Ojos azules

Toni Morrison

Fragmento

HEAQUILACASAESVERDEYBLANCAT IENEUNAPUERTAROJAESMUYBONIT AESMUYBONITABONITABONITABO

NITABONITABO

Hay un almacén abandonado en la esquina sudeste de Broadway y la calle Treinta y cinco, en Lorain, Ohio. No se confunde con el cielo plomizo que le sirve de fondo ni armoniza con el marco de casas grises y negros postes telefónicos que lo rodea. Más bien se introduce solapadamente en la visión del transeúnte de una forma que es a un tiempo irritante y deprimente. Los forasteros que llegan a esta pequeña población en coche se preguntan por qué el almacén no habrá sido derribado, mientras que los peatones, que suelen residir en el vecindario, simplemente miran hacia otra parte cuando pasan por delante de él.

En cierta época, cuando el edificio alojaba una pizzería, la gente no veía más que adolescentes de paso lento apiñados en la esquina. Aquellos chicos se reunían allí para rascarse la entrepierna, fumar cigarrillos y planear inocentes desafueros. Inhalaban profundamente el humo de aquellos cigarrillos, forzándolo a invadir sus pulmones, sus corazones, sus muslos, y acorralar el temple y la energía de su juventud. Se movían despacio, reían despacio, pero sacudían la ceniza de sus cigarrillos con excesiva premura, con demasiada frecuencia, revelándose ante cualquiera como novicios en el hábito. Antes, sin embargo, del rumor de sus mugidos y la exhibición de su fatuidad, el edificio estuvo arrendado a un pastelero húngaro, modestamente famoso por sus brioches y sus panes de especias. Antes aún, hubo allí las oficinas de una agencia inmobiliaria, y previamente lo habían utilizado unos gitanos como base de operaciones. La familia gitana dio a la gran luna del escaparate más carácter y distinción que los que tuvo nunca. Las chicas de la familia se turnaban en sentarse entre las cascadas de colgaduras de terciopelo y tapices orientales que pendían del techo. Miraban al exterior y ocasionalmente sonreían o guiñaban un ojo o hacían gestos de invitación, aunque esto último en muy raras circunstancias. Generalmente se limitaban a mirar, y sus elaboradas vestiduras, de largas mangas y larga falda, disimulaban la desnudez que se erguía en sus ojos.

Tan fluida había sido la población en aquella zona que probablemente no hay nadie cuyos recuerdos lleguen muy lejos, a la época precedente a la de las gitanas y a la de los adolescentes, cuando los Breedlove vivían allí, instalados todos juntos en la parte delantera del almacén. Pudriéndose juntos en los escombros del capricho de un corredor de fincas. Inadvertidos, entraban y salían de aquel cajón de un gris descascarillado, sin dejar ninguna impresión en el vecindario, sin causar alboroto en la mano de obra, sin levantar olas en la oficina de la alcaldía. Cada miembro de la familia en su propia célula de conciencia, cada uno confeccionando su propia realidad como se confecciona una colcha de retales: a copia de recoger fragmentos de experiencia aquí, pedazos de información allá. De las ínfimas impresiones que se entresacaban unos a otros crearon un sentimiento de pertenencia mutua y trataron de arreglárselas con el concepto que cada uno tenía de los demás.

El plano de la vivienda era tan poco imaginativo como podía esperarse de un propietario griego de primera generación. La amplia superficie de «almacén» estaba dividida en dos habitaciones por medio de tabiques de fibra de cartón que no llegaban hasta el techo. Había un cuarto de estar, que la familia llamaba cuarto delantero, y el dormitorio, donde toda la vida transcurría. En el cuarto delantero se encontraban dos sofás, un piano vertical y un pequeño árbol de Navidad artificial que llevaba allí, decorado y cubierto de polvo, un par de años. El dormitorio tenía tres camas: una estrecha cama de hierro para Sammy, de catorce años, otra para Pecola, once años, y una cama doble para Cholly y la señora Breedlove. En el centro del dormitorio, a fin de que el calor se distribuyera por igual, se había instalado una estufa de carbón. Baúles, sillas, una mesa auxiliar y una gran caja de cartón que hacía los oficios de armario ropero estaban arrimados a las paredes. La cocina, situada detrás, era una habitación aparte. En cuanto a facilidades higiénicas no existía ni una, excepto un retrete, inaccesible a la vista, si no al oído, de los moradores.

