La mordida

Malcolm Lowry

Fragmento

Título

Nota a esta traducción

Al igual que en Bajo el volcán y Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, las otras novelas de Malcolm Lowry situadas en México, nuestro idioma juega un papel importante en La mordida. Para un autor como Lowry, que pone al centro de su empresa creativa al lenguaje mismo, la aparición del español mexicano en estas obras es parte fundamental del equilibrio de tensiones que sostienen el universo novelado. Se sabe también que, a pesar de no dominar realmente el español, Lowry se empeñaba en reproducirlo con exactitud, o, incluso, con calculada inexactitud, y que los malentendidos entre los personajes que escasamente manejan la lengua del otro son siempre intencionales por parte del autor, que usó la imagen de la torre de Babel al menos en una ocasión para describir el efecto de este recurso.

En el caso particular de la traducción al español, se presenta el problema de cómo transmitir al lector esa sensación de extrañeza u otredad del lenguaje: ¿cómo impedir que tal sensación se pierda, disuelta en el mismo idioma al que se vierte la obra? En el original, las palabras, frases y, a veces, párrafos completos en español aparecen sin ningún tipo de denotación o explicación que los separe del resto del texto; por lo tanto, cualquier “separación” de lo que aparece en español en el original constituye una injerencia necesaria del traductor. ¿Cómo hacer esta intervención lo menos violenta, lo más parecida al efecto que tiene la aparición de una lengua ajena a la del lector en el original? En primer lugar, es necesario que el lector en español sepa, sin lugar a dudas, qué añadió el traductor. Por lo tanto, utilizar otros símbolos tipográficos de los que el autor también hace uso, como las comillas simples o dobles, fue excluido. Podría haber escogido omitir cualquier denotación, por supuesto, con la pérdida que implica. O bien, señalar todo el español con «comillas angulares», por ejemplo, que el autor no utiliza. Sin embargo, la primera opción me parecía una omisión grave; por otro lado, las comillas de cualquier clase siempre transmiten un cuestionamiento, por leve que sea, sobre la verdad o la exactitud de lo que se entrecomilla. La solución de marcar el texto en español con versalitas resulta extraña para el lector, que debe aprender a ignorarlas más allá de la pieza concisa de información que ofrecen. Sin embargo, esta pequeña incomodidad es quizá no muy diferente de la que siente el lector al toparse con una palabra extranjera, que se refleja en la lectura mental como una voz o un acento casi imperceptible, pero que está allí, sin duda, y que mediante esta distinción puramente visual logra transmitirse de manera transparente. Para minimizar esta intromisión se han excluido todos los nombres propios de lugares, calles, bebidas y marcas, a menos que el autor las transcriba de manera idiosincrática, como, por ejemplo, el caso de Larqueta por La Roqueta, el islote en Acapulco.

Una vez salvado el escollo de las versalitas, debo admitir que otra modificación necesaria al original, en aras de facilitar la lectura en español y no alienarlo con demasiadas innovaciones tipográficas, fue señalar los diálogos como se hace convencionalmente en nuestro idioma, con guiones largos (—) y en un nuevo párrafo, y no entre comillas dobles y muchas veces dentro del párrafo, como en inglés. El uso frecuente, variado y expresivo que hace el autor del guion largo —tanto para acotar una frase parentética como para indicar una interrupción o, incluso, separar elementos de una lista— se conservó siempre que no obstaculizara la comprensión del texto, en cuyo caso se sustituyeron guiones por otros signos equivalentes, como los puntos suspensivos. Por otra parte, en consideración al lector en nuestro idioma y a diferencia del criterio adoptado por el editor de la edición en inglés, he acentuado correctamente las palabras de las que Lowry omitió la tilde.

Esta traducción sigue la atención puntillosa del editor para presentar con exactitud los manuscritos y borradores que forman este libro y ofrecer al lector la experiencia del texto original con la mayor transparencia posible. La mordida, a pesar de ser una obra fragmentaria e inconclusa —y también gracias a esta condición, que nos revela de forma extraordinaria el trabajo de la portentosa maquinaria creativa de Lowry—, inaugura un nuevo panorama de vistas inéditas, fascinantes para cualquiera que se haya adentrado en la vida y obra de Malcolm Lowry.

Finalmente, he añadido la bibliografía de las obras del autor disponibles en español a los recursos que cita esta edición crítica, pero las referencias textuales se conservan de acuerdo con sus iniciales en el idioma original, puesto que se refieren a las ediciones en inglés; la lista puede consultarse en la sección de notas al final de este volumen.

María Vinós

Agradecimientos

Entre las muchas personas que me ayudaron con las anotaciones del texto, tengo una especial deuda de gratitud con Chris Ackerley, cuya lectura del borrador inicial de esta edición y sus notas resultaron en numerosas sugerencias para adiciones, correcciones y refinamientos. El impacto de su participación va más allá de lo que he podido reconocer dentro de las notas mismas. Jane Connolly, Lydia Herring y Phillip F. Herring aportaron asistencia invaluable para traducir y corregir los pasajes en español e identificar referencias mexicanas en el texto; sin su ayuda, esta edición no se acercaría ni remotamente a su presente forma. También agradezco a Pierre Schaeffer por corregir mis traducciones de los fragmentos en francés; a Gordon Bowker y Sherrill E. Grace por sus respuestas a mis solicitudes de información biográfica, y a Federick Asals y Paul Tiessen por sus revisiones del manuscrito y sus significativas recomendaciones para mejorarlo. Quiero agradecer en particular a Mark Pentecost, mi editor, que encontró más erratas de las que quisiera admitir y sugirió significativas mejoras tanto en el texto como en las notas.

Estoy en deuda con R. B. Kershner, que localizó un artículo al que no podía acceder a través de la red de préstamo interbibliotecario y en consecuencia me ahorró un viaje de trecientas millas en busca de un solo dato, y a Lawrence Donovan, que inesperadamente me introdujo al lib

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