La verdad oculta

Jordi Sierra i Fabra

Fragmento

Prólogo

1992

Al salir del despacho, su perfume continuó flotando en el ambiente e inundando cada contorno, esparciendo la huella de su presencia. Era como si fuese algo sólido. Tan intangible como real. Conscientemente se introdujo en el centro de aquella nube aromática, ocupando el mismo lugar que la mujer durante la despedida, mientras se estrechaban la mano. Casi era como absorberla. Su errática y difusa belleza, madura pero todavía llena de luz y elegancia, era capaz de despertar y avivar los fuegos del alma. Una mujer de las que no pasaban desapercibidas, de las que obligaban a los hombres a volver la cabeza ante ellas. Los ojos destilaban profundidad, misterio, la boca de labios rojos contrastaba con la negrura del vestido y el abrigo, la cadencia de la voz le había resultado incluso hipnótica.

Así que continuó mirando la puerta en silencio.

Lamentando su ausencia.

Ni siquiera se movió cuando Norma apareció ante él.

—Eh, despierta.

No tuvo más remedio que regresar a la realidad.

—¿Qué?

—¡Que despiertes!

—Solo estaba pensando.

—Ya.

Norma era su secretaria. Nada más. Pero llevaban demasiados años juntos, las habían pasado de todos los colores. La confianza era plena.

Y, a veces, la confianza daba asco.

—No seas mala.

La secretaria miró la puerta del despacho por la que la mujer acababa de salir.

—Toda una dama —dijo.

—Sí —concedió él.

—¿Un buen trabajo?

—Creo que sí.

—No me digas que sospecha que su marido le pone los cuernos y te ha pedido que lo sigas.

—Sabes que no parece de esas.

—Ni por asomo. —Norma se cruzó de brazos y esperó.

El perfume seguía allí, no se desvanecía. Era caro, de marca. La voz suave y firme de la mujer también daba la impresión de ser cara y de marca. La mano que acababa de estrechar, sin embargo, estaba fría.

Muy fría.

—¿Eduardo?

—Quiere que busque a una persona —se rindió él.

—Vaya —suspiró ella.

—¿Vaya qué?

—Parece un verdadero caso.

—Será que no los tenemos.

—Últimamente, no. Te estabas acartonando un poco.

—Gracias.

—No te enfades.

—No me enfado. Los «verdaderos casos» suelen ser complicados. Este, desde luego, no va a ser fácil. Me ha dado muy pocos datos, un par de nombres y poco más. Y ha sido un tanto…, no sé, hermética, como si no quisiera explicar más de lo que ha contado. Solo lo justo e imprescindible. Eso implica secretos.

—¿Te ha dado un buen anticipo?

—El doble de lo normal. Y carta blanca para los gastos.

Norma levantó las cejas.

—Podías haber empezado por ahí.

—No seas materialista. La primera vez que te vi me dijiste que trabajar con un detective privado te parecía algo romántico.

—Era joven e inexperta. Ahora soy una mujer casada con una hipoteca y un marido en la cuerda floja por la reducción de personal de su empresa. ¿Te ha dicho por qué iba de luto?

—No.

—¿Y el nombre?

—Señora Canals.

—¿Nada más?

—Nada más. Salvo un teléfono para llamarla.

—¿Y a quién has de buscar?

—A alguien del que no sabe nada desde que nació, en 1960.

—¿En serio? —Y repitió—: ¿1960?

—Ya te he dicho que no iba a ser fácil.

—Estamos en 1992. Han pasado treinta y dos años —continuó expectante Norma.

Eduardo se encogió de hombros.

—Tú lo has dicho, parece un verdadero caso —sonrió.

Ella hizo la última pregunta.

—¿Cómo se llama esa persona a la que has de buscar?

Capítulo 1

Febrero de 1959

1

La maleta era pequeña, de cartón, y, como tenía los cierres estropeados, la había atado con cuerdas, una a cada lado. El asa, también rota, había sido sustituida por un puente entre las dos cuerdas laterales. No pesaba, porque la ropa era mínima, pero de tanto cargarla ya tenía la mano roja y dolorida por el roce. Con el otro brazo, a la altura del codo, levantando el puño hacia arriba, sostenía el hato hecho con un gran pañuelo de tela negra, con los cuatro bordes anudados. Abultaba y era, más que nada, incómodo. Así que, entre la una y lo otro, bastante tenía con seguir su camino.

—La casa está cerca de la estación. A pie, diez minutos —le habían dicho.

Llevaba veinte y tuvo que parar para subirse las solapas del abrigo al arreciar el viento. Cuanto más viento, más frío.

Y menos mal que, pese a lo oscuro del cielo, no llovía.

Le parecía imposible que la temperatura fuera más gélida que en el pueblo. Creía que, al estar a la orilla del mar, sería diferente. Y no. El frío de Barcelona era húmedo, calaba, se metía en los huesos y la hacía estremecer desde que había bajado del tren.

¿O era el miedo?

—No te van a comer. Tú tranquila. Trabaja duro y en dos días ya estarás adaptada. Imagínate, ¡Barcelona!

Allí estaba, por fin.

Por si acaso, preguntó una segunda vez. Escogió a una mujer que cargaba la bolsa de la compra. La primera vez, al salir de la estación, el hombre al que abordó la miró de arriba abajo. Le dijo por dónde tenía que ir, pero al separarse le oyó rezongar en voz alta:

—¡Otra! ¡Se nos va a llenar esto y en dos días ni cabemos!

La mujer fue más educada o, al menos, respetuosa. Le dijo que siguiera subiendo, todo recto, pero que tuviera cuidado al llegar al cruce con la avenida, porque entonces tenía que torcer a la izquierda.

—¿Y falta mucho? —le preguntó.

—No, cinco minutos.

Cinco minutos más.

Se detuvo en una esquina cuando el guardia urbano instalado en la confluencia de las dos calles cortó el paso para que se movieran los vehículos del otro lado. Un enjambre formado por varios coches, todos de color oscuro, algunas motos, un carro, un trolebús y un tranvía se movió por delante de ella como si fueran los peces de una corriente sólida. El tranvía hizo sonar la campani

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