Cornudo

Vladislava Sakharova (@blondepasta)
BLONDEPASTA

Fragmento

Capítulo 1

1

En Ciudad Jardín, un barrio residencial de Las Palmas de Gran Canaria, el Aston Martin de Jorge maniobra sobre los guijarros de la entrada del chalet de Claudio, su padre. Este anda casi en paralelo a la puerta del conductor y se asoma a la calle al mismo tiempo que el descapotable cruza el gran portón metálico, que, tras un chirrido eléctrico, se desliza de izquierda a derecha por un estrecho y engrasado eje. Ya con los neumáticos sobre el asfalto del paseo, Jorge acelera y los más de quinientos caballos rugen y se encabritan. Pero nadie se altera en ese barrio de mansiones, jardines de altas palmeras, sol y mucho glamur, donde confluyen los modelos más atrevidos y caros, sobre todo caros, del parque automovilístico de la capital canaria.

Claudio se limita a negar con la cabeza en un gesto de hastío y a levantar un brazo para despedirse de su hijo y de su nuera. Carmen, su mujer, se ha quedado dentro con su nieto, el pequeño Jorge, que acaba de cumplir siete años. Júnior, como le llaman todos, va a pasar el fin de semana, cosa habitual, con los abuelos. El portón vuelve a chirriar, ahora de derecha a izquierda, y el patriarca atraviesa de regreso la explanada de blancos guijarros dispuesto a pasar un fin de semana familiar. Camina tranquilo, con ambas manos en los bolsillos de los pantalones, unos chinos de algodón grises y clásicos, y antes de entrar se da la vuelta para comprobar, como de costumbre, si la verja se ha cerrado.

De camino a Pasito Blanco, del norte al sur de la isla, Cristina, la mujer de Jorge, levanta la barbilla en un gesto muy de Audrey Hepburn para dejarse acariciar por el aire. Que corra el viento al ritmo de la cilindrada del Aston Martin es un vicio que se contagia. Por eso, cuando cogen la autovía levanta los brazos y grita:

—¡Dale, Jorge! ¡Dale más!

Y Jorge acelera y el deportivo pega un brinco que casi se levanta como un Boeing a punto de despegar. Ella chilla, cierra los ojos, agita los brazos y se da de nuevo un baño de viento y libertad. Cuando los abre, observa la luz del crepúsculo que pinta el océano de un tono anaranjado. El sol se hunde detrás de la línea del horizonte como si se sumergiera bajo el mar a bucear. Saborea, golosa, ese aire que impregna la isla y que sabe a mil noches de mar. Según Cristina, ese aroma lleva una especie de elixir que atrapa y retiene para siempre a quienes lo prueban.

Cuarenta minutos después atraviesan la entrada al complejo de Pasito Blanco que, junto con una extensa red hotelera por toda Gran Canaria, pertenece a los Guzmán, la familia de Jorge. Él y su mujer prefieren vivir allí, en una zona residencial y tranquila, con vigilancia privada y apenas vecinos fuera de la estación vacacional. El chalet, en un alto, como un faro, contempla de manera privilegiada el recorrido del muelle hasta la punta del Yacht Club, donde los mástiles de los yates y veleros bailan lentos y acompasados, y pocos metros más allá el océano infinito se pierde en el horizonte.

La casa, de dos plantas, piscina, terraza y un enorme jardín con césped y palmeras que rodea la estructura del inmueble, la construyó expresamente para ellos el abuelo Claudio cuando la pareja se prometió. Le pusieron de nombre La Habana en memoria del territorio que acogió a sus bisabuelos y que les brindó, gracias a la industria tabaquera, suficiente fortuna para invertir en las islas cuando el bum turístico llegó a España.

—¿Y me dirás ya cuál es esa sorpresa tan importante? —Cristina no puede contener su curiosidad apenas se baja del coche.

Jorge sonríe, pero no le contesta, abre la puerta que comunica el garaje con la entrada, sube los tres peldaños que separan los dos espacios y, cuando pisa el vestíbulo, se gira, la contempla y sufre el mismo azote que se repite una y otra vez cada vez que la mira. La sensación de compartir su vida con la mujer más bella, exótica y sexy de la faz de la tierra. Cristina, de estatura media, algo más de metro sesenta, piernas largas, caderas redondeadas y silueta estrecha, guarda su mayor peligro en la mirada, una mirada que barre y excita con solo humedecerse los labios y mostrar sus dientes blancos. Jorge, en cambio, es un hombre normal, ni guapo ni feo, ni alto ni bajo. Mediocre, corriente. Cara de búho, grandes entradas en la frente que lo amenazan con heredar la calvicie de su padre y una barriga que, dependiendo de las dietas, viene o va. Redondeada o exagerada, depende de la estación. Cualquiera que los vea juntos puede pensar sin temor a equivocarse que no es la química lo que hace que vayan cogidos de la mano. Las mentes más insidiosas verán a un cliente y a su escort. Las que sufren de envidia insana, a una cazafortunas y al hijo pijo de los Guzmán.

—¿No me lo piensas decir? —insiste juguetona una vez en casa.

Jorge, de pie junto al hueco de la escalera interior, la que lleva a las habitaciones, se afloja la corbata, se desabrocha los primeros botones de la camisa y continúa con el misterio que a media tarde le había soltado por wasap: «Esta noche te daré una sorpresa».

—Esta noche cuando cenemos, Cris...

—La cena de los viernes. —Sonríe pícara, porque los viernes toca comer algo especial, beber y sexo.

—Me voy a duchar.

—Ponte guapo.

Él sonríe otra vez convencido de que esa noche será diferente, de que, más allá del sexo al que están acostumbrados, rozarán la excelencia porque lleva en el bolsillo lo único que a ella la prende. Lo sabe por experiencia.

Cristina espera que su marido desaparezca tras el primer recodo de la escalera. Le gustan las sorpresas, pero, habituada a tener de todo, no sabe lo que puede ser. Un viaje, una noche en alta mar, una joya cara... No, está segura de que no será nada de eso. Si fuese al revés, seguro que él sospecharía de un nuevo embarazo. Se ríe de la ocurrencia y se acerca a la bodega. Es una enorme nevera, una vinoteca, para conservar a la temperatura ideal la gran variedad de reservas que contiene, una auténtica fortuna. Cenarán jamón ibérico de Joselito, una tabla de quesos selectos y un filete de ternera Ayrshire que ella preparará con una receta de salsa de arándanos que acaba de encontrar en internet.

A Cristina le encanta cocinar. Revisa el botellero y elige un clásico para la ocasión; un rioja, Coto de Imaz de 1995. Lo descorcha, huele el tapón, deja escapar un pequeño suspiro de placer y se sirve una copa. El gozo aumenta en intensidad cuando lo paladea. Una vez en la cocina, abre la nevera y saca los quesos y el jamón para que se atemperen. Entonces se da cuenta de que va en tejanos, ajustados y sexis, como de costumbre, pero en pantalones. A Jorge le gustan los preámbulos en el sofá. Le encanta acariciarle los muslos, encenderse paso a paso tras cada una de sus caricias, besarla apasionadamente y mirarla a los ojos. A ella le encanta presumir de piernas. Son preciosas y lo sabe. Largas, fuertes y bien contorneadas, no son esos típicos palillos de las chicas de pasarela, no; sus piernas tienen forma y carne musculada a diario en el gimnasio. Disfrut

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