Reunión en el restaurante Nostalgia

Anne Tyler

Fragmento

cap

1

Algo que debéis saber

Pearl Tull se hallaba al borde de la muerte cuando le asaltó un pensamiento extraño. De sus labios temblorosos brotó un susurro casi imperceptible y sintió cómo su hijo, que la velaba junto a la cama, se inclinaba sobre ella.

—Búscate… —dijo—. Tendrías que haberte buscado…

Tendrías que haberte buscado una madre de repuesto, era lo que quería decir, de la misma manera que nosotros empezamos a tener hijos de repuesto cuando el primero se nos puso tan enfermo. Cody, el mayor. No Ezra, que estaba allí junto a su cama, sino Cody el alborotador; un hijo difícil que había tenido a una edad ya madura. Habían decidido no tener más hijos. Luego Cody contrajo la difteria. Eso fue en 1931, cuando la difteria era una enfermedad grave. A Pearl le entró el pánico. Extendió una manta de franela sobre la cuna y alrededor colocó ollas, cazos y cubos llenos de agua hirviendo, luego levantó un extremo de la manta para dejar entrar el vapor. La respiración del bebé era entrecortada y áspera, como el ruido de un objeto al pasar a través de grava muy compacta. Tenía la piel ardiendo y el pelo pegado rígidamente a las sienes. Hacia la madrugada se durmió. Pearl dejó caer la cabeza en la mecedora y también se durmió, aferrada aún a la barandilla metálica de color marfil de la cuna. Beck estaba fuera, de viaje de negocios; cuando volvió había pasado lo peor, Cody andaba de nuevo por la casa con paso vacilante y solo le quedaban un poco de mucosidad y una tos ligera nada preocupante que su padre ni siquiera advirtió.

—Quiero más hijos —dijo Pearl.

Él pareció sorprendido pero satisfecho. Le recordó que no se había visto con fuerzas de afrontar otro parto.

—Quiero uno de repuesto —replicó ella, porque durante el episodio de difteria se había hecho preguntas. Si Cody moría, ¿qué le quedaría a ella? Esa pequeña casa alquilada, tan concienzuda y patéticamente arreglada; el cuarto de los niños decorado con motivos de Mamá Oca; y Beck, por supuesto, que siempre estaba ocupado con la Tanner Corporation, pasaba la mayor parte del tiempo fuera en viajes de negocios y cuando estaba en casa no hacía más que echar pestes de su trabajo: quién ascendía y quién se hundía, quién había difundido esos rumores tan maliciosos a sus espaldas, qué posibilidades había de que lo echaran ahora que los tiempos eran tan difíciles.

—No sé por qué pensé que un solo niño bastaría —dijo Pearl.

Pero no era tan sencillo como había creído. El segundo hijo fue Ezra, tan dulce y torpe que partía el alma. Ella corrió más peligro que nunca. Habría sido mejor detenerse en Cody. Pero aún no había aprendido la lección. Después de Ezra llegó Jenny, la niña; era tan divertido vestirla, hacerle nuevos peinados. Las niñas eran una especie de lujo, pensaba Pearl. Pero tampoco podía renunciar a ella. Ya no era una pérdida lo que temía sino tres. Y sin embargo hubo un tiempo en que le había parecido buena idea: hijos de recambio, como los neumáticos o esas medias de hilo que regalaban con cada par.

—Deberías haberte procurado una madre suplente, Ezra —dijo. O quiso decir—. Qué poca visión de futuro la tuya.

Pero era evidente que no había logrado formar las palabras, porque oyó cómo él se recostaba de nuevo sin hacer ningún comentario y pasaba una página de la revista.

