La guitarra azul

John Banville

Fragmento

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Llamadme Autólico. Bueno, no, mejor no. Aunque, al igual que ese triste payaso, sea un recolector de bagatelas. Que es una manera elegante de decir que robo. Siempre lo he hecho, hasta donde alcanza mi memoria. Puedo asegurar con justicia que fui un niño prodigio en el bello arte del hurto. Es mi vergonzoso secreto, uno más de mis vergonzosos secretos, de los que no me siento, sin embargo, tan avergonzado como debería. No robo por lucro. Los objetos, las cosas de las que me apropio —ese es un bonito verbo, formal y remilgado— son por lo general de escaso valor. A menudo sus dueños ni siquiera los echan en falta. Eso me molesta, me suscita dudas. No pretendo decir que desearía ser descubierto, pero sí que la pérdida fuera notoria; es importante que sea así. Importante para mí, quiero decir, y para la magnitud y legitimidad de… ¿cómo decirlo? De la proeza. El esfuerzo. El acto. Os pregunto: ¿qué sentido tiene robar si nadie percibe que algo ha sido robado?

En otro tiempo pintaba. Esa era mi otra pasión, mi otra inclinación. En otro tiempo fui artista.

¡Ja! La palabra que he escrito primero no ha sido artista, sino carterista. Un lapsus. Un desliz. Acertado en cualquier caso. Fui artista y ahora soy ladrón. Ja.

Debería detenerme antes de que sea demasiado tarde. Pero ya es demasiado tarde.

Orme. Ese es mi nombre. A algunos de vosotros, amantes del arte, enemigos del arte, tal vez os suene de tiempos pasados. Oliver Orme. Oliver Otway Orme, para ser precisos. OOO. Un disparate. Podrían colgarlo sobre la puerta de una casa de empeños[1]. Otway, por cierto, en honor a la calle anodina donde mis padres iniciaron su vida como pareja cuando eran jóvenes y donde muy probablemente me concibieron. Orme es un buen nombre para un pintor, ¿no es cierto? Un nombre de artista. Quedaba bien en la esquina inferior derecha del lienzo, discretamente diminuto pero sin que fuese posible no advertirlo: la O, el ojo de un búho; la r, con un aire art nouveau y más similar a la tau griega; la m, unos hombros contoneándose con alegre regocijo; la e como… Buf, no sé como qué. O sí, sí lo sé: como el asa de un orinal. Ahí me tenéis. Orme, el magistral pintor que ya no pinta nada.

Lo que quiero contar es

Hoy hay tormenta, los elementos andan enfurecidos. Violentas ráfagas de aire golpean la casa, hacen estremecer sus antiguas vigas. ¿Por qué razón ese tiempo me recuerda siempre mi infancia? ¿Por qué me hace sentir como si hubiese regresado al pasado, el pelo rapado, los pantalones cortos, un calcetín caído? Se supone que la infancia es una época dorada, pero la mía parece haber sido un largo otoño con el temporal zarandeando las grandes hayas que se levantan en la parte trasera de esta vieja casa del guarda, igual que sucede ahora mismo, los grajos sobrevolando las hayas en azarosos círculos, como fragmentos carbonizados de una hoguera, y el último y cálido destello del ocaso en el horizonte. Es más, estoy harto del pasado, de desear estar allí y no aquí. Cuando me encontraba allí, no veía el momento de escapar de mis grilletes. Estoy cerca de los cincuenta y me siento como si tuviera cien, cargado de años.

Lo que quiero contar es lo siguiente: he tomado una decisión, estoy resuelto a capear el temporal. El interior. No me encuentro bien, está claro. Me siento como un despertador al que un durmiente enfurecido, alguien enfurecido porque le han sacado de su sueño, hubiese propinado tal golpe que todos los resortes y ruedecillas se hubieran soltado. Estoy totalmente desvencijado. Debería ir a Marcus Pettit para que me reparara. Ja, ja, ja.

