La piel de Mica

Paloma Bravo

Fragmento

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Podría inventarme algo aparatoso para decorar el CV, operarme las tetas con la indemnización, montarle un pollo a mi empresa (ex empresa) y hasta casarme con Miguel. También puedo, simplemente, contar la verdad y buscar trabajo.

Me llaman Mica, me llamo Micaela. Tengo dos hermanos: Jon y Pablo. Somos de Pamplona.

Ahora que el mundo está lleno de Tatianas, Martinas y Carlotas, lleno de mujeres polisílabas, no lo parece, pero cuando yo era pequeña tuve que dar muchas explicaciones sobre ese «Micaela», un nombre largo y extemporáneo.

Me inventé miles y nunca confesé la realidad.

A profesores y jefes, figuras de autoridad, siempre les convenció lo del homenaje a mi tatarabuela, Micaela Múgica, de Lekumberri, una de las mujeres de ojos grandes que construyeron la leyenda de sabiduría familiar que yo he destruido minuciosamente. Pero la verdad es que no, que mi bisabuela no tuvo nada que ver, que mis padres (los dos de Pamplona, mi madre con ganas, mi padre sin) se conocieron en Madrid con mucho en común (eran navarros y progres) y una enorme barrera ideológica: mi padre era de los Rolling Stones, mi madre de los Beatles, radicales ambos, tan dogmáticos e inflexibles en lo musical como tolerantes para todo lo demás.

Y pactaron, como sólo ellos sabían pactar: con amor y con humor.

A mi madre le tocó nombrar a los hijos varones, y se aprovechó del euskera y de la aproximación fonética con Jon, el mayor, que es pacífico como Lennon; y a Pablo, un par de años más tarde, lo parió y lo nombró como quiso, sin que McCartney pareciera demasiado afectado por la castellanización de su nombre y sin que mi hermano haya sentido nunca amor por las rubias y el vegetarianismo, que le pierden las morenas y el jamón.

Y entonces, cuando ya casi les tocaba un Ringo, nací yo. Micaela. En homenaje a Mick Jagger. Ya lo he soltado, y sin vergüenza. Porque mi nombre lo eligió mi padre, y mi padre…

Es que de mi padre no quiero hablar, me da igual que esto sea un CV, una entrevista de trabajo o un ejercicio de autoficción. Será un ejercicio huérfano. No quiero porque a mi padre le gustaba vivir de puntillas. Paz, amor y silencio. Y mucha satisfacción.

Por eso sólo quiero dar el dato, desnudo: mi padre murió cuando yo tenía catorce años.

No tuvimos que matar al padre, se nos murió.

Mis hermanos y yo pasamos varios años sentados alrededor de su ausencia, como indios alrededor de una fogata. Y es sólo una metáfora a medias, porque fumábamos como cosacos (de todo, incluso tabaco), y escuchábamos a Siniestro Total, y cantábamos a gritos «Tipi, dulce tipi» porque a mi padre le había gustado bailarla para nosotros, fingiendo que era el Gran Jefe, y que le respetábamos en vez de adorarlo.

Mis hermanos y yo gritábamos Manitú, invocando a mi padre, y como no venía, seguíamos fumando y nos dábamos a Kortatu, La Polla Records y Eskorbuto. Y seguía sin venir, y se había llevado nuestro futuro, así que nos quedamos en el pasado: no hay futuro, pero existe The Clash.

Tampoco me quiero hacer la guay. No éramos radicales ni conflictivos. Mis hermanos y yo éramos huérfanos y fumábamos y cantábamos porque no queríamos ver, que sólo veíamos huecos, y no queríamos oír, que sólo oíamos silencio. Fumábamos y cantábamos porque sólo queríamos recordar.

Y tampoco quiero hablar más de eso. La ausencia de mi padre es mi columna vertebral y así quiero conservarla: dentro, ocupándolo todo. Será enfermizo, pero al menos es.

Así que ésta es la historia de una huérfana con complejo de Electra que va de dura. Y con la etiqueta puesta, ya puedo seguir fingiendo que cuento la verdad, o contando la verdad aunque parezca mentira.

«El día que murió mi padre, follé por primera vez.»

Es una frase efectista, sí, y poco coherente después de decir que no quería hablar de mi padre ni ser etiquetada como huérfana. Pero supongo que tengo derecho a ser coherente con mi incoherencia.

Tenía catorce años y un novio, Javier (nada de Xavi, ni de Xabier, éste era de Ávila y no tenía idioma propio), que era diez años mayor que yo, muy protector, muy predecible, muy guapo (y con una Vespa roja que era el mejor atributo de un hombre casi sin atributos).

El muy pesado no quería metérmela. Valía todo, menos la penetración.

—¿Por qué?

—Porque no quiero hacerte daño, Mica —decía él, muy paternalista—. No quiero aprovecharme de ti, que eres una canija.

Una canija que quería alcanzar a sus hermanos. Mayores, desfogados, desvirgados, desvirgantes. Jon y Pablo brillaban en mi universo y yo los seguía, torpe, a trompicones, absolutamente deslumbrada.

Hasta que la muerte de mi padre nos igualó a todos. Y ya no era sólo eso, no, era que aquel día yo no lo estaba viviendo.

Y quería vivirlo; necesitaba sentir. Dolor, placer, algo. Algo extremo, a ser posible. Y entre un cuchillo y el sexo, parecía mejor lo segundo, aprovechando por primera vez, inconsciente y al mismo tiempo muy segura de mi oportunidad, el que a una huérfana no se le niega nada.

—Javi…

Javi no lo entendió, claro, pero lo hizo.

Y no dolió, ni ésa ni las siguientes veces.

Durante los doce meses posteriores tuve mucho sexo; con hombres, con chavales y con niños. Muy distintos: guapos y feos, con y sin moto, mayores y de mi edad, conocidos y extraños…

Daba igual.

Quería sentir y no sentía nada.

Follaba como loca y follaba como una loca.

Medio ida, sin decir ni una palabra.

A los tíos no les gustaba que no hablara, que no hablara nada; supongo que les parecía una ansiosa y una pirada, y no solían buscarme para repetir. No me hacía falta. Yo follaba y luego fu

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