Perillán

Terry Pratchett

Fragmento

cap-1

Image

CAPÍTULO 1

En el que conocemos a nuestro héroe, y el héroe conoce

a una furtiva de la tormenta y se enfrenta a don

Charlie, un caballero conocido por

cierta afición a juntar letras

La lluvia azotaba Londres con tanta fuerza que parecía un baile de gotas, cada una de ellas compitiendo con sus compañeras por la supremacía en el aire y guardando cola para estrellarse contra el suelo. El agua caía en tromba. Las alcantarillas y desagües rebosaban y devolvían —regurgitaban, por así decirlo— unos desechos de fango, limo y mugre, de cadáveres de perros, cadáveres de ratas, gatos y cosas peores; entregaban de vuelta al mundo de los hombres todo lo que estos habían creído dejar atrás; fluían, atropellados y borbollantes, hacia el desbordado y acogedor río Támesis; escapaban de entre sus márgenes con la espuma y los remolinos de una sopa inenarrable que hirviera en un caldero espantoso, bocanadas que daba el propio río como un pez agónico. Pero los que sabían del asunto siempre decían que la lluvia de Londres, por mucho que lo intentara, jamás podría limpiar la ruidosa ciudad, pues sus esfuerzos solo lograban dejar al descubierto la siguiente capa de suciedad. Y en aquella noche sucia había asuntos apropiadamente turbios que ni siquiera la lluvia podía lavar.

Un lujoso carruaje de dos caballos cruzaba el agua calle abajo, su presencia pregonada por el chillido de un trozo de metal clavado cerca del eje. Y también hubo un chillido de verdad, un segundo chillido humano, cuando la puerta del carruaje se abrió de un manotazo y alguien bajó con torpeza al chorro del desagüe, que esa noche hacía las veces de fuente. Otras dos siluetas se apearon del carruaje, maldiciendo con un vocabulario tan colorido como oscura era la noche, y aún más sucio. Bajo el chaparrón, iluminado por un oportuno relámpago, la primera figura intentó escapar pero tropezó, cayó y sufrió el asalto de las otras dos, con un grito que costaba distinguir en el estruendo pero que tuvo un contrapunto casi sobrenatural en el chirrido metálico de una tapa de alcantarilla, que se abrió para dejar salir escurriéndose a un joven flaco que se movía con la velocidad de una serpiente.

—¡Dejad en paz a esa chica! —gritó.

Hubo una blasfemia en la oscuridad cuando uno de los agresores cayó hacia atrás, sus piernas barridas del suelo. El joven no era ningún peso pesado pero, de algún modo, estaba en todas partes, lanzando puñetazos reforzados por unas nudilleras de latón, la bendición de los superados en número. Y al verse superados en número por uno a dos, los asaltantes ahuecaron el ala mientras el joven los perseguía, descargando golpe tras golpe. Pero estaban en Londres y llovía y estaba oscuro, y los hombres se dedicaron a hacer zigzag por callejones y travesías, desesperados por llegar a su coche de caballos, así que el joven los perdió, y entonces aquella aparición salida de las alcantarillas dio media vuelta y volvió hacia la chica derribada con la rapidez de un galgo.

Se arrodilló y, para su sorpresa, ella lo agarró por el cuello de la camisa y, en lo que él interpretó como el idioma inglés hablado por una extranjera, le susurró:

—Quieren hacerme volver. Ayúdame, por favor.

El chico se levantó de un salto, sus ojos llenos de recelo.

En aquel momento, en la madre de todas las noches tormentosas, quiso el azar que dos hombres que también sabían cuatro cosas sobre la suciedad de Londres estuvieran paseando, o más bien vadeando, por la misma calle, volviendo raudos a casa con los sombreros calados; llevarlos bien ceñidos era buena idea, pero no podía funcionar de ningún modo porque en aquel chaparrón parecía que el agua rebotaba y llegaba tanto desde abajo como desde arriba. Cayó otro relámpago, y entonces uno de ellos dijo:

—¿Eso que hay en la canaleta es una persona tumbada?

Cabría pensar que la tormenta lo oyó, porque lanzó un nuevo relámpago cuyo brillo silueteó una figura, un montículo… una persona, hasta donde alcanzaban a distinguir los hombres.

—¡Por todos los cielos, Charlie, es una chica! Empapada hasta los huesos y tirada en la canaleta, me parece —dijo uno de ellos—. Vamos.

—¡Eh, tú! ¿Qué crees que haces, amigo?

A la luz de la ventana de un pub que apenas bastaba para hacer evidente la oscuridad, el mencionado Charlie y su amigo vieron el rostro de un chico que no parecía tener más de diecisiete años, pero cuya voz sonaba a voz de hombre. Es más, sonaba a voz de hombre dispuesto a enfrentarse a ellos dos hasta la muerte. Su ira emanaba convertida en volutas de vapor bajo la lluvia, y en la mano sostenía una larga barra de metal. Siguió diciendo:

—Me conozco a los de vuestra calaña, ¡vaya si me los conozco! Bajáis aquí a perseguir faldas y a burlaros de las chicas decentes. ¡Caray! Si que debíais de estar desesperados, para salir en una noche como esta.

El hombre que no se llamaba Charlie enderezó la espalda.

—A ver, un momento. Protesto enérgicamente por esas miserables suposiciones. Somos caballeros respetables que, debo añadir, se desviven para mejorar la suerte que corren las pobres chicas como esta y, ciertamente, por lo que parece, la de individuos como tú mismo.

El grito furioso del chico resonó lo suficiente para que se abrieran las puertas del pub cercano, que dejaron salir una luz turbia y anaranjada a la omnipresente lluvia.

—¿Mejorar la suerte? Conque así lo llamáis, ¿eh, viejos cretinos zalameros?

El joven blandió su arma casera, pero el hombre llamado Charlie se la arrebató de un manotazo y la dejó caer delante de él, antes de agarrar la camisa del chico por el cogote y levantarlo a pulso.

—El señor Mayhew y yo somos ciudadanos decentes, joven, y como tales consideramos nuestro deber llevarnos a esta joven dama a un lugar seguro. —Y por encima del hombro, añadió—: Tu casa queda más cerca, Henry. ¿Crees que tu esposa se negaría a acoger durante una noche a un alma necesitada? Tal y como está el tiempo, no querría ver ni a un perro al raso.

Henry, que ahora estaba levantando a la joven del suelo, asintió.

—¿No querrás decir dos perros, por casualidad?

El chico, que ya forcejeaba, se ofendió de inmediato al oírlo y, con un movimiento serpentino, se soltó de Charlie y volvió a plantarles cara.

—¡No soy ningún perro, inútiles estirados, ni ella tampoco! Por aquí tenemos nuestro orgullo. ¡Yo me gano la vida por mi cuenta y todo lo que me saco es kosher y bien limpito!

El hombre llamado Charlie levantó al chico por el pescuezo hasta tenerlo cara a cara.

—Admiro tu actitud, joven, pero no tu sentido común —dijo sin levantar la voz—. Y ahora fíjate en el mal estado en que se encuentra esta dama. No puedes negarlo. La casa de mi amigo no está muy lejos de aquí y, dado que te has erigido en campeón y protector de la chica, vaya, te invito a acompañarnos para atestiguar que recibe el mejor tratamiento que podamos permitirnos, ¿entendido? ¿Cómo te llamas, amigo? Pero antes de que me respondas, te invito a considerar que tal vez no seas el único que se preocupa de una joven en apuros, en una noche tan horrible como esta. Así pues, dime, chaval, ¿cómo te llamas?

El joven d

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados