De hombres y langostas

Elizabeth Gilbert

Fragmento

ECapítulo 1

x Cangrejos, gambas y langostas,

x

x l nacimiento de Ruth Thomas no fue de los más fáciles que se recuerdan. Nació a lo largo de una semana de terribles y legendarias tormentas. La última semana de mayo de 1958 no trajo un huracán consigo, pero tampoco es que el tiempo estuviera calmado, y Fort Niles se vio azotado por el viento. En medio de esta tormenta, Mary, la mujer de Stan Thomas, soportó un parto sorprendentemente difícil. Se trataba de su primer hijo. No era una mujer fuerte y el bebé se obstinaba en no salir. Mary Thomas debería haber sido trasladada a un hospital en tierra firme y haber sido vigilada por un médico, pero el tiempo no era el adecuado para llevar en barco a una mujer que estaba teniendo un parto complicado. No había médico en Fort Niles, ni tampoco enfermeras. La parturienta, desesperada, estaba sin ningún tipo de atención médica. Así que tuvo que hacerlo ella sola.

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Mary gimió y gritó durante el parto, mientras sus vecinas, como un enjambre de comadronas aficionadas, la acomodaban y le ofrecían sugerencias y solo se apartaban de su lado para hacer correr la voz acerca de su estado por toda la isla. Lo cierto era que las cosas no pintaban nada bien. Las mujeres más ancianas y las más listas estaban convencidas desde el principio de que la mujer de Stan no iba a lograrlo. De todas maneras, Mary Thomas no era de la isla, y las mujeres no confiaban mucho en que tuviera fuerzas. En el mejor de los casos, estas consideraban que estaba algo mimada, un poco demasiado delgada y con tendencia a las lágrimas y a la timidez. Estaban bastante seguras de que iba a darse por vencida en medio del parto y dejarse morir de dolor allí mismo, a la vista de todos. Con todo, se preocuparon y se entrometieron. Discutieron entre ellas sobre el mejor tratamiento, las mejores posturas, el mejor consejo. Y cuando regresaron a sus casas con brío, para coger toallas limpias o hielo para la mujer que estaba de parto, hicieron correr la voz entre sus maridos de que las cosas en la casa Thomas tenían muy mala pinta, la verdad.

El Senador Simon Addams oyó los rumores y decidió hacer su famoso caldo de pollo a la pimienta, el que creía que ayudaba a curarse, uno que ayudara a la mujer en su hora de necesidad. El Senador Simon era un viejo solterón que vivía con su hermano gemelo, Angus, otro viejo solterón. Los dos hombres eran los hijos de Valentine Addams, ya crecidos. Angus era el pescador de langostas más rudo y agresivo de la isla. El Senador Simon no era un marinero en absoluto. Le aterrorizaba el mar; no podía pisar un barco. Lo más cerca que Simon estaba del mar era caminando a zancadas, bien lejos de las olas, por Gavin Beach. Cuando era adolescente, un abusón lugareño había tratado de arrastrarlo hacia el muelle, y Simon casi le había destrozado la cara a arañazos y estuvo a punto de romperle un brazo. Ahogó al abusón hasta que el chaval cayó inconsciente. Al Senador Simon realmente no le gustaba el agua.

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Sin embargo, era bastante mañoso, así que se ganaba la vida reparando muebles y trampas para langostas y arreglando barcas (en la orilla, sin riesgo alguno) para otros hombres. Se le veía como un excéntrico, y pasaba el tiempo leyendo libros y estudiando mapas que compraba por correo. Sabía mucho del mundo, aunque no había salido de Fort Niles ni una sola vez en la vida. Su sabiduría acerca de tantos temas le había valido el mote de Senador, un apodo que solo era broma a medias. Simon Addams era un hombre extraño, pero se le consideraba una autoridad.

