El lápiz del carpintero

Manuel Rivas

Fragmento

Indice

Índice

Portadilla

Índice

Agradecimientos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Notas

Sobre el autor

Créditos

dedicatoria

AGRADECIMIENTOS

A Chonchiña, y en memoria de su gran amor Paco Comesaña, el doctor Comesaña, que luchó contra el mal de aire.
A Ánxel Vázquez de la Cruz, médico de niños.
Sin ellos, no nacería esta historia.


También en la memoria de Camilo Díaz Baliño, pintor asesinado el 14 de agosto de 1936, y de Xerardo Díaz Fernández, autor de Os que non morreron y A crueldade inútil, que murió en el exilio de Montevideo.

Con mi gratitud a los doctores Héctor Verea, que me guió en la enfermedad tísica, y Domingo García-Sabell, que me acercó a la cautivadora personalidad de Roberto Nóvoa Santos, el maestro de la patología general, muerto en 1933.
También me fue de mucha utilidad la consulta de las investigaciones históricas de Dionisio Pereira, V. Luis Lamela y Carlos Fernández.

A Juan Cruz, quien sencillamente dijo: ¿Por qué no escribes esa historia? Y me hizo llegar por medio de Rosa López un bonito lápiz de carpintero chino.

A Quico Cadaval y Xurxo Souto, que respiran cuentos y luz de niebla.
A Xosé Luis de Dios, que con su pintura me recordó a las lavanderas.
Y a Isa, en los peñascos de Pasarela, en los colmenares de Cova de Ladróns.

cap1

1.

Está arriba, en la galería, escuchando a los mirlos.

Carlos Sousa, el periodista, dijo gracias cuando ella lo invitó a pasar con el gesto de una sonrisa. Sí, gracias, pensó mientras subía la escalera, a la puerta de cada casa debería haber dos ojos como ésos.

Sentado en una silla de mimbre, junto a una mesa camilla, con la mano posada en el libro abierto como quien hace suya y medita una página brillante, el doctor Da Barca miraba hacia el jardín, envuelto en un aura de luz invernal. La estampa sería apacible si no fuera por la mascarilla de oxígeno. El tubo que lo unía a la bombona pendía sobre las flores blancas de las plantas de azalea. A Sousa la escena le pareció de una inquietante y cómica melancolía.

Cuando se dio cuenta de la visita, alertado por el crujir de las tablas del suelo de la sala, el doctor Da Barca se levantó y se quitó la mascarilla con una sorprendente agilidad, como si fuese el mando de una consola infantil. Era alto y ancho de hombros, y mantenía alzados los brazos en arco. Parecía que su función más natural era la del abrazo.

Sousa se sintió perplejo. Iba con la idea de que se trataba de visitar a un agonizante. Afrontó incomodado el encargo de arrancarle sus últimas palabras a un anciano de vida agitada. Pensaba escuchar un hilo de voz incoherente, la lucha patética contra el mal de Alzheimer. Jamás habría podido imaginar una agonía tan luminosa, como si en realidad el paciente estuviese conectado a un generador. No era ésa su enfermedad, pero el doctor Da Barca tenía la belleza tísica de los tuberculosos. Los ojos agrandados como lámparas veladas de luz. Una palidez de loza, barnizada de rosa en las mejillas.

Aquí tienes al reportero, dijo ella sin dejar de sonreír. Fíjate qué jovencito.

No tan joven, dijo Sousa, mirándola con pudor. Ya fui más de lo que soy.

Siéntese, siéntese, dijo el doctor Da Barca. Estaba paladeando este oxígeno. ¿Le apetece un poco?

El reportero Sousa se sintió algo aliviado. Aquella bella anciana tras la llamada de la aldaba, que parecía escogida para un capricho por el cincel del tiempo. Aquel grave enfermo, hospitalizado hasta hacía dos días, animoso como un campeón ciclista. En el periódico le habían dicho: Hazle una entrevista. Es un viejo exiliado. Cuentan que hasta trató al Che Guevara en México.

¿Y eso hoy a quién podría importarle? Sólo a un jefe de información local que por las noches lee Le Monde Diplomatique. Sousa aborrecía la política. En realidad, aborrecía el periodismo. En los últimos tiempos había trabajado en la sección de sucesos. Estaba quemado. El mundo era un estercolero.

Los larguísimos dedos del doctor Da Barca aleteaban como teclas con vida propia, como prendidas al órgano por una vieja lealtad. El reportero Sousa sintió que esos dedos lo estaban explorando, percutiendo en su cuerpo. Tuvo la sospecha de que el doctor analizaba con las linternas de sus ojos el significado de sus ojeras, de aquellas prematuras bolsas en los párpados, como si él fuese un paciente.

Y podría serlo, pensó.

Marisa, corazón, ponnos algo de beber para que salga bien la necrológica.

¡Qué cosas tienes!, exclamó ella. No hagas esas bromas.

El reportero Sousa se iba a negar, pero se dio cuenta de que sería un error rechazar un trago. Hacía horas que se lo estaba pidiendo el cuerpo, un trago, un maldito trago, se lo estaba pidiendo desde que se había levantado, y en aquel momento supo que había dado con uno de esos hechiceros que leen en la men

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