Desde donde estoy veo la luna

Maud Lethielleux

Fragmento

Desde donde estoy veo la luna

Ya está, ya empezó el ensañamiento, estamos todavía a principios de noviembre, tienes ahí a tres tíos haciéndose los enterados con su discurso de mierda y van y te bajan unos grados la temperatura. Siempre en previsión de alguna emergencia, con sus walkie-talkie y sus impermeables fluorescentes, inclinados sobre ti como si fueras un chucho herido en una pata. Cada año es peor que el anterior, cada año es antes, se lamentan cuchicheando entre ellos, y yo francamente me parto de risa porque sé bien que todos los años es así, ni peor ni mejor, gajes del oficio, y no hay que tomárselo a la tremenda.

El tipo llama a uno de sus colegas solidarios para que vaya a echarle una mano. Dice: No quiere moverse ni un milímetro, trae algo de comer. Se vuelve hacia mí y añade a su walkie: ¡Y una manta de supervivencia! Los otros dos voluntarios se alejan, deben de haber visto a Michou y Suzie con su carrito. El tipo se pone en cuclillas. Habla mirándome de reojo, con aire de perro apaleado. Siempre es así, como eres una tía creen que te van a ganar por el lado de los sentimientos. Su colega me trae un vaso de plástico y un plato precocinado. Repite el mismo discurso pero añadiendo signos de interrogación. Hace preguntas que no pueden responderse con un sí o con un no, así que no digo nada, eso le enseñará a no intentar liarme con la excusa de que estamos a principios de noviembre. Digo que no a la manta para cadáveres y me cubro hasta el cuello con la mía de lana. Cometa asoma el morro, ha olido la comida.

Al otro lado de la plaza, los girofaros y todos los voluntarios del Samu de invierno se preparan. Si esto tiene que ir así, empezamos con mal pie… Cojo de todos modos el vaso para calentarme los mitones. Cometa empieza a excitarse con el olor, husmea, y me toca las narices que se deje embaucar con un pedazo de carne.

Antes de irse, el tipo pregunta: ¿Tienes compañeros en situación de necesidad? Y ahí ya me descojono sola, porque si hay tíos con aspecto de estar en situación de necesidad más bien son ellos con sus pintas de buenos samaritanos que vuelven con las manos vacías. Digo que no, me pasan un papel con un número especial gratuito al que se puede llamar sin tarjeta telefónica, me cuentan que el centro de día acaba de abrir y se van, poniendo mala cara porque la temperatura va a bajar.

Paso de sus previsiones, porque si hay una cosa que no se puede prever es lo que pasará mañana. Y, no es por nada, pero estoy en buena situación para saberlo…

He robado un bloc de notas en la Casa de la Prensa, un pequeño rectángulo naranja con páginas que se arrancan. He acariciado la tapa, así, durante un rato, y he olido el papel. No ha sido como en mis recuerdos, con el olor a polvo. Apenas olía a nada, a una especie de petróleo desaromatizado, el mismo que Boule tiraba en la basura el invierno pasado para calentarse. Me ha decepcionado un poco ese papel sin olor a parvulario, pero al mismo tiempo era tan suave que no lo he lamentado. He pensado en Fidji cuando era crío. Seguramente tenía una piel parecida, antes de las cicatrices y los tatuajes. He imaginado a Fidji con su pelo crespo, su rostro radiante y una verdadera sonrisa con todos sus dientes. Me ha emocionado imaginármelo así. He seguido acariciando la tapa, lisa del todo, casi brillante.

No tengo lápiz, por hoy se acabó. No puedo ir al mismo sitio, con lo sorprendido que ha parecido el vendedor al verme allí manoseando todas sus cosas. Si vuelvo se olerá el asunto y no puedo permitírmelo a la vista de mis antecedentes.

Fidji vuelve mañana, se había ido a París. Fidji tiene proyectos y para sacarlos adelante es a París donde hay que ir, porque allí no tienes reputación, no hay nadie para recordarte tu pasado, eres un ser anónimo con todas las oportunidades. Fidji tiene ambición, mucha más que nosotros.

Cuando vuelva iremos a alguna parte a dormir, a un lugar nuevo que no conozcamos. Eso lo hacemos a veces, cuando nos sentimos felices. Hacemos el tour de la ciudad y dormimos en un lugar turístico. Le voy a enseñar el cuaderno, no sé lo que va a decir, le parecerá que está bien, siempre le parecen bien las iniciativas. Ese es su lema: «iniciativa». Todo el mundo confía en Fidji porque parece simpático y siempre está animado. No conoce el mal humor, siempre tiene una razón para pensar que lo que le sucede podría ser peor. No es demasiado duro para él, basta con que recuerde algunas cosas. Para nosotros, los que nunca hablamos de la familia porque se parecen demasiado a los tacaños que nos mandan a cagar a la plaza, es menos fácil, no podemos compararnos. Todos hemos ido a la escuela, todos hemos tenido una cama e incluso los hay a los que nunca han apaleado. Nosotros, a veces, torcemos el gesto después de una detención, sobre todo si no nos han dado el bocadillo. Ese extremo lo encontramos indecente porque lo mínimo, si estás en el trullo, es tener la barriga llena. Eso proporciona la excusa: Estaba muerto de hambre, así que me hice arrestar, busqué a los polis y los encontré. Bien mirado no es demasiado difícil, siempre hay un montón al otro lado de la plaza desde que tienen derecho a poner multas a los tíos que beben en la vía pública. Imagino que solo reunirán calderilla, con todas esas multas que nunca se van a pagar.

Al otro lado de la plaza, Boule negocia con unos tipos que no se fían, dicen que su costo parece goma de neumático. Boule está nervioso, no le gusta que le traten como a un ladrón. Pienso en el neumático que desmontamos ayer, yo me quedé con la llanta para hacerme un asiento y Boule parecía contento con la calidad. Los Michelin, esos son los buenos, dijo, e imitó a Bibendum colocando los brazos como si estuviera gordo. Con su cráneo afeitado y la bonita chupa de cuero que acaba de reciclar hacía superbien del tío de los anuncios. Nos reímos y luego cortamos pequeñas barritas de chocolate. Eso teníamos que hacerlo con precisión, como de dos gramos y pico pero no más, o habría sido sospechoso, y sobre todo no menos, o no se vendería. A Boule le gusta el trabajo bien hecho.

Fidji tendría que haber vuelto ayer pero no tiene ni agenda ni despertador, nunca sabe qué día es. Yo tampoco, pero en mí eso no es grave en vista de que aquí estoy y nadie me espera.

En la plaza Saint-Mich hay una tienda de flores con un pequeño tejado que sobresale y rejas de protección. Allí he puesto mis cartones y mis bolsas. El otro día la florista dejó unas sobras a propósito y yo y Cometa nos chupamos los dedos. Fidji acababa de irse, y ese platito con arroz y trozos de carne

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados