Nieve en otoño

Irène Némirovsky

Fragmento

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2

Durante unos instantes, Tatiana Ivanovna siguió escuchando el tintineo de los cascabeles, cada vez más lejano. «Van deprisa», se dijo. De pie en medio del sendero, se sujetaba el mantón alrededor de la cara con ambas manos. Fina y leve, la nieve se le metía en los ojos como polvo. Había salido la luna, y las profundas huellas del trineo en el manto blanco destacaban con un brillo azulado. De pronto, el viento cambió de dirección y, al instante, empezó a nevar con fuerza. El débil cascabeleo había cesado; en el silencio, el crujido de los abetos helados parecía el sordo gemido de un esfuerzo humano.

La anciana regresó a la casa a paso lento. Pensaba en Kiril y Yuri con una especie de dolorosa estupefacción. La guerra... Imaginaba vagamente un campo de batalla, caballos al galope, obuses que estallaban como vainas maduras. Como en una imagen vista en... ¿dónde? Sin duda, en un libro escolar que los niños habían coloreado. Pero ¿qué niños? ¿Éstos o Nikolái Alexándrovich y sus hermanos? A veces, cuando se sentía cansada, como aquella noche, su memoria los confundía. Un largo sueño borroso... ¿No despertaría con el llanto de Kolinka en la vieja habitación, como antaño?

Cincuenta y un años... En esa época, también ella tenía marido, y un hijo. Pero ambos habían muerto. Hacía tanto tiempo que a veces le costaba recordar sus caras. Sí, todo pasaba, todo estaba en manos de Dios.

Subió al dormitorio del pequeño Andréi, el hijo menor de los Karin, que estaba a su cuidado. Aún dormía con ella en la gran habitación de la esquina, que había sido la de Nikolái Alexándrovich y después la de sus hermanos y hermanas. Todos habían muerto o estaban lejos. Resultaba demasiado grande y de techos muy altos para los escasos muebles que ahora contenía, su cama y la camita de Andréi, con cortinas blancas y un pequeño icono antiguo colgado entre los barrotes del cabecero. Un baúl lleno de juguetes, un pequeño pupitre antiguo de madera blanca, que los cuarenta años transcurridos habían recubierto de una pátina agrisada, como una laca... Cuatro ventanas desnudas, el viejo entarimado rojizo. Durante el día, el aire y la luz lo inundaban todo. Pero cuando llegaba la noche, con su extraño silencio, Tatiana Ivanovna se decía: «Ya es hora de que vengan otros...»

Encendió una vela, que iluminó débilmente el techo, pintado con ángeles de cara redonda y burlona, cubrió la llama con un cono de cartón y se acercó a Andréi. Dormía profundamente, con la dorada cabeza hundida en la almohada. Le tocó la frente y las manitas, abiertas sobre la sábana, y se sentó a su cabecera, en el sitio de costumbre. Por la noche se pasaba horas enteras así, medio dormida, amodorrada al calor de la estufa, tejiendo y pensando en el pasado y en el día en que Kiril y Yuri se casarían y sus hijos dormirían allí. Andréi no tardaría en irse, pues a los seis años los niños se mudaban al piso inferior, con los preceptores y las gobernantas. Pero la vieja habitación nunca había permanecido vacía mucho tiempo. ¿Kiril? ¿Yuri? ¿O quizá Lulú? Miró la vela, que se consumía en el silencio con un fuerte y monótono chisporroteo, y movió suavemente la mano, como si meciera una cuna.

—Si Dios quiere, aún veré unos cuantos —murmuró. Llamaron a la puerta. La anciana se levantó—. ¿Eres tú, Nikolái Alexándrovich? —preguntó en voz baja.

—Sí, niánechka.

—Ve con cuidado, no despiertes al niño...

El hombre entró. Ella cogió una silla y la acercó a la estufa con cuidado.

—¿Estás cansado? ¿Quieres un poco de té? Enseguida caliento el agua...

—No, deja. No quiero nada —respondió él, deteniéndola con un gesto.

La anciana recogió la labor, que se le había caído al suelo, volvió a sentarse y siguió moviendo las brillantes agujas con rapidez.

—Hacía mucho tiempo que no venías a vernos...

Por toda respuesta, el hombre acercó las manos a la ronroneante estufa.

—¿Tienes frío, Nikolái Alexándrovich?

Él cruzó los brazos sobre el pecho con un leve escalofrío.

—¿Ya has vuelto a enfriarte? —exclamó la anciana como cuando era pequeño.

—Claro que no, mi vieja niánechka. —Tatiana negó con la cabeza descontenta, pero no dijo nada. El hombre miró la cama del niño—. ¿Duerme?

—Sí. ¿Quieres verlo?

Se levantó, cogió la vela y se acercó a él. Nikolái Alexándrovich no se movió. La anciana se inclinó y acto seguido le puso la mano en el hombro.

—Nikolái... Kolinka...

—Déjame —murmuró él.

Ella se apartó en silencio.

Era mejor callar. Sin embargo, ¿ante quién podía llorar libremente si no era ante ella? Porque la pobre Yelena Vasílievna... Más valía callar. Retrocedió poco a poco hacia la oscuridad y murmuró:

—Espera. Prepararé té. Nos entonará a los dos.

Cuando volvió, Nikolái Alexándrovich parecía más calmado. Con un movimiento mecánico accionaba la maneta de la estufa, de la que caía la cascarilla con un leve ruido de arena.

—Mira, Tatiana... ¿Cuántas veces te he dicho que mandes tapar estos agujeros? Mira, mira... —dijo, señalando una cucaracha que corría por el entarimado—. Salen de ahí. ¿Te parece higiénico para la habitación de los niños?

—Sabes muy bien que es señal de prosperidad —respondió ella, encogiéndose de hombros—. A Dios gracias, aquí siempre las hubo, y aquí te has criado tú y otros antes de ti. —Le puso en las manos una taza y removió el té con la cucharilla—. Bébetelo mientras está caliente. ¿Tienes bastante azúcar?

Él no respondió. Con expresión cansada y ausente bebió un sorbo y, de pronto, se levantó.

—Bien... Buenas noches. Que reparen la estufa, ¿me oyes?

—Como quieras.

—Alúmbrame.

La anciana cogió la vela, lo acompañó hasta la puerta y bajó delante de él los tres peldaños del umbral, cuyos rojizos ladrillos bailaban medio sueltos y vencidos hacia un lado, como hundidos por un peso.

—Ve con cuidado. ¿Ya te vas a dormir?

—¿Dormir? Estoy triste, Tatiana, tengo el alma triste...

—Dios cuidará de ellos, Nikolái Alexándrovich. Se muere en la cama. Dios protege al cristiano en medio de las balas.

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