Mi adorada esposa

Samantha Downing

Fragmento

Capítulo 1

1

Me está mirando. Baja la vista fugazmente hacia su copa con sus ojos azules, vidriosos, y vuelve a levantarla. Yo miro mi copa y siento que me observa, al tiempo que me pregunto si estoy tan interesado como ella. Echo un vistazo y sonrío para darle a entender que sí. Ella me corresponde a la sonrisa. Se le ha borrado casi todo el pintalabios, ahora una marca rojiza en el borde de su copa. Me acerco y tomo asiento a su lado.

Se ahueca el pelo. No llama la atención ni el color ni el largo. Sus labios se mueven, me saluda, y se le iluminan los ojos. Parecen tener una luz de fondo.

Físicamente, le atraigo del mismo modo que le atraería a la mayoría de las mujeres de este bar. Tengo treinta y nueve años, estoy en excelente forma, con una mata de pelo y pronunciados hoyuelos, y el traje me sienta como un guante. Por eso se ha fijado en mí, por eso me ha sonreído, por eso se alegra de que la aborde. Soy su prototipo de hombre.

Deslizo mi teléfono por la barra en dirección a ella. Muestra un mensaje.

Hola. Me llamo Tobias.

Ella lo lee y frunce el entrecejo, su mirada oscila entre el teléfono y yo. Tecleo otro mensaje.

Soy sordo.

Enarca las cejas con asombro, se tapa la boca con una mano y se ruboriza. La vergüenza se refleja igual en todo el mundo.

Sacude la cabeza hacia mí. Lo siente, lo siente mucho. No lo sabía.

Claro que no. ¿Cómo ibas a saberlo?

Ella sonríe. Es una media sonrisa.

Le he roto los esquemas, he dejado de ser el hombre que se imaginaba, pero ahora no tiene claro qué hacer.

Coge mi teléfono y teclea.

Soy Petra.

Encantado de conocerte, Petra. ¿Eres rusa?

Mis padres lo eran.

Asiento y sonrío. Ella asiente y sonríe. Alcanzo a ver su mente a cien por hora.

No tiene ganas de quedarse conmigo. Quiere encontrar a un hombre que pueda oír su risa y a quien no tenga necesidad de escribir sus palabras.

Al mismo tiempo, su conciencia le dicta que no discrimine. Petra no desea ser la mujer superficial que rechaza a un hombre por ser sordo. No quiere darme calabazas de la misma manera que lo han hecho tantas otras.

O eso piensa.

Su conflicto interno es como una obra de tres actos que se representa delante de mis ojos, y sé cómo termina. Al menos la mayoría de las veces.

Ella se queda.

Su primera pregunta es sobre mi capacidad auditiva, o la falta de ella. Sí, soy sordo de nacimiento. No, jamás he oído nada: una risa, una voz, el ladrido de un cachorro o el vuelo de un avión.

Petra me mira con lástima. No se da cuenta de que es una actitud condescendiente y yo me lo callo, porque lo está intentando. Porque se ha quedado.

Pregunta si sé leer los labios. Asiento. Comienza a hablar.

—Cuando tenía doce años, me rompí la pierna por dos lados. Un accidente de bici. —Su boca se mueve de una forma sumamente exagerada y grotesca—. El caso es que tuve que llevar una escayola que me llegaba desde el pie hasta el muslo. —Hace una pausa, traza una línea sobre el muslo por si me cuesta entenderlo. No es así, pero aprecio el gesto. Y el muslo.

Ella continúa.

—No pude dar un paso durante seis semanas. En el colegio, tuve que usar una silla de ruedas, porque la escayola pesaba demasiado para llevar muletas.

Sonrío, medio imaginándome a la pequeña Petra con una voluminosa escayola. Medio imaginándome los derroteros que va a tomar esta historia.

—No estoy diciendo que sepa lo que se siente al ir en silla de ruedas, o al tener una discapacidad permanente. Es solo que siempre me ha dado la sensación…, en fin, me da la sensación de que me hago una ligera idea de lo que significaría, ¿sabes?

Asiento.

Ella sonríe aliviada, ante el temor de que su historia pudiera haberme ofendido.

Tecleo:

Eres muy sensible.

Se encoge de hombros. Sonríe de oreja a oreja por el cumplido.

Nos tomamos otra copa.

Le cuento una historia que no tiene nada que ver con mi sordera. Le hablo sobre mi mascota de la infancia, una rana llamada Sherman. Era una rana toro que se sentaba en la roca más grande del estanque y cazaba todas las moscas. Jamás intenté atrapar a Sherman; me limitaba a observarlo, y a veces él también me observaba. Nos gustaba sentarnos juntos, y empecé a considerarlo mi mascota.

—¿Qué fue de él? —pregunta Petra.

Me encojo de hombros.

Un día la roca estaba vacía. No volví a verlo.

Petra dice que es una lástima. Le contesto que no. Lo triste habría sido encontrarlo muerto y verme obligado a enterrarlo. No tuve necesidad de hacer eso. Simplemente me imaginé que se había ido a un estanque más grande con más moscas.

A ella le agrada esto y me lo dice.

No le cuento todos los detalles sobre Sherman. Por ejemplo, que tenía una larga lengua que lanzaba como un dardo a tal velocidad que apenas me daba tiempo a verla, pero siempre quería agarrarla. Yo tenía por costumbre sentarme junto al estanque y preguntarme lo malintencionada que era esa idea. ¿Hasta qué punto era horrible tratar de agarrar la lengua de una rana? Y ¿le dolería? Si moría, ¿sería un crimen? Nunca intenté agarrar su lengua y probablemente tampoco habría podido, pero se me pasaba por la cabeza. Y eso me hacía sentir como si no me portara como un buen amigo con Sherman.

Petra me habla de su gato, Lionel, que recibe su nombre del gato de su infancia, también llamado Lionel. Le digo que tiene gracia, pero me cabe la duda. Me enseña fotos. Lionel es un gato blanco y negro, con la cara dividida entre los dos colores. Es demasiado anodino para resultar encantador.

Ella continúa hablando y saca a relucir su trabajo. Diseña marcas para productos y empresas, y comenta que es algo sencillísimo y al mismo tiempo dificilísimo. Difícil al principio, porque cuesta mucho conseguir que alguien recuerde algo, pero resulta fácil conforme más gente comienza a identificar una marca.

—Llegados a un punto, lo de menos es lo que estamos vendiendo. La marca adquiere más importancia que el producto. —Señala hacia mi teléfono y pregunta si lo compré por la marca o porque me gusta el modelo.

¿Por las dos cosas?

Sonríe.

—¿Ves? Ni siquiera estás seguro.

Supongo que no.

—¿A qué te dedicas?

Soy contable.

Ella asiente. Es la profesión menos interesante del mundo, pero es sólida, estable y algo que un sordo puede hacer fácilmente. Los números no tienen voz.

El camarero se acerca. Va aseado y pulcro; es de edad universitaria. Petra se encarga de pedir, y es porque soy sordo. Las mujeres siempre piensan que necesito que me saquen las castañas del fuego. Les gusta hacer cosas por mí porque me consideran débil.

Petra pide

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