadero y yo la sigo con los ojos, venerando su figura con ese vestido salpicado de violetas que han dejado aquí su fragancia. Puedo olerlo; puedo percibir su aroma entre otras ráfagas de olores un poco acibarados. Observo la curva de sus nalgas, la nuca que deja descubierta su pelo recogido. Vuelve a ser joven, mi esposa. Vuelvo a ser joven, yo. La deseo. Deseo a esa mujer como nunca he deseado a ninguna. Ni siquiera a aquella que estuvo a punto de serlo.

No tiene rostro; es muy difícil ponerle rostro a mi hembra. Porque acabo de convertirme en un animal que mordería esa nuca y tomaría esas nalgas.

Tengo una erección.

 

El Escolta, me llaman. No sé qué tipo de rumores correrán en el pueblo sobre mí, pero no es un mal apodo. Están equivocados con ese nombre y quizá por eso me gusta. Tal error me hace ser otro. Un simple nombre puede cambiar el pasado de una persona, hacerla nacer de nuevo. Y aunque sé que nunca llegaré a vivir en el lugar que me haría completamente feliz, a pesar de haber venido tan lejos con la sola intención de olvidar cosas que no debí aprender, me es difícil desechar esa estúpida idea infantil.

Hoy he bajado al pueblo a comprar comida y una botella de whisky. Todos los vecinos se conocen, todos esperan una explicación de mi presencia aquí. No se la voy a dar, ni ahora ni nunca. La gente joven no pregunta y esquivo con éxito el atrevimiento de los mayores. Supongo que sufren por ello. La casa donde vivo está odiosamente apartada de su vista y, desde hace un par de años, según me contó el agente inmobiliario sin que yo preguntase nada, pertenecía a un sobrino del antiguo propietario: el típico heredero sin apego al que le corre prisa deshacerse de las cosas; al menos eso le entendí a aquel muchacho inexperto. Le costó dar con la cabaña. Nada más verla, aun de lejos, supe que me la quedaba. Así se lo hice saber. No tenga prisa, espere a ver el interior, dijo. No me importaba el interior. Necesito poco más que esa chimenea en este momento de mi vida. Sin embargo, he querido darle un aspecto acogedor, Dios sabrá por qué, Dios sabrá para quién. Porque mientras lo hacía, mientras arrimaba dos sillas a la mesa de madera y ponía este sillón frente al fuego, pensaba en mí, pero también en alguien que me viese aquí, leyendo bajo la lámpara amarilla y con una copa y este cigarrillo humeando en la pequeña mesa que tengo a mi lado. No sé si se puede vivir para uno mismo. Tal vez no sea posible, aunque lo intentes toda la vida, aunque te destierres una y otra vez, aunque te confines en tu propio mundo lo más apartado posible del resto de la humanidad. Pienso en los ermitaños. Recuerdo haber leído algunos casos de aislamiento extremo; voluntario, se entiende. Y siempre sentían la presencia de alguien; Dios, o quien fuese. Creo que es imposible una vida presente o futura sin la idea del otro, sin la reminiscencia del calor de otro, sin una madre. El pasado es la madre. La madre es Dios.

Voy a hacerme un té. O mejor abro la botella.

 

No debí abrir esa botella. No debí mentar a la madre.

He pasado una noche de perros. Las pesadillas me han roído el alma durante la oscuridad y en el amanecer he sentido la desolación que trae la resaca. Conozco de sobra lo que me depara tras el exceso y, aun así, caigo en ello dos, tres veces por semana. Ni siquiera intento evitarlo. Ya no pienso, como antes: No lo hagas, ten un poco de fuerza de voluntad; ni como después: Venga, no seas tan rígido, sabes lo que hay, lo que habrá en la hora del alba, prepárate y ya está. No; ya solo me dejo llevar. No hacerlo sería peor. Peor que el terrible miedo, que la soledad más absoluta, que los fantasmas de la culpa bailando a mi alrededor, que la sed, las náuseas, la desesperanza, el intenso deseo de abandonar. Y sé que es mejor no pensarlo porque no sirve de nada; acabo apurando la botella igual, pero con el peso añadido de considerarme un mierda incapaz de detenerse, un pelele maleado por la vida, toda la vida.

¿El pelele nace o se hace? Ni siquiera yo podría dar respuesta a esa pregunta. Mi madre, si es que aún vive, o tal vez mi hermano, si yo no lo hubiese matado, sí podrían. Ellos me vieron nacer. Quizá cuando abrí los ojos, ella me tomó en sus brazos y, mostrándome a él, le dijo: Mira hijo mío, un pelele; ya tenemos nuestro pelele; por fin seremos felices. Ahora hay que cuidarle para que se haga grande y fuerte y pueda soportar nuestro desprecio.

 

Hoy, sin pesadillas a las que culpar, me he despertado durante la noche. Serían las cuatro o las cinco. Absolutamente despejado, he abierto los ojos en la total oscuridad. Noté algo extraño. Me sentía demasiado cómodo, no tenía molestias físicas ni mentales bajo las mantas. No había luz. No había ruido; ningún tipo de ruido. Me preguntaba qué habría pasado con el cárabo, qué había ocurrido con los ladridos lejanos, con el husmeo de las alimañas que se acercan a la casa por la noche. ¿Acaso estaba muerto? ¿Por fin habría acabado todo? Me quedé un rato más, muy quieto, esperando que aquello no se desvaneciese, deseando con todo mi ser retener a la muerte. Sin embargo, la curiosidad es cosa de vivos. Creo que si me hubiese quedado en la cama, sin necesidad de saber si era real o no aquella sensación de bienestar absoluto, no se habría esfumado y ahora yo estaría felizmente muerto. Pero la curiosidad pudo ser nuestro pecado original y no la desobediencia a Dios, ni la soberbia de querer ser uno de ellos o la gula de comerse aquella estúpida manzana. La curiosidad de nuestros padres nos hace llegar a esta vida, así, sin más, y es lo que sigue sosteniéndola pese a cualquier esfuerzo. Yo sentía un fuerte impulso de saber; por lo tanto, estaba jodidamente vivo a mi pesar. No tuve más remedio que levantarme.

Estaba nevando. Caían los primeros copos del invierno. Eso era el silencio y no la muerte.

Eché un tronco sobre las brasas de la chimenea.

 

Ha vuelto a nevar esta noche. De nuevo desperté temprano; en esta ocasión fue el frío el que tocó diana. La leña se había consumido a mayor velocidad y, aunque rebusqué bajo la ceniza, no había brasa alguna para tostar el pan. Preparé la cafetera y coloqué varios troncos que tenía junto a la chimenea. Prendieron enseguida.

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