Y nada queda por contar del mobiliario y accesorios. En conjunto lo eran todo menos descriptibles, como resultado de haber sido concebidos, fabricados, despachados y vendidos en diversos estados de irreflexión, avaricia e indiferencia. Los muebles habían envejecido sin haberse hecho familiares. Las personas que los habían poseído nunca los conocieron. Nadie había perdido una moneda o un broche entre los cojines de los sofás ni recordado el lugar y el momento de la pérdida o del hallazgo. Nadie había chasqueado la lengua y dicho: «¡Pero si lo tenía hace apenas un minuto! Estaba sentada ahí hablando con...» O bien: «¡Aquí está! Habrá resbalado mientras le daba el biberón a la niña.» Nadie había parido en ninguna de aquellas camas; nadie recordaba con afecto los descascarillados de la pintura porque eran los puntos que el bebé rascaba cuando aprendió a levantarse solo. Ningún chico de espíritu ahorrativo se había guardado un chicle mascado pegándolo debajo de la mesa. Ningún borracho feliz —un amigo de la familia, con el cuello grueso, soltero, ya sabes, pero, ¡Dios mío, cuánto come!— se había sentado al piano y tocado You Are My Sunshine. Ninguna muchacha había mirado el arbolito de Navidad y recordado cuándo lo decoró, o pensado si aquella bola azul se aguantaría, o si ÉL volvería algún día para verlo.

No había recuerdos entre aquellas piezas. Por supuesto, ningún recuerdo que abrigar. Ocasionalmente un detalle provocaba una reacción física: un aumento de la irritación ácida en el tramo superior del tracto intestinal, un ligero sofoco o transpiración en la nuca si se mencionaban determinadas circunstancias concernientes a la pieza de mobiliario. El sofá, por ejemplo. Había sido comprado nuevo, pero la tela se había rajado en el dorso de punta a punta a la hora de entregarlo. La tienda no quiso asumir la responsabilidad...

Aliento de Listerine y Lucky Strike:
—Oiga, mire, amigo. Estaba perfecto cuando lo cargué en el camión. La empresa no puede hacer nada a partir del momento en que...

Ojos suplicantes y testículos apretados: —Pues yo no me quedo un sofá roto si lo he comprado nuevo.

—Mala suerte, amigo. Ha tenido muy mala suerte.

Tú puedes detestar un sofá, por supuesto; es decir, si eres capaz de detestar un sofá. Pero no importa. Pese a ello tienes que reunir 4,80 dólares al mes. Si has de pagar 4,80 dóleres al mes por un sofá que empezó tarado, mala cosa, y humillante; poseerlo no te causará la menor alegría. Y la falta de alegría apesta y lo invade todo. La peste te impedirá pintar los tabiques de fibra de cartón, reparar el asiento de la silla con una pieza de tela a juego, e incluso zurcir el desgarrón del sofá, que se convertirá en un chirlo grande y por último en una grieta abismal que pone en evidencia la mala calidad de la estructura y la todavía peor del tapizado. Ello elimina el reconfortante placer de una siesta en aquel sofá. Impone una nota furtiva en el amor que se hace sobre él. Es como el diente dolorido que no se contenta con doler aislado, sino que difunde su dolor a otras partes del cuerpo: te dificulta la respiración, te limita la visión, te altera los nervios; de igual modo un mueble que detestas produce un inquietante malestar que se va afirmando por toda la casa y mata el deleite de cosas que aparentemente no están relacionadas con él.

La única cosa viva en la casa de los Breedlove era la estufa de car

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