Un revés inesperado

Liane Moriarty

Fragmento

Prólogo

Prólogo

La bicicleta yacía en el suelo a un lado de la carretera, bajo un roble gris, con el manillar torcido en una posición extraña, como si la hubiesen tirado con rabia.

Era un sábado por la mañana temprano, el quinto día de una ola de calor. Había más de cuarenta incendios forestales empecinadamente activos por todo el estado. Seis ciudades de la región tenían avisos de «evacuación inmediata», pero aquí, a las afueras de Sídney, el único peligro era para los enfermos de asma, a quienes se aconsejaba no salir de sus casas. La humareda que envolvía la ciudad era de un malicioso color amarillo grisáceo, tan densa como la niebla londinense.

Las calles vacías estaban en silencio, salvo por el clamor subterráneo de las cigarras. La gente dormía tras noches de calor incesante y sueños alterados, mientras los más madrugadores bostezaban y desplazaban el dedo por las pantallas de sus teléfonos.

La bicicleta abandonada tenía un aspecto nuevo y reluciente, y se anunciaba como una «bicicleta vintage para señoras»: de color verde menta, siete velocidades, un sillín de piel marrón claro y una cesta de mimbre blanco. El tipo de bicicleta que cualquiera se imaginaría montando bajo el aire fresco de un pueblo europeo de las montañas, llevando una suave boina en lugar de un casco protector y una baguette bajo el brazo.

Había cuatro manzanas verdes esparcidas entre la hierba seca bajo el árbol, como si se hubiesen caído rodando de la cesta de la bicicleta.

Una familia de moscardones negros se había posado sobre diferentes puntos de los radios plateados de las ruedas, tan inmóviles que parecían muertos.

El coche, un Holden Commodore V8, vibraba al ritmo de un rock de los ochenta mientras se acercaba desde el cruce, a una velocidad demasiado alta e inapropiada para ese barrio familiar.

Las luces de los frenos se iluminaron y el coche dio marcha atrás con un chirrido de neumáticos hasta quedar detenido junto a la bicicleta. La música se apagó. El conductor salió del coche fumando un cigarro. Era muy delgado e iba descalzo y con el torso desnudo, vestido tan solo con unos pantalones cortos azules de fútbol. Dejó abierta la puerta del conductor y atravesó de puntillas y con una elegancia grácil y experta el asfalto ya caliente hasta llegar a la hierba, donde se agachó para observar la bicicleta. Acarició la rueda delantera pinchada como si se tratara de la pata de un animal herido. Los moscardones empezaron a emitir un zumbido, cobrando vida de repente, asustados.

El hombre miró a un lado y otro de la calle vacía, dio una calada a su cigarro con los ojos entrecerrados, se encogió de hombros y, a continuación, asió la bicicleta con una mano y se puso de pie. Fue hasta su coche y la introdujo en el maletero como si la hubiese comprado, sacando hábilmente la rueda delantera con la palanca de liberación rápida para que cupiera.

Volvió a meterse en el coche, cerró la puerta con fuerza y se alejó, golpeteando el volante al ritmo de Highway to Hell de AC/DC, encantado de la vida. Al parecer, el día anterior había sido San Valentín y, aunque él no creía en esa mierda capitalista, le iba a regalar la bicicleta a su mujer y a decirle: «Feliz día de San Valentín con retraso, cariño», con un irónico guiño, y de esa forma compensaría lo de hacía unos días y, probablemente, tendría suerte esa noche.

No tuvo suerte. Tuvo muy poca suerte. Veinte minutos después estaba muerto, tras perder la vida al instante en una colisión frontal. Un conductor de un semirremolque que venía de la interestatal no vio una señal de stop oculta tras un frondoso liquidámbar. Los residentes de la zona llevaban meses quejándose de esa señal. Fue un accidente que se veía venir, decían, y por fin había pasado.

Las manzanas no tardaron en pudrirse con el calor.

Capítulo 1

1

Dos hombres y dos mujeres estaban sentados en la esquina del fondo de una cafetería bajo la foto enmarcada de unos girasoles en un amanecer de la Toscana. Eran altos como jugadores de baloncesto e, inclinados hacia delante sobre la mesa redonda con tablero de mosaico, sus frentes casi se tocaban. Hablaban en voz baja y serios, como si se tratara de una conversación de espionaje internacional, lo cual resultaba incongruente en esa pequeña cafetería de barrio residencial de las afueras en una agradable mañana veraniega de sábado, con olor a pan de plátano y pera recién hecho y una suave música rock que sonaba lánguida en el equipo de música acompañando al diligente sisear y moler de la máquina de café.

—Creo que son hermanos —dijo la camarera a su jefe. La camarera era hija única y siempre mostraba interés por los hermanos—. Se parecen mucho.

—Están tardando demasiado en pedir —contestó su jefe, que procedía de una familia de ocho hijos y no veía tan interesante eso de tener hermanos. Tras la fuerte granizada de la semana anterior, había estado lloviendo durante varios días. En ese momento los incendios estaban bajo control y los clientes volvían a salir por fin de sus casas, dinero en mano, por lo que necesitaban que hubiese rotación en las mesas.

—Han dicho que no habían tenido tiempo de ver los menús.

—Pregúntales otra vez.

La camarera se acercó de nuevo a la mesa y se dio cuenta de que estaban sentados de una misma y curiosa forma, con los tobillos enganchados a las patas delanteras de sus sillas, como si quisieran evitar que se movieran.

—Perdonen.

No la oyeron. Estaban todos hablando a la vez, solapando sus voces. No cabía duda de que eran familia. Incluso sus voces se parecían: graves y roncas y hablando en voz baja. Personas con la garganta irritada y con secretos.

—En teoría, no está desaparecida. Nos envió ese mensaje.

—Es que no me creo que no conteste al teléfono. Siempre responde.

—Papá ha dicho que su bicicleta nueva no está.

—¿Qué? Eso sí que es raro.

—Entonces ¿simplemente se fue con la bici calle abajo y desapareció al ponerse el sol?

—Eso parece, aunque no se llevó su casco. Me resulta muy extraño.

—Yo creo que ha llegado el momento de que denunciemos su desaparición.

—Ya ha pasado más de una semana. Es demasiado tiempo.

—Como ya he dicho, en teoría, no...

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