Chamanes eléctricos en la fiesta del sol

Mónica Ojeda
Mónica Ojeda

Fragmento

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NICOLE

El oído es el órgano del miedo, repitió Noa la noche en que subimos la cordillera para ver a los Chamanes Eléctricos en el páramo andino. Era la quinta edición del Festival Ruido Solar, un encuentro de artistas sonoros que invitaba a poetas, músicos, bailarines, melómanos, pintores, performers y gente que decía hacerlo todo aunque en realidad apenas lo intentaran. También era la primera vez que nos escapábamos juntas, sin dinero, parando buses y camiones por la carretera, sin otro plan que el de desaparecer durante siete noches y ocho días.

Siete noches y ocho días de experimental noise chamánico, de música under post-andina, de retrofuturismo thrash ancestral, nos contó uno que había vuelto transformado por la experiencia, un filósofo new age al que le robamos ochenta dólares, una revista de astrología y tres pastillas de éxtasis. Ya verán, ya verán, insistió con los ojos demasiado abiertos, ya lo escribió don Nietzsche: el oído es el órgano del miedo.

No entendimos su arranque, pero lo escuchamos porque las montañas tenían lo que deseábamos encontrar. Yo acababa de irme de mi casa, Noa se había pintado el pelo de azul. Eran tiempos de ardor, de ganas de expandirnos para ocupar un mayor espacio en el mundo.

Recuerdo las ganas. Recuerdo la sed.

Creímos poder saciarla en el paisaje engendrado por un volcán.

Según la página web de la organización, la caravana partía de Quito y el viaje en dirección al asentamiento duraba cuatro horas. Salimos de Guayaquil hacia la capital cantando como ranas cansadas de su charca, ansiosas por dejar el río y abrazar los valles, cambiar los mangles por los frailejones, las iguanas por los curiquingues. Ignorábamos lo difíciles que podían ser los cambios, la llaga que queda en uno cuando se abandona lo que es propio. Nadie se va del sitio donde alguna vez puso su atención: uno se arranca del lugar de origen llevándose un pedazo. Noa me tenía a mí y yo a ella, o eso creímos acompañándonos en la huida, preparando la mochila de la otra y escogiendo la canción apropiada para antes de partir: que «Miedo» de Rita Indiana, porque ni los grillos dormían tranquilos en la ciudad pantano; que «Me voy» de las Ibeyi, porque nosotras nos íbamos contentas a que nos meciera el cielo. La música celebra la vida, dijimos, pero también saca lo peor, aunque eso no lo podíamos todavía ni imaginar.

Nos fuimos sin darle explicaciones a nadie. Noa era distraída, así que yo me encargué de guiar nuestra llegada a Quito. Faltaban pocos días para el Inti Raymi y durante el camino hombres y mujeres con máscaras de Diabluma nos contaron historias sobre el Ruido Solar. Escuchamos sus descripciones de los rituales, de la poesía tecnochamánica, de las alucinaciones colectivas, pero sobre todo de los desaparecidos que hacían crecer la lista de personas que no regresaban a sus casas aunque sí al festival, siempre al festival, como convocados por la altura y el basalto.

Igual que ellos, nosotras fuimos llamadas al Ruido por una voz geológica: la erupción del Sangay, en el oriente, que hizo llover pájaros a ciento setenta y cinco kilómetros de distancia. Despertamos con la ciudad cubierta de ceniza y aves muertas, y también con la conciencia de que ya nada podría evitar nuestro ascenso al páramo. Nada nos detendría porque esa erupción era la tierra pronunciando nuestros nombres, dictándonos el futuro con el lenguaje del subsuelo.

Recuerdo las huellas, las caras sucias de los niños, el cielo como un pelaje de oso donde nada era visible y, más abajo, la calle llena de sapos entre las plumas.

Un paisaje invoca a otro, dicen. Una catástrofe natural, por más cruel que sea, trae consigo la resurrección. Noa y yo conocíamos ese ciclo: el de la belleza que surge del fondo del desastre, reptando, como si cargara piedras en el estómago. Siempre fue así en el vientre bravo del territorio. Aquí todos escuchan truenos de tierra y bramidos de monte, aguantan el equilibrio sobre un suelo que cabalga, jadea y muerde huesos. La boca de los enjambres, lo llaman, el sitio de los derrumbes.

Teníamos dieciocho años y ya habíamos soportado más de una docena de terremotos.

Quince volcanes erupcionaron antes de que nos hiciéramos amigas.

Treinta permanecieron activos.

En ese entonces nuestras madres regaban el piso con agua de manzanilla para hacerlo dormir. Seguían a los perros, a los gatos y a las iguanas por si anunciaban algo, por si sentían primero el pulso del polvo, la rabia abriendo de un tajo las raíces. Las dos pertenecían al grupo de autodefensa barrial. Llevaban pistolas y se reunían con los vecinos para organizar la seguridad en casos de emergencia. Por las noches, Noa y yo escuchábamos el ruido de las patrullas, de los grillos y de las balas. El país entero sufría de sismos, pero Guayaquil era peligrosa y la gente moría a diario por otras razones. Niños empuñaban armas mientras nosotras descubríamos lo que era sentirse bien con alguien distinto a uno mismo, alguien con quien hablar de lo que daba vergüenza, como la masturbación o los dolores privados. Nos reíamos, bailábamos Bomba Estéreo y Dengue Dengue Dengue! y nos contábamos la verdad: que solo conocíamos la violencia de la naturaleza y de los hombres, pero que anhelábamos la alegría y el disfrute. Una vida menos regida por la muerte.

El dolor te confronta con lo que necesitas. A Noa la había abandonado su padre cuando era pequeña y el mío era un alcohólico. Nuestras madres apenas podían mirarnos porque les recordábamos lo que no había salido bien, aunque lo que nos unía era mucho más que la falta de amor o la soledad: era la urgencia de huir lejos.

Nos vamos mañana, le dije a Noa cuando el sol hizo arder hasta las entrañas de los lagartos.

Nos vamos, me respondió, porque el aire pesa, las aves mueren y los mangles tienen un color enfermo.

Un color de interior, pensé. Caliente, del tamaño de un hígado.

El Ruido Solar se asentaba en laderas de volcanes como el Antisana, el Chalupas, el Chimborazo o el Cotopaxi. Todos los años la organización elegía uno nuevo y levantaba carpas que simulaban un pueblo perdido en el fin del mundo. No siempre conseguían los permisos, pero era difícil seguirles el paso cuando la información se mantenía escasa, casi secreta. Nada decían del lugar del festival ni del número de personas. Guardaban silencio y el público respondía trepando la carretera, esquivando baches del tamaño de niños y deslaves de roca.

Yo nunca había visto venas de piedra ni piedras de rayo.

Nunca había sentido frío bajo la lluvia.

Vimos yaguales, venados de cola blanca, cuevas ígneas, alpacas junto a las lagunas, colibríes azules, caballitos del diablo, aguas turquesas y amarillas, quishuares, conejos, pajonales, bosques, cráteres extintos, vías estrechas y vacas pastando en sus bordes.

Vimos espectros de montaña y grupos preparándose para el Inti Raymi, pero ellos no nos vieron.

La primera parte del viaje lo hicimos con unas chicas que tenían chakanas tatuadas en sus hombros. Eran de Yantzaza y llevaban el pelo largo y trenzado. Dijeron que los desaparecidos del Ruido no desaparecían realmente, sino que se quedaban en la cordillera para reclutar a nuevas personas y componer música antigua. Nadie sabía quiénes eran, pero los que subían al festival querían

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