El cementerio azul

Suárez, Gonzalo

Fragmento

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Preámbulo

UN INVIERNO EN VARSOVIA

A mi hermano Carlos, con el que rodé olas en
los acantilados donde ahora sus
cenizas mueven el mar

I

29 octubre, 1992. Conduzco el Saab rumbo a Asturias. Llevo a los actores Carmelo Gómez y Javier Bardem para rodar al borde del mar la secuencia inicial de El detective y la muerte. Llegamos de noche, bajo la lluvia, a la casa de Lledías, al pie de la montaña Ditirambo. Allí nos espera Pepín. Ine­fable guarda y amigo. Jugamos los cuatro al billar. Truena y diluvia. El sábado 30, sale el sol y el jueves 5, con mi hermano Carlos de operador, hemos terminado el rodaje en la playa de Toró. Reanudaremos El detective y la muerte en Polonia.

Carmelo se ha hecho muy amigo de Pepín y le escribirá una entrañable carta desde Varsovia quejándose de la dureza del rodaje, y de lo mucho que lo echa de menos.

Yo también lo echo de menos. Porque, el domingo 23 de agosto de 2009, Pepín morirá ante su habitual bar de carre­tera al caer, en un brusco frenazo, del tractor de un amigo en el que, de pie y bebido, iba a celebrar la venta de unas made­ras que podrían haber sido las de su ataúd.

Al día siguiente, llevaré a hombros el féretro hasta el coche fúnebre que, a su vez, lo conducirá al cementerio de Posada donde, precisamente, Pepín había excavado una tumba para mi película El portero y, como ocasional actor de Oviedo Express, le asigné el papel de un hamletiano enterrador que surgía del fondo de la fosa para dar la réplica a Carmelo Gómez. Estas coincidencias me produjeron cierta supersticiosa aprensión. Me alivió saber que los antecedentes sepulcrales de Pepín no se debían sólo a intervenciones cinematográficas ni, por tanto, a mi exclusiva iniciativa, sino a su pasado profesional. Había ejercido como enterrador local e incluso desempeñado luctuosas tareas de alta responsabilidad. Como cuando tuvo que exhumar a un tal Piquero y, tras desenterrar diferentes cuerpos sin dar con él, consiguió reconocerlo porque tenía la boina puesta.

II

1993. Multitud de cuervos descomunales vuelan sobre nuestras cabezas. Sus alas desplegadas oscurecen el cielo y siembran sombras fugitivas a nuestro paso. Recorro los parques en busca de la Casa Azul, como si se tratara de un objeto perdido entre los árboles. Es un atardecer de septiembre, durante la fase preparatoria de El detective y la muerte. Me acompañan mi hermano Carlos, operador de la película, el director de producción José Luís García Arrojo, su ayudante Jan Janik y el decorador Allan Starski, que es un hombre pequeño, nervioso e inseguro, pero capaz de venderte tus propias ideas como suyas sin tomarse la molestia de entenderlas. El truco debe de resultarle eficaz porque acaban de darle el Óscar por la dirección artística de La lista de Schlindler, la película de Spielberg. Decido limitar su aportación a buscar localizaciones y, no estando disponible Chinín Burman, contratan a Alain Bainée, que se pasará la estancia en Varsovia añorando un bocadillo de calamares.

En el parque Lazienki, surge de repente el palacio Belwederski, donde el presidente Lech Walesa recibe a líderes extranjeros, y que nosotros convertiremos en la Casa Azul de La Gran Mierda, poderoso magnate a punto de morir que interpretará Héctor Alterio en la película.

—Voy a enfrentarme al único gobierno al que no podré engañar ni corromper —dirá.

Al borde del lago, los parpadeos del agua escarchada por el hielo y la luz cincelada por mi hermano Carlos conseguirán que la magia del cine suplante a mis ojos lo que me rodea. Este extraordinario fenómeno tendrá, a veces, irrisorias consecuencias. En una ocasión, estuve a punto de licenciar a media guardia del presidente Walesa.

Eso sucedió una de las muchas noches de noviembre en la que el frío fustigaba nuestros hipotálamos y contraía mi espalda mientras esperaba en lo alto de una plataforma a que se descongelaran los objetivos de la cámara. La Casa Azul y su entorno se expandían a mis pies como un mundo submarino cuando, de pronto, sobre las aguas escarchadas del estanque, irrumpió por el puente levadizo una formación armada que yo tomé por extras de la película y pedí a Dorota, la intérprete polaca, que los detuviera para seleccionarlos.

—¡Alto! —ordenó Dorota—. ¡El director quiere verlos!

Todos a una, los soldados obedecieron. Bajé de la plataforma y los recorrí en hilera eligiendo a aquellos que consideraba más adecuados y mandando a los otros a casa. Afortunadamente, el malentendido se aclaró antes de que mi decisión se ejecutara y el ejecutado fuera yo.

Pero, a veces, las incidencias de un rodaje resultan fatídicas. Como si el mundo imaginario tuviera que pagar peaje por su trasgresión de la realidad.

III

El lunes 1 de noviembre, la noche del día de difuntos, comienza el rodaje en el tejado de una vieja casa deshabitada del gueto judío. Bajo el influjo del pasado que nuestra presencia parece concitar, trágicas reminiscencias emanan del entorno.

Antes de subir por la escalerilla metálica de la fachada, me aborda un especialista sin trabajo y se ofrece para doblar a los actores que, según consta en el guion, tendrían que saltar del tejado. Le digo que no será necesario porque resolveré en montaje el salto de los personajes. Entonces me pide que le deje quedarse para ayudar a los eléctricos cuando terminemos. Por supuesto, accedo. No imagino que, sin saberlo, acabo de firmar su sentencia de muerte.

Se llama Christopher y esa noche salvará la vida al gaffer Francesc Brualla, agarrándole al vuelo por la coleta cuando, tras resbalar en el tejado helado, se precipitaba al vacío. Chris­topher es un prestigioso especialista que ha saltado desde trenes en marcha, edificios o tanques en llamas. Momentos después, ironías del destino, dará su último salto. Una trampilla camuflada bajo el hielo de las tejas cederá a su paso y, súbitamente engullido, caerá desde más de siete metros sobre máquinas de hierro en el interior de una nave cerrada. Buscan la llave mientras se oyen sus desgarradores gritos. Tiene destrozados los pulmones y rota la cadera. Al día siguiente le extirpan un riñón. Morirá el sábado 20 y será enterrado el martes 30. En el cementerio nevado se congregan muchas personas. Las flores cubren su tumba. Era un hombre querido. Todavía me sorprende la inconsciencia con la que todos nos habíamos jugado la vida en aquel tejado y también me causa estupor la aparente frialdad con la que nuestros coproductores polacos se tomaron el accidente. Puede que lo hicieran para evitar que la conmoción afectara al rodaje o trataran de soslayar complicaciones de índole laboral. O quizá consideraran que aquel lugar ya había amortizado suficientemente su capacidad de suscitar dolor, compasión y cierto porcentaje de vergüenza. Pronto sobreviene el olvido redentor.

En Cracovia, dos años después, tras la proyección de El detective y la muerte, uno de los asistentes al coloquio protestó por la secuencia de la película donde extras integrantes de una manifestación proferían gritos antisemitas.

—En Polonia nunca hemos tenido problema con los judíos —afirmó.

—¿Cómo, entonces, hemos rodado en el gueto de Varsovia? —repliqué.

No respondió.

Tampoco respondió Stanislaw Lem a mi i

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