El conformista

Alberto Moravia

Fragmento

Prólogo

Prólogo

«Fascismo es maldad más sentido del deber», afirma Michele, uno de los personajes de La campesina. Y maldad y sentido del deber tejen las entretelas anímicas de Marcello. En lo que a la maldad se refiere, forzoso es detenerse en la noción que Alberto Moravia tenía de esa compulsión humana que conduce a provocar el daño ajeno: lejos de considerarla una categoría ética absolutamente distinta de su contraria, la bondad, y a separar el bien y el mal como contrario, el novelista italiano abogaba por su ambigüedad, y en ocasiones por su inexistencia. Devoto lector y admirador de Dostoievski, Alberto Moravia confesaba que era el novelista ruso quien más influencia había tenido en su concepción del alma y a quien debía el hecho de haberse anticipado a Sartre y a Camus en su formulación del existencialismo. (Recordemos que Moravia publicó su primera novela, Los indiferentes, diez años antes de que Jean-Paul Sartre publicara La náusea y que Albert Camus diera a la prensa El extranjero). Según sus propias palabras, Dostoievski le descubrió la ambigüedad del crimen y una idea del mal completamente distinta de la tradicional. «Dostoievski —declaró Moravia— comprendía que el mal no existía de manera aislada, que todos éramos culpables e inocentes al mismo tiempo.» Sin embargo, el hombre puede, y debe, optar por el sentido moral de sus actos: esa es una de las máximas del existencialismo, teoría filosófica centrada en el principio de que la existencia se anteponía a la esencia del ser y fijaba la acción como atributo primordial del hombre. De ahí —ya en la formulación sartriana que tanta influencia tuvo en la novela y en las conciencias de izquierda de la sociedad europea posterior a la segunda guerra europea—, la importancia del «compromiso»: el hombre se definía no por sus creencias ni por sus sentimientos, sino por sus actos, y en capacidad de elegir de una determinada manera y no de otra radicaba su «humanidad». En este sentido, Moravia aceptó, en diversas ocasiones, el calificativo de escritor existencialista; pero, rechazando para sí la condición de teórico de esta filosofía y ciñéndose a su profesión de mero novelista (pero ¡qué novelista!), prefería autodenominarse autor «existencial», refiriéndose a que su cometido consistía en exponer las vivencias del existencialismo a través de personajes de carne y hueso.

Volviendo a la definición que del fascismo formula Michele en La campesina («el fascismo es maldad más sentido del deber»), diríamos que la maldad anida en Marcello, el protagonista de El conformista, a quien, ya en las primeras páginas de la novela, conoce el lector como un niño que disfruta destrozando objetos, pisoteando plantas que le parecen hermosas o torturando y matando lagartijas. El niño Marcello, hijo de la burguesía decadente que ha protagonizado la ascensión del fascismo en la Italia anterior a la Segunda Guerra Mundial, sentía «al hacer eso redoblar su vitalidad y casi la deliciosa complacencia que inspira la liberación de una energía demasiado tiempo contenida; pero, al mismo tiempo, no sabía qué exacta sensación de poder y de justicia. Como si aquellas plantas hubieran sido culpables y él las hubiera castigado y al mismo tiempo hubiera notado que poseía el poder de castigarlas». No obstante, aunque a esa edad infantil Marcello es cruel sin remordimientos ni vergüenza, «con toda naturalidad, porque de la crueldad obtenía los únicos placeres que no le parecían insípidos», el carácter prohibido de sus pasatiempos no le era del todo ignorado, ya que vive temeroso de que alguien le sorprenda en sus acciones. Se trata de un sentimiento que, de manera instintiva, va despertando en él hasta sentirse abocado a la vergüenza y a la culpabilidad. Una culpabilidad que irá en aumento, sobre todo a partir de un accidente que marcará su vida (el disparo de una pistola, que él sostiene entre sus manos, contra Lino, un chófer que intenta abusar de él, a la salida del colegio), pero que desaparecerá en cuanto, ya escolar, descubra lo sosegante que le resulta acatar el orden imperante, someterse a la normas dictadas por la autoridad académica y, sobre todo, gustar a los demás. Adolescente mediocre en sus estudios, afeminado, dominado por «un deseo de gustar llevado hasta el servilismo y la coquetería», Marcello pasa a ser, a los treinta años, un joven seguro de sí mismo, desenvuelto, que no guarda ninguna relación con el niño que fue y recuerda sin asomo de sentimiento de culpa su incidente con Lino. («Recordó que a los trece años había sido un muchacho tímido, un poco femenino, impresionable, desordenado, fantasioso, impetuoso, pasional; ahora, en cambio, a los treinta, era un hombre en absoluto tímido, más bien al contrario, perfectamente seguro de sí, del todo masculino en gustos y en actitudes, sereno, ordenado hasta el exceso, casi falto de imaginación, controlado, frío.») Más bien gris, se siente satisfecho de haber conseguido lo que quería: ser un hombre normal. Afán, el de ser un hombre común y corriente, que seguirá marcando el horizonte de su existencia, deseando sentirse completamente integrado en el seno de la sociedad en la que vive (una sociedad dominada por el fascismo), comulgando con la mentalidad y la moral imperante. Para ello, para sentirse acorde con el sentir de los demás, el hombre gris, metódico, obediente que Marcello ha logrado ser, se someterá servilmente a la ideología en el poder, trabajando como funcionario de los servicios secretos de la policía. Y para ser como los demás, para rechazar el fantasma de la anormalidad, abrazará la causa fascista, de la que es un representante perfecto.

«El fascismo es maldad más sentido del deber.» La frase de Moravia, en boca de uno de los personajes de La campesina, casa como anillo al dedo a Marcello. Al sentido del deber han apelado siempre los nazis alemanes ante los tribunales encargados de juzgarles por sus crímenes durante la Segunda Guerra Mundial. Así sucedió con Eichmann, cuando fue juzgado en Jerusalén. Y así ocurrió con todos los criminales nazis a la hora de responder a las acusaciones que pesaban sobre ellos por el genocidio contra los judíos. Cumplían órdenes. Recordemos la polémica que provocó la publicación del libro de Hanna Arendt, titulado Eichmann en Jerusalén, en cuyas páginas apareció un Eichmann que no era sino un hombre vulgar, un hombre normal y corriente, ni mejor ni peor que otros, un hombre que, simplemente, se había limitado —según su propio criterio— a cumplir órdenes. De ahí el concepto de «banalidad del mal» acuñado entonces por la autora. Concepto que encaja perfectamente con el caso de Marcello. Un hombre común, que se alegra de las noticias que llegan de la guerra civil española anunciando la victoria de Franco; un hombre normal y corriente que se casa con una pequeñoburguesa normal y corriente, de la que no está enamorado, para formar una familia normal y corriente, y que aprovecha su viaje de bodas a París (destino del viaje de bodas de todas las parejas normales y corrientes) para perpetrar el asesinato de un hombre inocente. Para Marcello, el cumplimento del deber no guarda relación con

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