Ya se habrán dado cuenta de mi ausencia al otro lado del estuario. Se estarán preguntando dónde he ido a parar —eso mismo me pregunto yo—, sin imaginar lo cerca que me encuentro. Polly se hallará en un estado deplorable, sin nadie con quien poder hablar y en quien confiar, sin nadie a quien acudir en busca de consuelo excepto Marcus, cuyo consuelo es dudoso que pida, dada la situación. Ya la echo de menos. ¿Por qué me fui? Porque no podía quedarme. La imagino en su diminuto salón sobre el taller de Marcus, acurrucada frente a la chimenea en la turbia luz de esta tarde de finales de septiembre, las rodillas brillantes por las llamas y las espinillas moteadas de figuras romboidales. Estará mordisqueándose inquieta la comisura de la boca con esos pequeños y afilados dientes que siempre me recuerdan trocitos de brillante azúcar en el pudin de Navidad. Ella es, fue, mi adorado pudin. Y me planteo una vez más: ¿por qué me marché? Menuda pregunta. Sé por qué me fui, sé muy bien por qué y debería abandonar esta farsa de que no lo sé.

Marcus estará en el taller, en su banco. También me lo imagino a él: con su chaleco de cuero, concentrado y respirando apenas, la lente de joyero encajada en la cuenca del ojo, manejando sus diminutos instrumentos, que en mi fantasía se convierten en un escalpelo y un fórceps de acero, diseccionando un Patek Philippe. Aunque es más joven que yo —tengo la impresión de que todo el mundo es más joven que yo—, su pelo ha empezado a clarear y a encanecer y, veis, ahora le cae en livianos mechones a ambos lados del estrecho y virtuoso rostro inclinado, agitándose con cada espiración suya, agitándose leve, muy levemente. Hay algo en él que recuerda al Durero del andrógino autorretrato de tres cuartos con los tirabuzones leonados, la boca como un capullo de rosa y esa desconcertante mirada seductora. En el futuro, tal vez recuerde a uno de los Cristos dolientes de Grünewald.

—El trabajo, Olly —me dijo con tristeza—, el trabajo es lo único que me distrae de mi agonía.

Esa es la palabra que utilizó: agonía. Me sonó extraño incluso en aquellas terribles circunstancias, más una pose que una palabra. Pero el dolor atrae la elocuencia… Miradme a mí, escuchadme a mí.

La niña también está allí, en alguna parte, la Pequeña Pip, como la llaman siempre, nunca Pip a secas, siempre la Pequeña Pip. Es verdad que es bastante diminuta, pero ¿y si se convierte en una amazona cuando crezca? La Pequeña Pip, la Dulce Giganta. No debería burlarme, lo sé, es el cosquilleo de los celos, los celos y una triste amargura. Gloria y yo tuvimos un bebé, aunque por muy poco tiempo.

¡Gloria! Hasta este momento se me había ido su nombre de la cabeza. También ella estará preguntándose dónde diablos me encuentro. Dónde diablos.

Maldita sea, por qué todo tiene que ser tan difícil.

Voy a rememorar la noche en que me enamoré finalmente de Polly; finalmente y por primera vez, quiero decir. Lo que sea para evitar pensar, aunque pensar en el amor es lo que debería evitar, teniendo en cuenta el embrollo en que el amor me ha metido. Sucedió en la cena anual de la Asociación de Relojeros, Cerrajeros y Orfebres. Gloria y yo habíamos ido como invitados de Marcus. Gloria muy a su pesar, debo aclarar, porque ella es tan reacia como yo al aburrimiento y a lo tedioso en general. Estábamos sentados con Marcus y Polly en su mesa, junto a otras personas a las que no prestamos ninguna atención. En el menú, bistec, carne asada de cerdo y patatas, por supuesto, cocidas, en puré, asadas y fritas; sin olvidar los consabidos beicon y repollo. Tal vez fuese el leve hedor a carne chamuscada lo que me perturbó; eso y el humo de las velas en las mesas y los estruendosos borborigmos del trío que tocaba. A m

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