El ruido del mundo

Ignacio García-Valiño

Fragmento

cap-1

Mi huésped traga ratones

Ah, estoy oyendo ya cómo roe la caja, escucho el ronroneo de sus afilados dientes porfiando por abrir una salida, y su ansia legítima de libertad vierte un goteo de angustia por mis venas. Aprieto el volante con las manos sudorosas, la vista al frente, en el tráfago de Bravo Murillo, que se va tornando por momentos maníaco-depresivo, con instantes de turbulencia que pasan de golpe al frenazo en seco, y mis oídos orientados al compartimento trasero, al acecho, sensibles sólo a ese crujido detrás de mi nuca, mientras maniobro para esquivar los coches, y voy cambiando de pedal, cambiando de marcha, aunque lo que en realidad quieren mis pies es soltar los pedales y saltar del coche y escapar corriendo por la avenida y no parar hasta plaza Castilla.

La ansiedad me parte el pecho. Cómo he llegado a este punto, qué sucesión de trágicos errores, qué puertas falsas me precipitaron a este remolino, qué estoy haciendo con ese repugnante huésped en mi coche, con esa cosa bullente y ratonil que no cesa de arañar el cartón con sus garras menudas, fszzz, fszzz, hociqueando en los respiraderos, hollándolos en un enloquecido afán de escapar. Ah, pero ¿y si ya ha salido y corretea por la tapicería y mira con curiosidad mi pelo que se descuelga del reposacabezas o mis pendientes que se balancean como chucherías? ¿Por qué me dejaría convencer una vez más, si yo no quería llegar a esto? ¿Por qué fui cediendo y claudicando? ¿Qué esclavo destino es este de ser madre? No pienses, no escuches al ratón, atiende al tráfico, esquiva eso, cuidado con el carril, incorporación por la derecha, no te preguntes ahora qué haces conduciendo un viejo Peugeot por Bravo Murillo un lunes de finales de enero con ese bicho detrás, ni por qué lo compraste, sobreponiéndome a tu fobia, qué deriva de la vida te llevó a adquirir cada semana un ratón cuyo destino no es otro que ser engullido por una pequeña boa imperator en un terrario de cristal bajo una bombilla infrarroja en el dormitorio de tu hijo Gonzalo.

¿Acaso elegí tener en mi casa una serpiente que traga ratones cual canapés, un grimoso menú que me veo en la obligación de adquirir cada semana en una tienda que huele a arena sucia y a mierda de iguana, y transportarlo hasta mi piso? Sé que es una línea de pensamiento equivocada mientras conduzco. Debo tomar perspectiva de la situación, apartar de mi mente el objeto del miedo por cuanto ya empiezo a notar que el corazón se me desboca, y mi sobreexcitada imaginación me hace creer cosas que no están sucediendo justo detrás de mi espalda, cosas que convoco con mis erráticos pensamientos, como por ejemplo, la posibilidad de tener que dirigirme a un hospital a ponerme una inyección contra la rabia si ese bicho me muerde en el cuello. Aprieto el volante con demasiada fuerza, como un almirante se aferra al timón en la galerna; tengo los brazos rígidos, la nuca hundida, como si esa cosa fuera a hincarme el diente en cualquier momento. Apenas puedo distinguir las luces de los semáforos, entender qué está pasando a mi alrededor, si es a mí a quien dirigen los golpes de claxon, si debo frenar. Me ha bastado con escuchar ese seco runrún para sentir que sigue ahí, que no se ha fugado, pero hace un rato que he dejado de oírlo roer, y el silencio se prolonga y me penetra como una aguja fría, mientras me pregunto por qué ya no se le escucha, si ha conseguido abrir un orificio de salida y la tapicería del asiento ahoga sus evoluciones, y ya no puedo girarme para comprobarlo, entonces no debo conjeturar, no supongas que finalmente ha logrado escapar por un respiradero, no constates que en estos momentos sube por la parte anterior de tu asiento, que se dispone a deslizarse bajo el reposacabezas y se acerca a tu cuello. El corazón bate bajo el cinturón de seguridad, jadeo, querría llorar, querría gritar, frenar, apearme, huir de estas calles y de esta ciudad, pero estoy atrapada en mi vida con un repugnante ratón cuya propietaria es una serpiente, cuyo propietario es mi hijo.

