Todas las veces que fuimos inevitables (Saga Yugen 4)

Chloe Santana

Fragmento

Freya

Freya

Hace doce años

Salí de la cama y corrí para esconderme dentro de la tienda de campaña cuando escuché el sonido de unos pasos que se acercaban a mi habitación. Cerré la cortina y me abracé a Wendy, la muñeca de trapo con la que dormía todas las noches. No quería ver a nadie. Estaba enfadada con el mundo. Para colmo, Astrid se había reído de mí después de que hubiese llorado en el desayuno, cuando nuestros padres me contaron que nuestro conejito se había ido al cielo. Mi hermana mayor tenía doce años, cuatro más que yo, y, según nuestro padre, sufría una enfermedad llamada «preadolescencia» que se curaría con el paso del tiempo. Yo no entendía a qué se refería. Lo único que sabía era que había pasado de ser una hermana molona que siempre quería jugar conmigo a una estirada que se encerraba en su cuarto con sus amigas y se burlaba de mí.

—Freya… —La voz suave de mi madre me tranquilizó—. ¿Puedo pasar?

Me sequé las lágrimas con el puño del jersey. No quería que mamá me viera llorar. Seguía muy disgustada por las palabras de Astrid: «Solo era un estúpido conejo viejo. Deja de lloriquear como una niñita».

—Vale —respondí conteniendo un hipido.

Quería ser tan dura como mi hermana mayor, pero necesitaba el abrazo consolador de mi madre. Astrid se enfrentaba a todos los que tenían la osadía de interponerse en su camino, incluidos los niños del colegio que se metían conmigo. Se quejaba de que yo dejase que me ningunearan, algo ridículo, porque el hecho de que no te defiendas no significa que merezcas que los demás sean crueles contigo. A pesar de lo diferentes que éramos, mi hermana mantenía a raya a los compañeros de clase que me hacían la vida imposible. En más de una ocasión la habían mandado al despacho del director después de haberle atizado a algún niño que me había llamado Cruella de Vil o bicho raro. Lo de Cruella era porque sufría piebaldismo, una condición genética que había heredado de mi padre. El rasgo visible de este síndrome era una mancha blanca en la frente con forma de mariposa y un mechón del mismo color en el centro del pelo que contrastaba con mi cabello negro. Sí, Cruella era un mote muy original. Lo de bicho raro se debía a que prefería tener la cabeza enterrada en un libro antes que hacer amigos, ya que era una niña curiosa por naturaleza a la que le encantaba hacer preguntas y ver documentales. O sea, un bicho raro de ocho años que se sentía incapaz de relacionarse con los demás críos de su edad.

—Freya… —canturreó mi madre.

Se puso a buscarme por la habitación y aquello me provocó una risilla. Se agachó para mirar debajo de la cama y luego fue al armario. Mi mamá era la mejor madre del mundo. Supongo que todos los niños dicen lo mismo, pero yo estaba absolutamente convencida de que la mía era genial. Se dedicaba a escribir cuentos infantiles. Tenía una gran imaginación. Por eso, en lugar de leerme historias, inventábamos las nuestras propias. Se tiraba en la hierba para jugar conmigo y no le importaba mancharse los pantalones de barro. En los días de lluvia, nos poníamos las botas de agua y saltábamos en los charcos. Y también preparaba galletas de chocolate con mantequilla de cacahuete que me dejaba probar cuando aún estaban calientes.

—¡Bu! —exclamé saliendo de mi escondite.

—¡Qué susto me has dado! —Se llevó una mano al pecho y me dedicó una de sus sonrisas.

La gente decía que Astrid se parecía mucho a mamá. Las dos eran rubias, menudas y tenían los ojos verdes. Yo, por el contrario, había heredado el cabello negro de papá (con piebaldismo incluido) y sus ojos color miel. Sin embargo, tenía el carácter calmado de nuestra madre, a diferencia de Astrid, que era tan resolutiva como nuestro padre, un hombre que se dedicaba a los negocios y que siempre llevaba traje y corbata. Yo no tenía ni idea de lo que significaba aquello, pero me daba la impresión de que papá era alguien muy importante.

—Hola, pequeña valkiria. —Mamá se agachó para quedar a mi altura.

Me encantaba que me llamara así. Nuestros nombres eran nórdicos porque mamá había nacido en Bergen. Astrid se llamaba como ella. A veces le tomaba el pelo y le decía que yo me había quedado con el nombre guay. Me gustaba ser la única Freya del cole.

—¿Puedo entrar en tu refugio?

Fingí pensarlo durante unos segundos. Luego asentí y le hice un hueco para que entrase. Me partí de risa cuando se golpeó la cabeza con el techo.

—¡Qué niña tan sinvergüenza! —exclamó—. ¿Te ríes de tu mamá?

Me retorcí de la risa cuando se puso a hacerme cosquillas. Esa era mi madre. Siempre encontraba la forma de animarme.

—¡No, mami! ¡Para, para!

—Solo si me das un abrazo.

Le eché los brazos al cuello y me refugié en su aroma. Mamá siempre olía a masa de galletas y canela.

—¿Por qué ha tenido que morir Muffin? —quise saber.

—Los animales tienen una esperanza de vida más corta que la de las personas —me explicó acariciándome el pelo con cariño.

—Pero yo no quería que muriera…

—Lo sé, tesoro. —Mamá se apartó para mirarme a los ojos—. Muffin ha estado seis años con nosotros. Tienes que quedarte con los momentos bonitos que habéis vivido. ¿Te acuerdas de cuando grabamos aquel vídeo en el que se comía una zanahoria?

—¡Sí!

Mi madre cogió el móvil y lo vimos. Echaba de menos a Muffin. Hice un puchero al ver su carita rechoncha.

—¿Ves lo feliz que era?

—Sí, mami.

—Muffin se ha ido al cielo de los conejitos, pero no por eso ha dejado de quererte. Ahora está con sus amigos y desea que lo recuerdes con mucho cariño porque juntos fuisteis muy felices. —Sonreí al pensar en un cielo lleno de conejitos que comían zanahorias y corrían por un prado verde. Me gustaba pensar que Muffin estaba allí—. Cuando alguien que queremos se marcha, no significa que el amor que sentimos desaparezca. Porque el amor, Freya, dura para siempre si es verdadero.

—¿Entonces no puedo llorar?

—Claro que puedes, tesoro. —Mi madre volvió a abrazarme.

—Pero Astrid se burla de mí cuando lloro. Dice que soy débil.

—Las lágrimas no son malas. Venimos a este mundo llorando, y eso, cariño, es un signo de fortaleza, aunque haya personas que no sepan verlo. No pasa nada por mostrar que algo te duele. Eso no quiere decir que seas débil, sino que tienes un gran corazón que ama de verdad. Y no hay nada más valiente que amar sin límites.

—¿Por qué Astrid y yo somos tan diferentes? —Quería entender cómo era posible que dos hermanas fueran totalmente opuestas—. Me gustaría ser valiente y tener muchos amigos como ella.

Mi madre me apartó el pelo de la cara con ternura.

—El mundo sería un lugar muy aburrido si todos fuéramos iguales, ¿no te parece?

—Tal vez. —Me encogí de hombros.

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