Armonía letal

Lincoln Child

Fragmento

Índice

Índice

Portada

Armonía letal

Agradecimientos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Epílogo

Notas

Biografía

Créditos

Para Veronica

Agradecimientos

Agradecimientos

Son muchas las personas que han aportado sus conocimientos a este libro. Deseo dar las gracias a mi amigo y editor en Doubleday, Jason Kaufman, por sus mil formas —grandes y pequeñas— de ayudarme. También a sus colegas Jenny Choi y Rachel Pace.

El doctor Kenneth Freundlich me ofreció una información inestimable sobre los tests psicológicos y su aplicación. Mi agradecimiento a los doctores Lee Suckno, Antony Cifelli, Traian Parvulescu y Daniel DaSilva por sus consejos sobre medicina y psicología. Cezar Baula y Chris Buck me ayudaron con los detalles químicos y farmacéuticos. Mi primo Greg Tear ha vuelto a ser imprescindible en su doble papel de voz crítica y fuente de ideas. Gracias, como siempre, al agente especial Douglas Margini por su ayuda en los aspectos del libro relacionados con las fuerzas del orden.

Un agradecimiento especial a Douglas Preston por haberme apoyado y animado durante toda la elaboración del libro, y por haberme facilitado un capítulo crucial.

Quisiera hacer extensiva mi gratitud a Bruce Swanson, Mark Mendel y Jim Jenkins, por sus consejos y su amistad.

Por último, deseo dar las gracias a quienes hacen posibles mis novelas: mi mujer, Luchie; mi hija, Veronica; mis padres, Bill y Nancy, y mis hermanos, Doug y Cynthia.

Huelga decir que todos los personajes, empresas, hechos, ambientes, entidades, productos farmacéuticos, instrumentos psicológicos, órganos gubernamentales, tecnología informática y el resto del barro del que está modelada la novela son ficticios o se usan de modo ficticio. De momento, la compañía Eden de este libro es un capricho de mi imaginación, aunque es posible que algún día exista...

Capítulo 1

1

Era la primera vez que Maureen Bowman oía llorar al bebé.

No se dio cuenta enseguida de que se trataba de un llanto. De hecho, tardó cinco o diez minutos en prestar atención, con la espuma de los últimos platos del desayuno goteando de sus guantes amarillos. Sí, era el llanto de un bebé, y salía de casa de los Thorpe.

Aclaró el último plato, lo envolvió en un trapo húmedo y lo hizo girar entre las manos, pensativa. Normalmente, en el barrio nadie se habría fijado en un bebé llorando. Era uno de los típicos ruidos de urbanización a los que no se les daba importancia, como la campanita del camión de los helados o el ladrido de un perro.

Entonces, ¿por qué le había llamado la atención? Puso el plato a secar.

Pues porque la hija de los Thorpe nunca lloraba. Como máximo, en los días cálidos de verano, cuando estaban todas las ventanas abiertas, Maureen la había oído hacer gorgoritos, reírse o imitar las notas de alguna pieza de música clásica. Su voz le llegaba con la brisa, junto con el olor a pino.

Se secó las manos con el trapo, lo dobló esmeradamente y levantó la vista del fregadero. Ya era septiembre. El primer día en que se notaba el otoño. Las laderas rojizas de los San Francisco Peaks estaban cubiertas de nieve. Maureen las veía por una ventana herméticamente cerrada.

Se giró, encogiéndose de hombros. No había ningún bebé que no llorase, tarde o temprano. Además, no era de su incumbencia. Ya tenía bastante trabajo para entrometerse en la vida de los vecinos. Era viernes, el día más agotador de la semana: el ensayo del coro,

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