Un calambre frío me paraliza: ¿lo estoy oyendo? ¿Estoy sintiendo su frío y húmedo hocico en mi cuello?

Actuando por su cuenta, mi pie se hunde en el freno y entro en un remolino; los edificios giran vertiginosamente a través de la ventanilla de la portezuela, las luces rojas rasgan el parabrisas como una mancha de sangre que se va extendiendo, y se confunden con otras luces, ya no escucho otro sonido que el chirrido neumático oponiéndose al giro lateral que me zarandea hasta que de pronto el coche se detiene junto al bordillo. A mi frenazo le sigue una sucesión de frenazos sincopados, y agacho la cabeza esperando un golpe fatal que no llega. Me siento como debe de sentirse un maniquí después de un crash test.

Cuando al fin levanto la aturdida cabeza del volante, aparece el tráfico detenido, imagen congelada, pausa dramática, los coches frente a mí, caras de alerta, conductores que han frenado a tiempo, con arisca impaciencia, o miedo. Ha habido una súbita cancelación de la prisa, he desencadenado un paro cardíaco en la arteria principal. Pronto ven que no ha habido colisión, quedan huecos por donde circular, los primeros no dudan en colarse, ya se oyen los cláxones, los motores rugiendo, pasan junto a mí, me echan una mirada entre preocupada y compasiva por la ventanilla, está bien, he invadido el carril contrario, me digo, tengo el coche en posición invertida, y estoy ilesa de milagro, y debo salir de aquí, pero cómo, debo dejar de ser un obstáculo, la circulación se ha reanudado a trompicones, y enseguida es otra vez Bravo Murillo en hora punta, atronando, con un coche cruzado y al revés, con una conductora histérica que tiembla por todas sus desventuradas carnes. Poco a poco siento que la sangre vuelve a mí, el espacio se ordena, los pensamientos vuelven a tomar sentido.

Un hombre joven y de moreno pelo ralo tamborilea amistosamente con las uñas en la ventanilla lateral.

—¿Se encuentra bien, señora?

Abre la portezuela y, con gesto solícito, me ayuda a salir del coche, y la acera vacila bajo mis zapatos, pero tomo aire rico en carburantes y respondo estoy bien, gracias, aunque lo dudo.

—De acuerdo. Sería conveniente ponerlo en su carril.

Su melódico acento gallego resulta tranquilizador. Mi voz, en cambio, sale enronquecida para declarar que no me atrevo a realizar esa maniobra. Él se ofrece a hacerlo en mi lugar, una vez que le cedo gustosamente el honor, con un gesto desvalido.

Hace rugir el motor, y con la temeridad de un ciclista que atraviesa una estampida de ñus, gana el otro lado de la calzada y orilla mi coche en una parada de autobús que hay justo enfrente. Se apodera de mí una reconfortante sensación de milagro en plena urbe. Bien, mi coche ya está preparado para seguir en la dirección adecuada. Cruzar la calle y reunirme con él. Me he convertido en un cuerpo de luz y éter avanzando, aturullada, hacia el hombre que ha devuelto el caos al orden. De él tan sólo recibo las llaves del coche con una amable sonrisa, y al momento (antes de que le pueda pedir su teléfono para una cita romántica en un restaurante fino con vistas a la Cibeles) se aleja con prisa, mi ángel de la guarda, mi anónimo y gallego salvador.

Mi sangre es aún un penoso cóctel de adrenalina y cortisol cuando meto la cabeza dentro del vehículo. Sigue ahí, el inmundo, puedo escucharlo, ha reaccionado no bien golpeo la caja con la puntera del zapato, se ha puesto a corr

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