Maternidad

Sheila Heti

Fragmento

cap-3

Nota adicional

En este libro, todos los resultados del lanzamiento de las monedas son el resultado de lanzar al aire monedas reales.

 

Solía contemplar el mundo desde una gran distancia, o no lo contemplaba en absoluto. Por encima de mí pasaban a cada instante pájaros que no veía, nubes y abejas, el rumor de la brisa, el sol que me daba en la piel. Vivía tan solo en el mundo grisáceo e inanimado de mi mente, donde intentaba discurrir acerca de todo y no llegaba a ninguna conclusión. Deseaba disponer del tiempo necesario para articular una cosmovisión, pero nunca lo encontraba; además, por lo visto quienes la tenían la habían forjado de jóvenes, no la habían empezado a los cuarenta. Sabía que la literatura era lo único en lo que una persona podía estrenarse a esa edad. Si a los cuarenta se iniciaba en la literatura era posible que la calificaran de joven. En todo lo demás yo era mayor, todos los barcos habían zarpado del puerto, mientras yo todavía me dirigía a él, y en realidad ni siquiera sabía cuál era el mío. La niña que se alojaba en nuestra casa —tenía doce años— me hizo ver, más que nadie, mis limitaciones: mi debilidad, mi sumisión, mis nimias rebeldías; sobre todo, mi ignorancia y mi sentimentalismo. Cuando entré en la sala de estar por la mañana, había medio perrito caliente en la mesa. Lo confundí con un plátano. Luego comprendí que era demasiado mayor para este mundo, que la niña me había superado con toda naturalidad y seguiría haciéndolo. Mi única esperanza consistía en transformar el panorama grisáceo y turbio de mi mente en algo concreto y sólido, separado por completo de mí, lograr incluso que no fuera yo. Ignoraba qué sería esa forma sólida y qué contorno adquiriría. Solo sabía que debía crear un monstruo poderoso, puesto que yo era un monstruo débil. Debía crear un monstruo separado de mí, que supiera más que yo, que tuviera una cosmovisión y no se equivocara con palabras sencillas.

cap-4

˜

 

Lanzar tres monedas en una mesa. Dos o tres caras: sí. Dos o tres cruces: no.

 

¿Este libro es buena idea?

Sí.

¿Es el momento de empezarlo?

Sí.

¿Aquí, en Toronto?

Sí.

Por lo tanto, ¿no hay por qué preocuparse?

Sí.

Sí, ¿no hay por qué preocuparse?

No.

¿Debería preocuparme?

Sí.

¿Qué debería preocuparme? ¿Mi alma?

Sí.

¿La lectura ayudará a mi alma?

Sí.

¿El silencio ayudará a mi alma?

Sí.

¿La ayudará este libro?

Sí.

Por lo tanto, ¿estoy haciéndolo todo bien?

No.

¿Estoy llevando mal mi relación?

No.

¿Hago mal al no prestar atención al sufrimiento ajeno?

No.

¿Hago mal al no prestar atención a la política mundial?

No.

¿Hago mal al no sentirme y mostrarme agradecida por la vida que tengo?

Sí.

¿Y por todo lo que puedo hacer con ella al tener este tiempo y esta prosperidad?

No.

¿Al tener mi ser particular?

Sí.

¿Ha pasado ya el momento de que me preocupe por mi ser particular?

Sí.

¿Ha llegado la hora de que empiece a pensar en «el alma del tiempo»?

Sí.

¿Tengo cuanto necesito para empezar?

Sí.

¿Debería comenzar por el principio y continuar en línea recta hasta el final?

No.

¿Debería hacer lo que me apetezca y más adelante hilvanarlo todo?

No.

¿Debería comenzar por el principio sin saber lo que vendrá a continuación?

Sí.

¿Esta conversación es el principio?

Sí.

Y esos rollos de cintas de colores de ahí que me compró Erica. ¿Debería utilizarlos de algún modo?

No.

¿Debería dejarlos donde están y limitarme a mirarlos?

No.

¿Debería devolvérselos?

No.

¿Debería esconderlos?

Sí.

¿En la alacena?

Sí.

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Me resultará difícil no pensar en mí y pensar en «el alma del tiempo». Tengo poca práctica en pensar en «el alma del tiempo» y mucha en pensar en mí. De todas formas, nada es fácil al principio. La frase «el alma del tiempo» me acompaña desde que Erica y yo fuimos a Nueva York por Nochevieja, hace unos meses. Ya la tenía en la cabeza poco antes del viaje. Recuerdo que le hablé de ella largo y tendido en el andén del metro. Nos alojábamos en el apartamento de Teresa y Walter, que se habían marchado de la ciudad para visitar a la familia durante la Navidad. Aquella noche vomité en su váter, borracha. Pero eso pasó varias horas antes. ¿Fue el 31 de diciembre?

No.

Qué raro, no recuerdo que hiciera frío y tampoco recuerdo que llevara abrigo. ¿Fue el 1 de enero?

No.

¿El 30 de diciembre?

No.

¿Ocurrió en otro viaje?

Sí.

Me parece que no. Le hablaba a Erica del «alma del tiempo», le explicaba que o bien como individuos no tenemos alma, sino una especie de alma colectiva que pertenece al tiempo o que de hecho es tiempo, o bien nuestras vidas —nosotros— son el alma del tiempo. No lo tenía del todo claro. La idea estaba en pañales, y así sigue. Erica se mostró entusiasmada y a mí me tranquilizó mucho pensar que mi alma no era de mi propiedad; que o bien mi vida era una expresión del alma del tiempo, o bien mi alma era tiempo. No sé si me explico. ¿Me explico?

No.

No, no. Espero entender mejor lo que quise decir en el andén de metro y que entusiasmó tanto a mi querida amiga Erica. Este será mi propósito expreso, mi intención y plan al escribir esto: comprender qué significa «el alma del tiempo», explicármelo a mí misma. ¿Es una buena base para este libro?

No.

¿Es demasiado limitada?

Sí.

¿En el libro puede aparecer «el alma del tiempo»?

No.

¿Se me permite engañaros?

Sí.

Entonces sin duda el libro tratará en parte del alma del tiempo. Tal vez no debería haber dicho que deseaba «explicármelo a mí misma», sino más bien «explicárselo a otras personas». ¿Mejor así?

No.

¿«Personificarlo» en vez de «explicarlo»?

Sí.

Me duele la cabeza. Estoy muy cansada. No debería haberme echado la siesta. Pero si no me la hubiera echado estaría aún de peor humor, ¿verdad?

No.

 

~

Hoy me he echado a llorar cuando Miles se disp

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