La opinión del Senador era que un buen caldo de pollo a la pimienta podía curar cualquier cosa, incluso un parto, así que se puso a hacer uno para la esposa de Stanley Thomas. Era una mujer a la que admiraba muchísimo, y estaba preocupado por ella. Llevó una olla calentita de sopa a casa de los Thomas la tarde del 28 de mayo. Las vecinas le dejaron pasar y le hicieron saber que el bebé ya había llegado. Todo estaba bien, le aseguraron. El bebé estaba sano y la madre se iba a recuperar. A la madre le iría bien un poco de esa sopa de pollo, después de todo.

El Senador Simon Addams echó un vistazo al interior del moisés, y allí estaba ella: la pequeña Ruth Thomas. Una niña. Una niña extrañamente bonita, con una maraña de pelo negro y húmedo y un ademán diligente. El Senador Simon Addams se dio cuenta de inmediato de que no tenía esa expresión tormentosa y colorada de la mayoría de los recién nacidos. No parecía un conejo despellejado y puesto a hervir. Tenía una preciosa piel aceitunada y un aspecto de lo más serio para un bebé.

—Oh, es encantadora —dijo el Senador Simon Addams, y las mujeres le dejaron coger a Ruth Thomas. Parecía tan enorme cogiendo en brazos al bebé que las mujeres se rieron, se rieron del solterón gigante meciendo a la pequeña. Pero Ruth dejó escapar una especie de suspiro en sus brazos y frunció su boquita y parpadeó sin preocupación alguna. El Senador Simon sintió una olea

hombres y langostas da de orgullo, casi de abuelo. Le hizo ruiditos con la boca. La balanceó en el aire.

—Oh, no me digáis que no es un encanto —exclamó, y las mujeres no paraban de reír—. ¿A que es una hermosura? —añadió.

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x Ruth Thomas fue una niña bonita que llegó a convertirse en una chica muy guapa, con cejas oscuras y hombros anchos y un porte impresionante. Desde pequeña, iba con la espalda recta como una tabla. Tenía una presencia llamativa, adulta, incluso de chiquilla. Su primera palabra fue un «No» bien firme. Su primera frase, «No, gracias». No es que la encandilaran precisamente los juguetes. Le gustaba sentarse en el regazo de su padre y leer los periódicos con él. Le gustaba estar entre adultos. Era lo suficientemente tranquila como para pasar inadvertida durante horas. Era una fisgona de primera clase. Cuando sus padres iban de visita a casa de los vecinos, Ruth se sentaba bajo la mesa de la cocina, tan pequeña y silenciosa como el polvo, escuchando atentamente cada palabra de los adultos. Una de las frases que más le dirigieron de niña fue:

—Pero, Ruth, ¡ni siquiera te había visto!

Ruth Thomas se libraba de la atención de los demás en parte por su carácter observador y también por el tumulto que la solía rodear, formado por los Pommeroy. Los Pommeroy vivían al lado de Ruth y sus padres. Había siete chicos Pommeroy, y Ruth nació justo al final de todos ellos. La verdad es que ella desaparecía entre el caos que montaban Webster y Conway y John y Fagan y Timothy y Chester y Robin Pommeroy. Los chicos Pommeroy eran un acontecimiento en Fort Niles. Es cierto que había otras mujeres que habían tenido la misma cantidad de hijos en la historia de la isla, pero solo a lo largo de décadas y siempre con una evidente reticencia. Siete hijos de una sola exuberante familia a lo largo de solo seis años parecía una epidemia.

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El hermano gemelo del Senador Simon, Angus, decía de los Pommeroy:

—Eso no es una familia. Es una maldita camada.

Pero sobre Angus Addams podía pesar la sospecha de estar celoso, puesto que no tenía familia más allá de su excéntrico gemelo, así que las familias felices que tenían otras personas eran como una úlcera para él. El Senador, por otra parte, encontraba encantadora a la señora Pommeroy. Estaba embelesado con sus embarazos. Decía que la señora Pommeroy siempre parecía que estaba preñada por no haber podido evitarlo. Decía que la señora Pommeroy siempre parecía embarazada de una manera cautivadora,

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