No veía a Ezra con nitidez desde la primavera de 1975, cuatro años y medio atrás, cuando empezó a perder la vista. Había tenido algún problema de visión borrosa y fue al médico para hacerse unas gafas. Eran las arterias, dijo él; algo relacionado con las arterias. Bien mirado, tenía ochenta y un años. Pero el médico estaba seguro de que tenía tratamiento. La mandó a un especialista que a su vez la mandó a otro…, en fin, para abreviar, descubrieron que no podían ayudarla. Algo se había marchitado detrás de sus ojos. «Me empiezo a averiar —dijo a sus hijos—. He durado más de la cuenta.» Soltó una risita.

A decir verdad, no se lo creyó. Reaccionó con las debidas muestras de consternación, luego de aceptación y por último de alegre coraje, pero en su fuero interno estaba resuelta a no permitirlo. No quería ni oír hablar de ello. Siempre había sido una mujer de voluntad férrea. En una ocasión, estando Beck de viaje, se pasó un día y medio yendo de aquí para allá con un brazo roto hasta que él volvió y se hizo cargo de los niños. (Fue justo después de uno de sus traslados. Ella acababa de llegar a la ciudad y no tenía a quién recurrir.) No aprobaba ni siquiera la aspirina; no aprobaba depender ni pedir. «El médico dice que me estoy quedando ciega», anunció a sus hijos, pero en su interior no tenía ninguna intención de acabar de ese modo.

Sin embargo, había ido perdiendo vista por días. La luz parecía debilitarse y menguar. Su hijo Ezra, ese rostro sereno en cuya contemplación se recreaba…, se volvió confuso. Aun a pleno sol le costaba apreciar su contorno. Apenas distinguía su silueta cuando se le acercaba, ese cuerpo grande y desgarbado que se había ablandado con la mediana edad. Notaba el calor de su franela cuando se sentaba con ella en el sofá para describirle lo que pasaba en el televisor o revolver en el cajón de fotografías como a ella le gustaba que hiciera.

—¿Qué tienes ahí, Ezra?

—Parece gente en un picnic.

—¿Un picnic? ¿Qué clase de picnic?

—Un mantel blanco sobre la hierba. Una cesta de mimbre. Una señora con una blusa marinera.

—Podría ser la tía Bessie.

—A estas alturas la reconocería.

—Pues la prima Elsa. Recuerdo que le encantaban las blusas marineras.

—No sabía que tuvieras una prima.

—Ya lo creo que tenía primos.

Echó la cabeza hacia atrás y recordó a primos, a tíos, a un abuelo cuyo aliento olía a naftalina. Era curioso cómo su memoria parecía quedarse ciega a la vez que ella. Más que ver sus caras, oía sus voces fluidas, palpaba los almidonados festones de las blusas de mujer, olía la brillantina, el agua de lavanda, el intenso aroma del frasco de sales que la enfermiza prima Bertha llevaba consigo para combatir los mareos.

—Tenía un montón de primos —le dijo a Ezra.

Todos habían creído que se quedaría soltera. Habían tenido tacto…, un tacto insultante. Las conversaciones sobre bodas y alumbramientos se interrumpían en cuanto Pearl salía al porche. El tío Seward le propuso que continuara sus estudios en el Meredith College, allí mismo, en Raleigh, para que no tuviera que irse de casa. Sin duda temía tener que mantenerla toda la vida: una carga, una sobrina huérfana y solterona instalada en el cuarto de invitados. Pero ella no quiso estudiar. Le pareció que ir a la universidad significaba admitir la derrota.

¿Cuál era exactamente el problema? No era mal parecida. Menuda y esbelta, tenía la tez pálida y una melena rubia que llevaba recogida en lo alto, aunque el pelo estaba perdiendo brillo y la tensión empezaba a asomar alrededor de las curvadas y móviles comisuras de la boca. Había tenido numerosos pretendientes, más de los que era capaz de recordar; pero por alguna razón no le duraban. Al parecer había una palabra mágica que todos conocían menos ella, una palabra que llevaba al altar a todas esas chicas mucho más jóvenes que ella sin esfuerzo. ¿Era dem

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