Kant y el ornitorrinco

Umberto Eco

Fragmento

1

SOBRE EL SER

La historia de las investigaciones sobre el significado es rica en hombres (que son animales racionales y mortales), en solteros (que son varones adultos no casados) e incluso en tigres (aunque no se sepa muy bien si definirlos como mamíferos felinos o como gatos crecidos con la piel amarilla o a rayas negras). Rarísimos (pero los pocos que hay, son muy importantes) los análisis de preposiciones y adverbios (¿cuál es el significado de junto a, de o cuando?); excelentes algunos análisis de sentimientos (piénsese en la cólera greimasiana); bastante frecuentes los análisis de verbos, como ir, limpiar, alabar, matar. No parece, en cambio, que ningún estudio de semántica haya ofrecido un análisis satisfactorio del verbo ser, que aun así usamos en el lenguaje cotidiano, en todas sus formas, con una cierta frecuencia.

De ello se había dado cuenta perfectamente Pascal (Fragmento 1655): «No podemos disponernos a definir el ser sin caer en este absurdo: porque no se puede definir una palabra sin empezar por el término es, ya sea expresado, ya sea sobreentendido. Así pues, para definir el ser, hay que decir es, y usar de ese modo el término definido en la definición». Lo cual no es lo mismo que decir, con Gorgias, que del ser no se puede hablar: se habla muchísimo del ser, incluso demasiado, salvo que esta palabra mágica nos sirve para definirlo casi todo, pero no es definida por nada. En semántica se hablaría de un primitivo, el más primitivo de todos.

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Cuando Aristóteles (Metafísica, IV, 1, 1) dice que hay una ciencia que estudia el ser en cuanto ser, usa el participio presente, to on. Algunos lo traducen con el ente, otros con el ser. Efectivamente, este to on puede entenderse como lo que es, como el ser existente1 y, por último, lo que la escolástica denominaba el ens, cuyo plural son los entia, las cosas que hay. Pero si Aristóteles hubiera pensado solo en las cosas del mundo real que nos circunda, no habría hablado de una ciencia especial: los entes se estudian, según los sectores de la realidad, en zoología, física, incluso política. Aristóteles dice to on hē on, el ente en cuanto tal. Cuando se halla de un ente (ya sea pantera o pirámide) en cuanto ente (y no en cuanto pantera o pirámide), he aquí que el to on se convierte en lo que es común a todos los entes, y lo que es común a todos los entes es el hecho de que son, el hecho de ser. En este sentido, como decía Peirce,2 el ser (Being) es ese aspecto abstracto que pertenece a todos los objetos expresados por términos concretos: el ser tiene una extensión ilimitada y una intensión (o comprensión) nula. Que es como decir que se refiere a todo, pero que no tiene significado alguno. Por lo cual resulta claro por qué ese uso substantivo del participio presente, normal para los griegos, en el lenguaje filosófico se transfiere poco a poco al infinitivo, si no en griego, sin duda, en el esse escolástico. Sin embargo, la ambigüedad se encuentra ya en Parménides, que habla de t’eon, pero luego afirma que esti gar einai (DK 6), y es difícil no entender en sentido substantivo un infinitivo (ser) que se convierte en sujeto de un es. En Aristóteles el ser como objeto de ciencia es to on, pero la esencia

1. Con ciertos apuros, Séneca (Ad Luciliumonquod est.
WRZur Grunlagung der Ontologie, Berlín, 1935); la fórmula aristotélica, al partir de los entes concretos pero queriendo considerar lo que es común a todos, expresa el ser, es decir, por lo que el ente es un ente.

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es to ti ēn einai (Met., IV, 1028 b 33-36), lo que era el ser, pero en el sentido de lo que el ser es establemente (que luego será traducido como quod quid erat esse).

Sin embargo, no se puede negar que ser es también un verbo, que expresa no solo el acto del ser algo (por lo que decimos que un gato es un felino), sino también la actividad (por lo que decimos que es bueno estar sano, o estar de viaje) a tal punto que a menudo se usa como sinónimo de existir, aunque la ecuación da lugar a muchas reservas, porque originariamente ex-istere significa «salir-de», «manifestarse» y, por lo tanto, «venir al ser».3

Así pues, tenemos (i) un substantivo, el ente; (ii) otro substantivo, el ser; y (iii) un verbo, ser. El apuro es tal que lenguas diferentes reaccionan de maneras diferentes. Castellano, italiano y alemán tienen un término para (i), ente, ente y Seiende, pero solo un término tanto para (ii) como para (iii), ser, essere y Sein. Ya se sabe cómo sobre esta distinción Heidegger funda la diferencia entre óntico y ontológico, pero, ¿cómo nos las arreglaremos con el inglés, que sí que tiene dos términos, salvo que to be cubre solo la acepción (iii) y Being cubre tanto (i) como (ii)? El francés tiene un solo término, être; es verdad que desde el siglo xvii aparece el neologismo filosófico étant, pero al mismo Gilson (en la primera edición de L’être et l’essence) le cuesta aceptarlo, y se decide solo en las ediciones sucesivas. El latín escolástico había adoptado ens para (i), pero jugaba con atormentada desenvoltura con (ii), usando a veces ens, a veces esse.4

3. Gilson, 1948. Por lo menos en el lenguaje escolástico «la existencia es la condición de aquello cuyo ser se desarrolla a partir de un origen... se ha dicho con razón que si Dios es, no existe». Este texto gilsoniano es rico en reflexiones de lexicografía filosófica, que utilizo libremente también en los párrafos que siguen.
De ente et essentia quod quid erat esse esse actu simpliciter, esse quid esse substantiale, esse tantum esse receptum per mo

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Por otra parte, aun hablando solo de ente, sabemos que hay entes materiales y entes de razón, entre los que se cuentan las leyes matemáticas; Peirce proponía restaurar el término ens (o entity) en su significado originario de todo aquello sobre lo que se pueda hablar.5 Y he aquí que el ente viene a equivaler al ser, en cuanto totalidad que comprende no solo lo que está físicamente a nuestro alrededor, sino también lo que está debajo, o dentro, o en torno, o antes o después, y lo funda o justifica.

Pero entonces, si estamos hablando de todo aquello de lo que se puede hablar, es preciso incluir también lo posible. No solo o no tanto en el sentido en que se ha sostenido que también los mundos posibles existen realmente en alguna parte (Lewis, 1973), sino por lo menos en el sentido de Wolff (Philosophia prima sive ontologia methodo scientifico pertractata, 134) por el que una ontología atañe al ente quatenus ens est, independientemente de cualquier cuestión de existencia, por lo cual quod possibile est, ens est. Y con mayor razón, pertenecerían entonces a la esfera del ser no solo los futuribles, sino también los eventos pasados: lo que es, lo es en todas las conjugaciones y tiempos del verbo ser.

En este punto, sin embargo, se ha insertado en el ser la temporalidad (tanto del Dasein, como de las galaxias), y no es necesario ser parmenídeos a toda

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