El cuaderno de las recetas perdidas

Jacky Durand

Fragmento

Capítulo 1

1

No puedo dejar de mirar tus manos apoyadas sobre la colcha del hospital. Translúcidas como el papel de seda, parecen raíces encalladas en el lecho de un arroyo. Esas manos en otro tiempo cálidas y llenas de vida, aun estando destrozadas desde la palma hasta la punta del dedo índice. Bromeando, decías que eras «El rey de las quemaduras». Aunque llevaras un trapo enganchado en el delantal, siempre te olvidabas de usarlo al coger las sartenes en las que volteabas las chuletas de cordero y los filetes de perca con los dedos. Te quemabas sin quejarte al meter las manos en el aceite hirviendo o cuando sacabas del molde los pasteles recién salidos del horno.

Decías que una quemadura quitaba la otra, que lo habías aprendido del viejo panadero que te enseñó a hacer pan de niño. Y te reías cuando yo te tocaba las cicatrices encallecidas. Me encantaba jugar con la última falange de tu dedo índice, nudosa como un sarmiento; siempre quería que me contaras la historia de esa deformidad. Me explicabas que por aquel entonces no eras mucho mayor que yo. Estabas sentado a la mesa y tu madre acababa de sacar la picadora para preparar paté. Aquel aparato de hierro fundido te fascinaba. Le dabas vueltas a la manivela mientras tu madre iba metiendo trozos de cerdo dentro. Pero un día, aprovechando un momento que ella no estaba, también metiste el dedo índice. Fueron a buscar al médico a pie, caminando por la carretera, y volvieron después en su carruaje. El doctor te examinó el dedo. En aquella época era inconcebible preguntarle cosas a un médico. El doctor le pidió a tu padre que hiciera dos tablillas con un trozo de madera de álamo. Tú apretaste los dientes mientras te las colocaba. Después las sujetó con dos tiras que cortó de un cinturón de franela de tu padre y dijo que volvería a verte en un mes.

Cuando el médico te quitó la férula tenías el dedo rosado y la última falange apuntaba hacia la izquierda. Dijo que el dedo estaba salvado, pero que probablemente no podrías hacer la mili. Tu padre frunció el ceño y replicó que harías el servicio militar como todo el mundo. Mientras tanto, tú asentías y me decías suspirando: «Si hubiera sabido que pasaría veinte meses en Argelia». Rascabas el fondo de las ollas con la uña de tu dedo deforme, decías que era muy práctico para llegar a los rincones difíciles.

Recuerdo tu dedo índice apoyado en el mango de un cuchillo, presionando una manga pastelera. Te concentrabas como si estuvieras haciendo un examen. Ahora, en este instante, lo levanto y me parece ligero y diminuto como un hueso de gallina enjaulada. Muchas veces he tenido la tentación de torcerte la falange para tratar de enderezarla, pero la simple idea de probarlo me aterroriza. No, no soy capaz de hacerlo; ni siquiera cuando hayas muerto. Sigo obsesionado con aquella historia que nos contaban en el cole cuando éramos pequeños. Una historia fúnebre. El padre de un amigo había intentado enderezar, mientras arreglaba el cadáver, la pierna atrofiada por el cáncer de una difunta. El miembro se rompió, y a él lo despidieron.

Rozo tus manos de nuevo. Desearía que se movieran, aunque solo fuera un milímetro. Pero parecen las espátulas que colgabas del extractor al terminar el turno, después de haberlas hecho danzar para girar tus tortitas de patata. Busco el perfume que te regalé en Navidad en la mesita de noche. Pour un Homme, de Caron. «Ya verá, es perfecto para un hombre de su edad», me dijo la dependienta de la Gare de Lyon. El 25 de diciembre me cogiste la mano mientras te afeitaba:

—¿Qué es esto?

—Perfume.

—Nunca he usado perfume.

Dejaste que te pusiera unas gotas en el cuello mientras protestabas: «Un cocinero no debe perfumarse si no quiere echar a perder el olfato y el gusto». Comenzaste a olisquear desconfiado, pero te rendiste: «Hay que ver lo que me obligas a hacer». Me pongo perfume en las manos y te doy un masaje suave en los dedos, en las palmas.

Hace tres días, al terminar el turno de noche, no tenía sueño. Di una vuelta por el pueblo con la furgoneta. Encendí un camel mientras escuchaba No Quarter, de Led Zeppelin. «Tu ruido», lo llamabas. Era una noche fría, las calles estaban desiertas. Por un momento estuve a punto de entrar en el café de la Paix para tomarme una caña, pero tenía ganas de verte. Fui hacia el hospital y marqué el código de la puerta del servicio de cuidados paliativos que me había dado Florence, la enfermera del turno de noche. Una luz anaranjada envolvía el pasillo. La puerta de tu habitación estaba entreabierta y pude ver el curioso juego de sombras que creabas con las manos a la luz de la lamparilla. Te frotabas las palmas como si prepararas la masa de la tarta de limón de la carta de postres. Después separabas los dedos y los pellizcabas. ¿Intentabas quitarte los restos de masa? Me senté en el borde de la cama para mirarte. «Papá, no has perdido la mano», te susurré. No esperaba respuesta. Solo confiaba en que oyeras mi voz. Sentí que unos pasos delicados se acercaban a mi espalda.

—¿Qué hace? —preguntó Florence en voz baja.

—Amasa. Creía que preparaba pasta quebrada, pero está haciendo pan. Ahora está quitándose los pedazos de masa que se le han pegado a los dedos.

—Qué movimientos tan bonitos.

—¿Cuándo se marchará?

—Cuando él lo decida.

Capítulo 2

2

Esta noche sigo oyendo las palabras de Florence mientras te cuida. Es sábado, tiene el día libre. Hace tres semanas, antes de que entraras en coma, hablabais mucho de cocina por las noches. Le contabas cómo eran tus platos, los huevos escalfados con rebozuelos y vino amarillo, los melocotones de viña en almíbar. La deleitabas con explicaciones sobre cómo preparabas tus quenelles. Negabas con la cabeza cuando yo te decía que solo intentaba seducirte para conseguir tus recetas. «Ni ella ni nadie», decías con una risa desafiante.

Florence siente debilidad por ti. Noto que tu soledad la conmueve. Estos seis meses que has estado hospitalizado ha pasado por alto mis tejemanejes. «Esto no se puede comer», dijiste ya en la primera comida. Así que a partir de entonces traía los «aperitivitos» que me pedías. Colocaba con cuidado un mantel de cuadros rojos sobre la cama y te preparaba el plato que se te antojaba: ensalada de patata, apio con salsa remoulade, jamón cocido, filetes de arenque en

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