David Golder

Irène Némirovsky

Fragmento

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2

Golder encendió un cigarrillo, pero con la primera calada empezó a ahogarse y lo tiró. Una tos convulsiva de asmático, ronca y silbante, le agitó los hombros y le produjo una saliva amarga que lo hizo atragantarse. La brusca afluencia de sangre había dado color a sus facciones, habitualmente pálidas, de un blanco mate y cadavérico, ceroso, con bolsas violáceas bajo los párpados. Era un hombre de sesenta años cumplidos, corpulento, de miembros gruesos y fofos, y ojos grises, penetrantes y claros. Espesos cabellos canos enmarcaban un rostro duro y avejentado, como modelado por una mano ruda y pesada.

El despacho olía a humo y a ese tufo a hollín frío que caracteriza en verano a las viviendas parisinas que llevan tiempo desocupadas.

Hizo girar el sillón y entreabrió la ventana. Contempló un instante la torre Eiffel iluminada. El fulgor rojo, líquido, fluía como sangre por el cielo del amanecer… Golder pensaba en la Golmar. Seis letras doradas, luminosas, resplandecientes, que giraban como soles nocturnos en cuatro grandes ciudades del mundo. La «Golmar», de sus dos apellidos, el de Marcus y el suyo, fundidos en uno.

Apretó los labios. «Golmar… Ahora David Golder, solo.»

Cogió un bloc de notas que tenía al alcance de la mano y leyó el membrete impreso.

GOLDER & MARCUS

Compraventa de productos petrolíferos

Gasolina de aviación, gasolina ligera, pesada y mediana

Trementina. Gasoil. Aceites lubricantes

Nueva York, Londres, París, Berlín

Lentamente, tachó la primera frase y escribió «David Golder» con su caligrafía apretada que arrugaba el papel. Por fin iba a estar solo. «Gracias a Dios, se acabó —pensó aliviado—. Ahora se irá.» Más adelante, cuando hubiera cedido a Tübingen la concesión de Teisk y formara parte de la compañía petrolífera más grande del mundo, reflotaría la Golmar sin dificultad.

Entretanto… Empezó a hacer números con rapidez. Aquellos dos últimos años habían sido especialmente terribles. La quiebra de Lang, el acuerdo de 1922… Al menos ya no tendría que sufragarle a Marcus las mujeres, los anillos, las deudas… Bastantes gastos tenía sin él. Cuánto costaba aquella vida absurda… Su mujer, su hija, la casa de Biarritz, la casa de París… Sólo en París pagaba sesenta mil francos de alquiler, sin contar los impuestos. Los muebles habían costado más de un millón, en su momento. ¿Y para quién? Allí no vivía nadie. Postigos cerrados, polvo. Miró con una especie de odio ciertos objetos que detestaba en especial: las cuatro victorias de bronce y mármol negro que sostenían la lámpara, un tintero cuadrado, enorme, vacío, decorado con abejas de oro. Todo eso había que pagarlo. ¿Y el dinero?

—Imbécil… —masculló con cólera—. «Me hundes…» ¿Y? «Tengo sesenta y ocho años…» Pues empieza de nuevo. Como me ha tocado hacer a mí bastantes veces…

Volvió con brusquedad la cabeza hacia el gran espejo encima de la sobria chimenea y observó con desazón sus tensas y demacradas facciones, veteadas de manchas azuladas, y los dos pliegues a ambos lados de la boca, profundamente marcados en la espesa carne, como mofletes flácidos de un perro viejo.

—Estás envejeciendo, Golder, estás envejeciendo... —gruñó con rabia.

Desde hacía dos o tres años, se cansaba enseguida. «Ante todo —pensó—, mañana me marcho. Ocho o diez días de descanso en Biarritz, y que me dejen tranquilo. Si no, exploto.» Cogió el calendario, lo puso de pie sobre el escritorio, apoyado en el marco dorado del retrato de una jovencita, y lo hojeó. Estaba repleto de nombres y números. La fecha del 14 de septiembre aparecía subrayada con un trazo de tinta. Ese día, Tübingen lo esperaba en Londres. Eso suponía apenas una semana en Biarritz. Después, Londres, Moscú, otra vez Londres, Nueva York. Soltó un débil gemido de irritación, miró fijamente la foto de su hija, suspiró y luego apartó la mirada y se frotó lentamente los doloridos ojos, enrojecidos por el cansancio. Había llegado de Berlín ese mismo día, y hacía tiempo que ya no dormía como antes en los coches cama.

No obstante, se levantó maquinalmente para ir al club, como de costumbre; pero se dio cuenta de que eran más de las tres. «Voy a acostarme —se dijo—. Mañana, otra vez al tren…» En ese momento descubrió el fajo de cartas para firmar en un ángulo del escritorio. Se sentó de nuevo. Todas las noches revisaba el correo preparado por los secretarios. Un hatajo de asnos, aunque los prefería así. Sonrió pensando en el de Marcus, Braun, un jovencito judío de ojos ardientes, que le había vendido el proyecto de contrato con la Amrum. Empezó a leer inclinando bajo la lámpara los espesos cabellos canos, antaño rojos, que aún conservaban en las sienes y la nuca un resto del vivo color del fuego, como brasas sepultadas bajo la ceniza.

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3

De pronto, junto a la cabecera de la cama, el teléfono prorrumpió en una sucesión de chillones e interminables timbrazos. Pero Golder seguía dormido; por las mañanas tenía un sueño pesado y profundo como la muerte. Al fin, abrió los ojos mientras lanzaba un gemido sordo y cogió el auricular:

—¿Diga…? ¿Diga…?

Durante un instante siguió exclamando «¿Diga?» sin reconocer la voz de su secretario.

—Señor Golder… —oyó al fin—. Muerto… El señor Marcus ha muerto. —Golder no respondió—. ¿Oiga? ¿Me oye? El señor Marcus ha muerto.

—Muerto… —repitió Golder lentamente, sintiendo que un leve y extraño escalofrío recorría sus hombros—. Muerto… No puede ser...

—Ha ocurrido esta noche, señor. En la rue Chabanais… Sí, en una casa de… Se ha pegado un tiro en el pecho. Dicen…

Golder dejó lentamente el auricular entre las sábanas y lo tapó con la manta, como si quisiera ahogar la voz que seguía zumbando como un moscardón atrapado.

Al final, la voz cesó.

Golder tocó el timbre.

—Prepáreme el ba

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