Finales que merecen una historia

Albert Espinosa

Fragmento

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Siempre trabajo con finales, sea en cine, en televisión, en teatro o en libros. Los finales me encantan. Un buen final merece una historia, siempre lo he creído.

Me encantan los relatos, las historias pequeñas de tres a ocho páginas, que te hacen pensar, reír, llorar o emocionarte. Un buen relato puede alegrarte un mal día porque las historias pequeñas en ocasiones resumen un gran sentimiento que reside en nuestro interior y que se convierte en nuestra mejor medicina.

Me encantaría que estos relatos fueran terapéuticos y os ayudaran con alguna emoción estancada. Desearía que os sintierais acompañados, cuidados y queridos en cada página. Todos los personajes pertenecen a mi mundo. Son personas amarillas. AMAR Y YA. Y es que el secreto de este mundo es amar. Y todos estos personajes desean hacerlo. Algunos lo logran y otros no.

Antes de cada relato encontraréis unas citas en forma de introducción que no son mías, sino de una mujer muy especial que conocí cuando ella tenía noventa y cuatro años y que me educó para ser valiente en la vida. Creo que es justo que os traspase su filosofía tan especial que marcó mi adolescencia. Y en la misma página he colocado una frase célebre de maestros que ya han desaparecido, pero cuyas reflexiones me producen una emoción semejante a ese final que merece una historia.

Solamente en dos relatos, «Chicos que soñamos batallas» y «El rugido del León», he puesto mis reflexiones personales. Son historias tan cercanas que quería introducirlas yo mismo.

Ha sido difícil elegir estos relatos porque deseaba que fueran especiales, que estuvieran relacionados entre ellos y que tuvieran un aroma propio que los hiciera únicos. Ha sido como crear un CD. Tenía muchos finales que merecían una historia y dejar casi la mitad fuera ha sido doloroso. Pero no todos podían estar, sólo unos pocos de los cientos que he escrito durante estos últimos años podían ser los elegidos.

He escogido estos veinte porque existe una conexión entre todos ellos. No os quiero adelantar nada, pero creo que cuando los leáis notaréis la relación que hay entre ellos y cómo supuran una energía especial. Este libro tiene parte de mí. Muchos relatos son experiencias que me han pasado o me han contado. Jamás escribo un final si no lo he vivido o no me lo han relatado de primera mano durante horas para entenderlo a la perfección.

Y es que los finales deben comprenderse bien. Al fin y al cabo, todos nosotros tendremos un final que debemos conseguir que esté a la altura de nuestra historia.

Yo creo que mi final será dentro de pocos años. El médico que me operó de pequeño me dijo que cuando llegase a mis cincuenta, debido a las muchas sesiones de quimio que me habían dado, mi edad sería equiparable a los ochenta o los noventa de cualquier otra persona. Ahora tengo cuarenta y seis y sé que mi final estará cerca, por ello lo vivo intensamente cada día. A los cincuenta me retiraré de escribir: me quedan cuatro libros y cada uno de ellos tendrá un sentido en mi vida.

Saber cuándo llegará tu final es una recompensa enorme, siempre he creído que he tenido una vida increíble. He perdido una pierna, un pulmón y parte del hígado... He perdido amigos, amarillos, pulseras, compañeros de habitación, luchadores de vida... Pero he ganado comprender desde muy pequeño el sentido de este universo gracias a los finales de esas personas especiales que he conocido y que están a la altura de su historia.

Siempre que escribo finales recuerdo a quienes he visto marchar y han marcado mi sonrisa, mi optimismo y mi vida. Porque nadie, al irse, está triste; todos sonríen, porque descubren su verdad.

Dentro de esta colección de relatos encontraréis mis historias favoritas. Amo a Ben, el niño que quería saber cuál era su regalo de Navidad y acaba descubriendo la verdad sobre este mundo. Al payaso que porta demasiado dolor y busca encontrar su final épico para que desaparezca ese sentimiento. Y también tendrás el final del verdadero León, que en su día dio mecha a toda esa bella aventura que fue Pulseras rojas.

Y aunque me da mucha vergüenza, también publicaré el único relato que escribí cuando aún tenía cáncer y no sabía si lo superaría. Fue lo primero que creé. Lo he puesto cerca de «El rugido del León» porque no deja de ser el inicio y el final de un sexenio importante de mi vida.

Y es que la vida funciona en forma de sexenios.

Deseo contaros esta teoría que aprendí en el hospital y que pienso que es el gran secreto para ser positivo cuando la vida te golpea con fuerza y que me regaló esa dama de noventa y cuatro años a la que adoré.

Ella es la persona que encontraréis en el relato «Lo que perdimos en el fuego renacerá en las cenizas», que también es el subtítulo de este libro.

Ella me enseñó que «Todo en esta vida se compone de ciclos de seis años que empiezan y acaban con una enorme pérdida o una gran ganancia».

Me hizo comprender que la vida es aprender a perder lo que ganaste. A amar esos finales. Y siempre lo remataba con esa frase: «Lo que perdimos en el fuego renacerá en las cenizas».

Era tan sabia... La perdí con noventa y cuatro años. Fue su último sexenio. Y coincidió con el inicio de mi primer sexenio de vida adulta. Y es que los sexenios de aquellos a los que amas te contagian y te modifican.

Gracias a ella sé que cada seis años ese fuego destruirá cosas y en esas cenizas renacerán otras.

Puedes negarlo o aceptarlo. Yo lo he aceptado. Cuando se acercan esos días clave de esos años puente, me preparo para que no me pillen desprevenido y así saber transformar las pérdidas en ganancias.

Espero que disfrutéis mucho con estos finales que merecen una historia y también con esas frases que inician cada cuento y que pertenecen a una de las mujeres más sabias de este mundo.

Estas historias no dejan de ser casi como películas, es por ello que antes de cada relato encontraréis unos bellos e increíbles pósters sobre cómo podría ser el cartel de ese film. Os he de decir que uno de estos finales pronto lo podréis ver convertido en una película.

Nos vemos en el epílogo.

ALBERT ESPINOSA

Barcelona, octubre de 2018

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No había Nochebuena que el matrimonio Hunting no celebrase con una gran fiesta. Les encantaba invitar a amigos y preparar un cóctel. Pero la Navidad de 1929 fue especial.

El pequeño Ben, de seis años, estaba en la cama, con su pijama de triángulos y estrellas, soñando con los regalos que le traería Papá Noel. Su madre intentaba que se durmiese antes de la llegada de los invitados. El niño no paraba de preguntar: «¿A qué hora llega Papá Noel? ¿Se acordará de lo mío?».

Pregunta tras pregunta se quedó dormido. Sus padres cerraron la pu

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